Yachay es una simulación en 3D de la nueva casta del correísmo

Yachay es la metáfora más sofisticada del correísmo. Es la construcción, en simulación 3D, de un gran arquetipo: la unión perfecta entre la vanguardia mesiánica y un puñado de tecnócratas que, en lo más alto de la pirámide, arguyendo el bien general y el conocimiento técnico, fabrican la realidad y su ideología. Yachay es la falacia perfecta de la nueva casta. Una aristocracia nacional, esnob y afectada, cuyo norte está en Seúl.

Correa intentó seguir ese modelo: carreteras, hidroeléctricas y reforma educativa, como en los años sesenta en Corea del Sur. Y un gobierno autoritario, profundamente intervencionista en el campo económico y fanático de la opacidad administrativa.

El escándalo que reventó tras el despido y confesión de Fernando Albericio, el rector, es la muestra que faltaba de la inconsistencia de un modelo del cual quedarán rutas, hidroeléctricas, intervencionismo, opacidad administrativa y autoritarismo. Pero Yachay no será el sinónimo criollo de Silicon Valley.

Yachay es conocimiento en Kichwa. Su misión luce ininteligible, a imagen de la deplorable descripción que hay en su página web:“Ciudad planificada para la innovación tecnológica y negocios intensivos en conocimiento, donde se combinan las mejores ideas, talento humano e infraestructura de punta, que generan las aplicaciones científicas de nivel mundial necesarias para alcanzar el buen vivir”.

Que el gobierno piense en la ciencia, que quiera conectar empresas y desarrollo tecnológico, que sea consciente de que el país debe dar un salto cuantitativo y cualitativo en esos temas… Pues se celebra. Esas intenciones macro no fueron cuestionadas. El debate que se planteó –y al cual el Gobierno respondió como siempre, con improperios– tocó, en forma directa, su pertinencia. Yachay se volvió la crónica anunciada de un sinsentido que, ahora, tras 16 meses de haber sido inaugurado, toma cuerpo ante la sociedad. Esto es lo que delata:

  1. Voluntarismo ante todo: Las ideas son esenciales. Pero, claro, antes de que tomen forma son evaluadas, sometidas a rudas pruebas de necesidad, viabilidad, sostenibilidad, diferenciación, rentabilidad… Eso hace cualquier empresario. Pues el correísmo no lo hizo. Yachay pasó del papel a la realidad sin ser sometida a pruebas exhaustivas de factibilidad. Algún tecnócrata soñó con Silicom Valley, propuso la idea, Correa la admitió, la conectó con Corea del Sur… y la echó a andar.
  1. La mistificación del discurso: codearse con las grandes empresas mundiales, hablar de todo tipo de clusters tecnológicos, soñar con el ejemplo de la Universidad de Stanford, en Palo Alto, pensar en una ciudad del conocimiento… son fantasías estimulantes. El Presidente las compró y las ensayó precisamente a propósito de Yachay. Lo hizo como un nuevo capítulo del imaginario gubernamental, cada día más árido para el electorado. Un capítulo sin mayores anclas en la realidad como lo demostró Arturo Villavicencio. Su libro no fue revisado por el poder. El autor, en cambio, fue sometido al bullying oficial, ya tradicional.
  1. Gastar a manos llenas: una obra de relumbrón no tiene precio. Por eso sorprende, salvo en el sector oficial, que el presupuesto de Yachay sea de 30 millones con 650 estudiantes y que el deUniversidad Central del Ecuador sea de 142 millones para cerca de 50 000 estudiantes. Buena parte de los estudiantes de Yachay están, además, en cursos de nivelación hasta llegar a los años de pregrado. Lo insólito está ahí. Está en haber construido un enclave académico con tantas pretensiones sin que existan las condiciones para que esas promesas se hagan realidad. El gobierno destinó enormes recursos en un centro que debía estar hiperconectado y que es, en la realidad, un oasis para formar una diminuta elite a costos millonarios. Es un gasto (mal hecho) y no una inversión. Lo mismo ha hecho el gobierno construyendo aeropuertos que nadie usa o aplanando tierra por 1200 millones de dólares para una refinería, la del Pacífico, que no se hará…
  1. Privilegiar el imaginario oficial: El Presidente ha desechado las críticas aludiendo –siempre lo hace– al carácter supuestamente retrógrado de sus autores. Yachay era la oportunidad indicada para integrar las universidades públicas y privadas, alrededor de un salto hacia la ciencia y la tecnología que es clave en el país. Y que es costoso. El libro de Arturo Villavicencio no es el único aporte que hay sobre el tema. Pero es quizá la mirada más sistemática y la más cosmopolita (es bueno leerlo). El hecho cierto es que dar ese salto requiere un política pública. Y requiere condiciones y actores de la innovación. Villavicencio los cita: “industrias, universidades, laboratorios, centros de capacitación y entrenamiento, agencias gubernamentales, instituciones financieras, red de servicios”… También, por supuesto, la articulación entre todos ellos. Y “el contexto institucional en el que se producen estas interacciones”. En vez de un proceso, el gobierno privilegió una obra de relumbrón que luce como oasis en un desierto.
  1. Los ojos más grandes que el estómago: todo cambio necesita un proceso. Por eso resultan absurdas muchas de las aseveraciones oficiales que dan por sentado que los cambios se pueden operar por skype. O que tachan de parroquial la mirada de las universidades ecuatorianas mientras promueven una supuesta mirada cosmopolita porque están en contacto con un par de profesores de Stanford. René Ramírez no es parroquial, claro que no: es snob. Los procesos, para que surtan efecto social, no pueden hacerse por fuera de la realidad-real que hay que cambiar. Y Yachay es una burbuja. Todo el sistema universitario del país, que es el que hay que conectar y volcar sobre la realidad para que el salto tecnológico sea efectivo, está por fuera de la supuesta dinámica que el gobierno atribuye a Yachay.
  1. El reino de los tecnócratas: Yachay muestra hasta qué punto los tecnócratas ocupan, en el correísmo, el puesto de los políticos. Ellos reemplazaron a los intelectuales comprometidos –u orgánicos– que se alejaron o se desdibujaron en su gobierno. Javier Ponce es un sobreviviente. Los tecnócratas se ven como una casta. Responden al elegido, al cual se subordinan y del cual dependen. Se autolegitiman amparándose en su excelencia. Su religión es la eficiencia. Sus juicios son perentorios porque, supuestamente, no responden a la subjetividad del político sino al análisis incontestable del técnico. Veneran los diplomas y defienden el estatus que producen. No ven los procesos; solo sueñan con innovar los modelos.

En el caso de Yachay es increíble, por ejemplo, que no les pareciera escandaloso que tres de los cuatro miembros de la Comisión Gestora cobraran lo mismo que el rector, no vivieran aquí, asomaran solamente en skype… y cobraran 300 dólares diarios cuando venían. Al fin y al cabo, su problema no es la plata. No es de ellos. Ellos son los tecnopolíticos del correísmo. Tecnopolíticos que sueñan con plata ajena y construyen falacias sofisticadas.

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José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, agosto 4, 2015

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