Un análisis sobre el paro nacional que no va a gustar a nadie

Correa logró lo que quiso: desatar una guerra. Empezó a prepararse para ella en cuanto supo que habría paro nacional. Se la pasó meses reclutando y soliviantando, provocando y cascabeleando como viborita. Negándose a dar las respuestas políticas que exigen las protestas. La única respuesta que, en su limitación mental, concibe el presidente para toda disidencia activa es la guerra. Y cuando a la gente no se le ofrece otra salida que la guerra –estrategia de gobernantes desatinados o dementes– la consecuencia predecible casi siempre es ésa: la guerra. Y sí, finalmente la consiguió: el jueves 13 de agosto, día del paro nacional, el espíritu de la protesta pacífica, que había prevalecido en todas las marchas anteriores aunque Correa mienta lo contrario, fue ahogado por un grupito de irresponsables que planificó y ejecutó actos de violencia en los que se adivina un dejo de locura totalitaria. Punto para Correa.

Un grupito, sí. Ya salió el presidente a decir que fue el conjunto de la marcha. Miente, como de costumbre. Los violentos siempre son minoría. Pero si se los tolera terminan por pararse al frente para dirigirlo todo. ¿No fue eso lo que ocurrió por momentos el 13 de agosto en los alrededores de la Plaza Grande? Esa minoría de violentos fue la responsable de una estrategia inédita: dispersar a la gran multitud de manifestantes pacíficos y conducirlos por grupos hacia todas las bocacalles que llevan a Carondelet. Ahí, enmascarados armados con palos, enmascarados con cuetes y demás pirotecnia para disparar a los policías, enmascarados con grandes troncos que ataron entre sí para formar arietes con los cuales arremetieron contra los antimotines, decenas de enmascarados provistos de un plan preestablecido, confundidos entre la multitud, tomaron sus posiciones y durante horas intentaron romper los cercos policiales para entrar a saco en la Plaza Grande. ¡En la Plaza Grande, a esa hora ocupada por una multitud que un presidente cobarde llevó para que le sirviera como escudo humano! ¿Qué pretendían? ¿Matar correístas? Enmascarados fantaseando con el asalto final, a sangre y fuego, del palacio de gobierno. Imbéciles.

Son la minoría recalcitrante de fundamentalistas de izquierda; los que reivindican –parece mentira– la figura de Abimael Guzmán, ese asesino de la peor especie; los que por pura ignorancia y falta de imaginación aún creen en la lucha armada y no se han parado a pensar por un segundo en las consecuencias políticas de sus actos. Rabiosos, intolerantes, desaforados, lo peor que se puede decir de ellos es que no son mejores que Correa. Si estuvieran en el poder perseguirían, acosarían, silenciarían a quienes piensen diferente. Como Correa.

¿Qué van hacer los líderes de la oposición con ellos? Si no lo saben todavía es hora de que lo decidan ya y nos lo digan. Pero algo tienen que hacer. Es urgente. De lo contrario, la próxima gran marcha hacia el centro de Quito, ritual que se repetirá sin duda antes de diciembre, será con muertos. Los líderes de la oposición, particularmente los organizadores de la marcha, deben explicarnos qué pasó este jueves 13 de agosto y comprometerse a que no vuelva a ocurrir. Y no basta con hacer declaraciones retóricas contra la violencia: deben demostrar su credibilidad con actos. Para empezar, tienen que identificar a los violentos, aislarlos, impedirles actuar. Se lo deben a los miles de ciudadanos que protestan pacíficamente y que tienen derecho a no ser usados como carne de cañón por un grupito de imbéciles.

