¿Usar al Estado para revanchas personales?

Puede parecer un poco obvio, pero conviene dejarlo claro. Amodio Pérez traicionó a los tupamaros. A nadie más. No a Nacional o Peñarol, no al Frente Amplio (que decía estar en contra de la vía armada), no a blancos y colorados, no a católicos o protestantes, no al Estado o a la patria. Solo traicionó al propio grupo que integró. En consecuencia, ese es un problema personal entre ellos. No es un asunto nacional.

Los tupamaros además, dado que eligieron la guerrilla urbana como modus operandi, recurrieron a métodos cruentos que muchas veces implicaron ataques a traición. El conmovedor relato de Luciano Álvarez en su columna de “El País” del domingo pasado, sobre el innecesario y frío asesinato de un chofer de ómnibus muy querido por sus vecinos de La Teja, da evidencia clara de esas acciones traicioneras.

Por lo tanto, el revuelo generado con la venida de Amodio es una cuestión interna, un lío entre quienes en un momento fueron amigos y compañeros. La cuenta pendiente que quedó entre ellos, parece ser enorme a juzgar por las reacciones de una y otra parte. Pero es asunto de ellos.

¿Por qué entonces usan al Estado para arreglar sus entuertos privados? ¿Por qué recurren a fiscales y jueces para su revancha?

En el peor de los casos, al ser interna la traición, se rompió una norma específica del club, no una ley nacional. Lo demás, es cuento.

Ese sector de los viejos tupamaros que hoy, y no por la vía armada, ocupa cargos en el gobierno, parece haber considerado bueno revivir una leyenda para concentrar su fracaso de 1972 en un solo culpable: el traidor. Se sabe que la derrota respondió a muchos otros errores y culpas. Y se sabe que nada queda del mito, la leyenda y la historia épica que pretendió relatar aquel grupo guerrillero que a veces orilló en el terrorismo.

Cada vez que alguien investigó a fondo el tema, llegó a esa misma conclusión, no demasiado diferente a la percepción que tiene buena parte de la población. Basta ver trabajos de muy diferente perfil como los de Alfonso Lessa, Hebert Gatto, Leonardo Haberkorn y el más reciente de Pablo Brum. Ninguno encuentra materia para escribir una epopeya. Más bien narran y explican una delirante e irresponsable aventura que derivó en tragedia.

Cualquiera sea el motivo por el que Amodio vino a Uruguay, sus entrevistas y conferencias lo muestran hablando desde una lógica tupamara de la que no se arrepiente. Será traidor, pero sigue siendo uno de ellos. Lo demás es revolver la minucia de una historia que solo importa a muy pocos.

Luis Eduardo González, consultado por el Programa “Claves Políticas” del canal de cable Nuevo Siglo, estimó que entre 90 y 95 por ciento de la población no tiene interés alguno en el tema. Pero Amodio habla como si todo tuviera vigencia y hubiera ocurrido ayer tan solo. Sin embargo, el grueso de la gente o no recuerda tanto detalle o nació después. Como sea, siente que le hablan de algo muy remoto.

Eso no quiere decir que haya que acallar a Amodio. Su testimonio sirve para llenar algunos huecos de una historia que necesita ser bien contada y para ello es necesario contrastar versiones. ¿Miente? Es probable que no diga toda la verdad. Tampoco la han dicho los líderes históricos del MLN. Más que mito, hay una buena dosis de mitomanía. Cada uno quiere justificar sus acciones, pero ninguno termina de arrepentirse por lo hecho en esos años. Reconocen que hubo errores, pero porque fueron tropiezos estratégicos o tácticos, no porque toda su concepción guerrillera estuviera mal desde el origen. No porque estuviera mal lo que eligieron hacer.

En ese contexto, la presencia de Amodio sirve para completar el registro, para añadir información a lo que fue un momento. Es información que debe ser tomada con pinzas: con las mismas pinzas que debe ser tomada cada información brindada por los otros dirigentes que actuaron en la guerrilla.

Algunos de ellos llegaron a la presidencia o son ministros. Actuaron dentro de las instituciones y no se salieron de ellas más allá de deslices, que siempre los hay. Por eso, y no por su pasado, hubo gente que los votó. José Mujica, un duro tupamaro de otros tiempos, no logró esos amplios niveles de votación porque se encontró con un electorado radicalizado. Al contrario, era más bien moderado. Quien sedujo fue el Mujica que emerge después de la dictadura (gracias a su cautivante populismo) y no el comandante clandestino que andaba a los tiros y cuyo nombre, pero no su personalidad, llegó a ser conocido.

Queda la duda de si tanta convicción democrática actual, en contraste a lo que hacían en los años 70, es por conveniencia o si hubo una genuina conversión. Tal vez hayan concluido que era mejor “llegar al poder” por esta vía para luego ver qué hacer con él. Por ahora, todo indica que hay un claro deseo de actuar con las instituciones y en sintonía con lo que el país siente en ese tema. Aunque cada tanto se les escapa el deseo de reformar la Constitución en una dirección menos republicana y liberal.

Entonces, si nadie está diciendo la verdad entera, si lo vivido en aquella época no tuvo nada de épico ni merece convertirse en mito, ¿por qué tanta bronca con la venida de Amodio?

Lo que es obvio es que estas convocatorias judiciales para responder por presuntos delitos que se le enrostran ahora, son puro desquite. Hay un afán de venganza, de cobrarse su revancha. Y de seguir haciendo creer que la impresionante derrota del MLN fue todo culpa de ese único personaje.

Todavía suenan los acordes de aquella canción de Alfredo Zitarrosa que tanto conmovía a los uruguayos en tiempos de dictadura. La que hablaba del daño hecho por “un solo traidor”. Pero más allá de la fuerza de la canción y su hermosa melodía, fueron muchas las causas y culpas de aquella derrota. Sin embargo, les sirve a los veteranos de esa guerra que sea la imagen de Amodio la que encarne todos los males.

Para el resto de la gente, nada de esto importa. Es historia, es tiempo pasado. Que Amodio diga sus cosas y que tomen nota los historiadores. Y ya está.

Pero que no se use el aparato del Estado ni los juzgados para cobrar a uno solo una factura que, a fin de cuentas y pese a que no tuvieron apoyo, el país no les cobró a los demás. Me refiero al país, no a la dictadura. Que no abusen del poder que ahora tienen por ejercer cargos de gobierno.

Y mientras tanto, que Amodio narre su historia, le crean los que quieren creerle y que cuando haya terminado y tenga ganas de hacerlo, se vuelva por el mismo camino que llegó.

Por Tomás Linn

AÑO 2015 Nº 1829 – MONTEVIDEO, 20 AL 26 DE AGOSTO DE 2015. SEMANARIO BÚSQUEDA.

 

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