Violencia de pobres

Publicado en: Análisis, Colombia | 0

En su última columna Jorge Orlando Melo trae a discusión una faceta fundamental sobre las causas del conflicto. Melo se pregunta por qué otros países latinoamericanos bajo situaciones similares de pobreza y exclusión no dieron origen a una violencia similar.

No hay que ir tan lejos. En la misma Colombia se pueden encontrar comunidades con estructuras sociales parecidas y trayectorias muy distintas. En unas el conflicto apenas se ha sentido, mientras que en otras desde un principio ha hecho parte de la vida cotidiana. Por eso la gran pregunta es qué hizo que la pobreza y la exclusión convirtieran a muchos jóvenes en máquinas de guerra y qué hizo que determinadas comunidades colaboraran con el control de los grupos armados. ¿Respondió todo al uso de la fuerza o qué otras aspiraciones había?

La evidencia muestra que a mediados de los 70 la mayoría de los pobres y excluidos de Colombia, así estuvieran muy descontentos, no tenían dentro de sus planes dejarse arrastrar a una espiral de violencia. Solo en dos tipos de comunidades, situadas en áreas geográficas muy concretas, algo grande se estaba cocinando.

En las zonas de colonización agraria, desde los llanos y las selvas del sur hasta el Urabá, unas guerrillas dirigidas o formadas por partidos de izquierda urbanos se convirtieron en una salida para el descontento de jóvenes campesinos. La miseria, el resentimiento, el maltrato en sus hogares, el deseo de conocer otros lugares, la necesidad de protegerse y otras razones personales fueron más contundentes que cualquier convencimiento ideológico.

Por su parte, en unas pocas ciudades y en algunos municipios otro tipo de motivación seducía a los jóvenes. No era la miseria que se experimenta en el más remoto aislamiento. Era, por el contrario, la miseria que se siente cuando se vive cerca de la opulencia. Muchos jóvenes apostaron por la delincuencia simplemente para aliviar su frustración de ser tan poca cosa. No había un discurso sofisticado detrás, bastaba el lema de ‘si no hay oportunidades por las buenas nos las arreglamos por las malas’. Pero esta reacción no hubiera pasado a mayores si no hubieran coincidido con el surgimiento de los carteles de la droga.

Hasta allí la cuestión no era tan complicada ni tan extendida. Fue solo cuando los ejércitos campesinos de la guerrilla llegaron a las áreas integradas del país que la guerra involucró a los pobres y excluidos de casi toda Colombia. El Ejército y la Policía crecieron varias veces su número inicial y los narcotraficantes organizaron sus propios ejércitos privados. Sin que estuviera en sus planes hacer parte de una guerra, muchos jóvenes miserables fueron empujados a la violencia de un bando o de otro, no como un medio para resolver sus problemas materiales, sino como una cuestión de supervivencia.

Las comunidades también quedaron atrapadas bajo esa lógica. Apoyar a la guerrilla o a los paramilitares no era una decisión para salir de la pobreza y de la exclusión. Era una estrategia para sobrevivir. Si llegaba un grupo armado y sospechaba de ellos como auxiliadores del enemigo iban a ser masacrados. Había que apostar por la facción que ofreciera la protección más confiable.

Por consiguiente, cualquier análisis de las causas objetivas o estructurales del conflicto tiene que reconocer que la guerra, y sobre todo una guerra tan larga, termina por rebasar sus motivos originales.

 

Gustavo Duncan
El País (Cali), Octubre 11 de 2014

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