El viernes 14, cuando el movimiento indígena y los sindicatos repitieron, en escala reducida, su caminata hacia el centro de Quito, el dirigente del FUT Mesías Tatamuez dio el ejemplo: exigió que no hubiera enmascarados en la marcha. Y no los hubo. Públicamente, Tatamuez tomó distancia de lo ocurrido la víspera y se pronunció a favor de la protesta pacífica. Bien por él. Ahora es el turno de Salvador Quishpe, Carlos Pérez, Jorge Herrera, Pepe Acacho… ¿Van a permitir que los violentos se tomen la protesta? ¿O los van a detener? ¿Van a identificarlos públicamente y aislarlos? ¿O van a mirar para otro lado? ¿Y los manifestantes pacíficos? ¿Van a seguir tolerando que haya enmascarados marchando a su lado? ¿Cómo lo pueden impedir? ¿Ya lo pensaron? Este es un problema que concierne a todos y su solución requiere de la determinación de todos. Este es un debate urgente.

Los líderes de la oposición tienen que firmar, pero ya, un compromiso por la no violencia. Si no por convicción –que ojalá–, al menos por estrategia: la no violencia es la única manera de precautelar la legitimidad de la protesta; de seguir sumando voluntades e incrementar la masa crítica de ciudadanos que se oponen a las mañosas reformas constitucionales que el gobierno prepara para diciembre; de conservar el principio de autoridad moral sobre un presidente desprestigiado y mentiroso que ha perdido la suya. La no violencia es, además, la estrategia que mejor se adapta a la cultura política ecuatoriana. Sólo la no violencia fortalece a la oposición y deslegitima al gobierno.

Por eso, lo del jueves 13 fue un enorme retroceso. Rafael Correa puede darse por servido. La Secom cosechó suficientes imágenes de violencia callejera como para bombardearnos con cadenas infamantes durante los próximos dos años y como para que el presidente se reafirme en la tozudez que nos ha traído hasta este punto. Si tras la jornada de protestas del pasado 2 julio les bastó con una imagen de un encapuchado descargando palazos contra los escudos policiales, una sola imagen para producir quién sabe cuántas cadenas nacionales, ¿qué no harán ahora, que tienen cientos? ¿Con qué cara pueden decir los organizadores de la marcha que las protestas del 13 de agosto fueron pacíficas? No, no lo fueron, a despecho de la gran mayoría de manifestantes no violentos que participaron en ellas. No lo fueron y alguien que no sea la Secom tiene que decirlo. Basta ya de autoindulgencia.

Hay que ver el video de 45 minutos de diario El Comercio que recoge la marcha de los manifestantes desde la plaza de Santo Domingo hasta La Merced. No es un retrato amable de las protestas el que nos ofrece. La violencia callejera que vemos ahí no es fortuita sino planificada. Decenas de dirigentes y simpatizantes de la oposición compartieron ese video en las redes sociales y a nadie, es inaudito, ¡a nadie!, pareció incomodarle. Divididos en bandos irreconciliables, los ecuatorianos somos refractarios a cualquier sentimiento de autocrítica: creemos que admitir los propios errores es favorecer al enemigo, así que preferimos mirar para otro lado. La honestidad intelectual no es un atributo de estos tiempos. ¿Preferirá la oposición dejar que los violentos se tomen las protestas a reconocer que algo está fallando? Norberto Bobbio decía que la primera obligación de una persona con sentido crítico y compromiso político es criticar a aquellos con quienes se siente comprometido; que la función crítica ha de dirigirse primero al bando propio. ¿Hay alguien en este país dispuesto a aceptar este desafío intelectual?

Sí, fue la intolerancia y la ceguera del gobierno la que propició el estado de guerra que vivimos. Sí, el correísmo ha hecho de la Policía una pandilla de matones, una fuerza que actúa más para intimidar y para escarmentar que para proteger y aplicar la ley. Todo eso es cierto. Pero si la oposición no hace su parte para detener la violencia este país entrará sin remedio en una pendiente sin retorno. Es muy fácil, sólo se requiere de voluntad: los violentos son pocos y son imbéciles, ¿qué cuesta dejarlos fuera?

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Roberto Aguilar, Ecuador.

Estado de propaganda, agosto 18, 2015

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