¿Y si hubiera sido una cruz gamada?

¿Qué habría pasado si el presidente Evo Morales le hubiera presentado como obsequio al Papa, una imagen del Cristo crucificado sobre una cruz gamada? ¿Cuál hubiera sido la reacción escandalizada de mucha gente que aceptó en silencio o con cierta complicidad el regalo entregado?: una cruz formada con la hoz y el martillo, un símbolo que representa cosas no demasiado diferentes a la cruz gamada.

Uno y otro ícono fueron el emblema de los más crueles totalitarismos del siglo XX, en sus versiones más extremas, con regímenes que anularon el derecho a una libre vida cotidiana, que cometieron las violaciones más aberrantes contra los derechos humanos y fueron responsables de matanzas atroces de millones y millones de personas. Eso fue el nazismo y eso fue el comunismo.

Sin embargo, tal como suele ocurrir cuando se trata de asuntos vinculados al comunismo, el episodio generó enojo en quienes cuestionan a esa ideología, pero en mucha otra gente causó indiferencia o hasta complicidad. Para ella, el gesto tuvo su pizca de picardía.

No faltaron quienes intentaron restarle importancia y explicaron que la hoz estaba tallada en forma inversa al famoso símbolo, dato que si bien era cierto, no impedía que la imagen transmitiera el mensaje que quería transmitir. Otros contaron que era una réplica hecha en los años 80 por un sacerdote jesuita (la misma orden a la que pertenece el Papa) y que intentaba expresar una protesta por la represión contra los trabajadores, ejercida por los gobiernos de entonces. En la época en que se hizo, dice esta misma gente, los regímenes comunistas de Europa Oriental todavía no habían caído y por lo tanto muchos de sus peores horrores no se conocían. Lo cual no es estrictamente verdad, pues siempre se supo lo que estas dictaduras hacían, solo que algunos se encargaban de disimularlo, ocultarlo o callarlo.

Las explicaciones eran todas válidas. Pero que había una hoz y un martillo, había.

Esa ambivalencia, entonces, sigue siendo molesta. El horror que causa una ideología no es igual al horror que causa la otra, pese a que sus resultados fueron aún peores, si es que a esta altura tiene sentido comparar crímenes masivos, matanzas y torturas. Esa es la espantosa ironía del crucifijo regalado al Papa. Diseñado en los años 80, su autor quiso protestar contra el maltrato del régimen de ese momento a los desposeídos en Bolivia, y para eso no tuvo mejor idea que, con una leve alteración, diseñar el símbolo de otro régimen que en Rusia, China y algunos lugares de Asia y Europa cometió las peores tropelías imaginables.

Llegó este año a Uruguay un libro de la periodista e investigadora Anne Applebaum sobre cómo enseguida después de la II Guerra, y con claros estímulos desde Moscú, los países de Europa del Este quedaron atrapados en esa asfixiante y mortal telaraña del comunismo: la Cortina de Hierro. Algunos apenas se habían liberado del yugo nazi cuando debieron pasar al otro. Los polacos tal vez fueron los que más sufrieron. En parte porque el comunismo soviético los castigó cuando al comienzo de la guerra actuó como aliado del nazismo, y los volvió a castigar cuando en la postura contraria, sacaron al nazismo de dicho país para quedárselo ellos.

La investigación es precisa, documentada, argumentada. Quienes desde acá vivieron ese mismo proceso de asfixia progresiva que fue la dictadura militar (aunque no comunista) en los años 70, tendrían que reconocer experiencias que, con horrores aumentados allá, tenían mucho en común.

Es fácil condenar las dictaduras de un determinado signo, siempre y cuando no se exija condenar las de otro signo. Aun cuando en los hechos, en su modus operandi, en sus cifras de muertos y torturados, sean iguales y tal vez peores.

Sobre esa doble moral, sobre esa dualidad hipócrita hay un par de buenos libros escritos por el historiador británico Tony Judt, referido a la influencia perniciosa de destacados intelectuales franceses, que en los 50 y 60 y no siendo comunistas igual fueron certeros defensores del stalinismo, es decir, defensores de la ideología representada por la hoz y el martillo.

Judt es muy claro al analizar casos como el de Jean Paul Sartre, que tanto influyó sobre la juventud francesa de los años 60. Si bien detestaba los mecanismos usados por el comunismo soviético, prefería callar y dar cartas de crédito, por cuanto pese a todo ese horror, era más importante rescatar la idea que había atrás de ello. Una idea que prevalecía por sobre el impresionante costo en vidas que implicaba ponerla en práctica. Judt menciona a varios intelectuales que debatían en las tertulias de los famosos cafés parisinos. Entre ellos, cuestiona a un pensador católico como Emanuel Mounier (editor de la prestigiosa revista “Esprit”), que no era siquiera marxista y si bien tímidamente crítico, eludía discutir los horrores del comunismo para no dar armas al enemigo. Muchos de esos pensadores creían que si le daban argumentos al enemigo, ayudaban a destruir la utopía, ¿Cuál utopía? Nunca hubo una. Nunca.

Por cierto, no todos los intelectuales pensaban igual. Pero por marcar esa diferencia y mantenerse en sus convicciones, fueron aislados del círculo bienpensante. Los más notorios fueron Raymond Aron y Albert Camus. Cualquier parecido entre aquellas “roscas” culturales con las que funcionan en regiones más cercanas, no es pura casualidad. También aquí hay celosos custodios del dogma.

A fines del siglo XX en Uruguay, pero antes de la caída del imperio soviético, hubo quienes supieron darle una fuerte carga a la palabra “anticomunismo”. Cualquiera que tuviera algún reparo contra la doctrina, contra decisiones políticas concretas tomadas en Uruguay, o contra lo que regímenes de ese signo hacían en el mundo, era señalados con esa palabra que tuvo una connotación despectiva y acusadora. Nadie quería ser visto como uno.

Sin embargo la historia demostró sin vuelta de hoja y a partir de 1989 con la caída del Muro, que hubo buenos motivos para ser anticomunista y para no aceptar que (a diferencia de otras ideologías) esta se saliera con la suya.

Si se puede ser, con la conciencia limpia, antinazi y antifascista, ¿porqué no ser anticomunista con igual convicción? ¿Cuál es el pecado que descalifica al que lo es, y salva al que simpatiza con esa corriente pese a ser autora de buena parte de los horrores que vivió el siglo XX?

Sin embargo así quedaron barajadas las cosas. Los nazis y los fascistas fueron despreciados y perseguidos. Hubo buenos motivos para ello. Los comunistas en cambio se “integraron al sistema”, se los toleró, se los perdonó. La historia demostró con creces los horrores cometidos, pero regalar un crucifijo con forma de hoz y martillo es visto como una gracia aceptada, con desprecio al profundo y horrible significado que ello tiene, en nada distinto al de la cruz gamada.

Tomás Linn, Semanario Búsqueda

Uruguay, julio 16, 2015

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