Sin sobresaltos y con resultado previsible

Publicado en: Análisis, Uruguay | 0

Termina este segundo tramo de la campaña sin grandes sobresaltos y con un resultado previsible. Si bien desde un comienzo, dado el resultado de la primera vuelta, era difícil imaginar un vuelco inesperado, esta sensación se agudiza en la medida en que el socio de Luis Lacalle Pou para la instancia final, el Partido Colorado, entró en una abrupta crisis interna que complica cualquier pronóstico respecto a cuántos votos podrá acercarle a su fórmula.

El lunes 1º, entonces, habrá que ponerse a trabajar en lo que importa. Unos a organizar el próximo gobierno, que, con sus matices, será la continuidad de los dos anteriores. Otros a diseñar una estrategia que los ubique como sólida oposición al gobierno en el próximo lustro. Para el caso del Partido Colorado, este tendrá que remontar una dura crisis que se inició en 2004 y que si bien Pedro Bordaberry logró acallarla y mantenerla en pasivo estado de latencia, vuelve a estallar. La de hoy es la misma de entonces.

Mientras tanto, el Partido Nacional confirma su rol de referente como grupo político antepuesto al Frente Amplio. Hace tres elecciones que emerge como el segundo en la contienda, quizás por ser bien distinto al oficialismo. Si no logra el triunfo este domingo 30, tendrá que diseñar una muy bien pensada estrategia para surgir como la voz opositora clara y firme en el futuro, con un perfil definido que cautive a las nuevas generaciones y tenga buena puntería para saber dónde y cuándo atacar. Nada de esto será fácil, por cierto, y necesitará dejar de ser una oposición meramente reactiva para lograr cierta capacidad de iniciativa que le permita tomar la ofensiva con eficacia y efectismo.

Termina también esta sobrecarga de emoción lindante en el fanatismo que envuelve a mucha gente que se siente efervorizada por la campaña. Esta suele exacerbar sentimientos y radicalizar posiciones. A veces logra sacar lo peor de cada uno, no importa a quién se vote. Los que reclaman tolerancia a otros, se vuelven intolerantes ellos mismos. En estas semanas, por otro lado, surgió otro empuje con la venida de una politóloga guatemalteca que hizo estallar una ola de nacionalismo virulento y misógino que apuntó a descalificarla por ser una mujer bonita (como si solo las feas pudieran dedicarse a la vida académica) y por venir de donde viene. Ella llegó para hablar de su tema pero a muchos resultó inadmisible que una guatemalteca se dispusiera a darles clases de democracia a los uruguayos, que son tan superiores. Si el contenido de su conferencia no gustó a determinado sector, bastaba con decirlo, sin entrar en todo lo demás.

Aunque todo indica que el Frente Amplio logrará su objetivo, su candidato ha intentado acrecentar su caudal con la estrategia de seducir a gente con notoria vinculación a los partidos adversarios.

Uno de ellos fue Fernando Amado, diputado colorado del sector de Bordaberry que llegó hasta el despacho de Tabaré Vázquez en momentos en que su partido y su líder se jugaban a apoyar a Lacalle Pou. El mensaje fue ambiguo, ya que todavía no queda claro cuáles serán los siguientes pasos de Amado. Se desvinculó de su sector, pero aún no del partido. Es obvio que el candidato frentista hizo una jugada sagaz, sencilla y oportuna. Le dio los cinco minutos de fama que quería un dirigente colorado que tiene pocos votos dentro de un partido también de pocos votos. Y eso alcanzó para armar revuelo y por un efecto carambola, perjudicar la campaña de Lacalle Pou.

También otros dirigentes intermedios colorados se rebelan y anuncian su voto a Vázquez. Pero el caso más llamativo fue el del popular músico Julio Frade, hasta el día antes de la primera vuelta un entusiasta activista a favor de Lacalle pero que para antes de la segunda vuelta ya estaba con Vázquez.

Por cierto, al candidato frentista le sirven estos movimientos porque generan un contagio favorable. Pero a la larga es dudoso que pueda darles buen destino a los que se pasaron. Y no me refiero a gente que estuvo un largo tiempo en un partido y decidió pasarse a otro, por las razones que sea, si ese pase lo hizo en un momento alejado del fervor electoral. ¿Pero hacerlo entre la primera y segunda vueltas? El oportunismo es tan alevoso que no son confiables para quien los recibe como tampoco nunca lo serán para su partido original, si algún día retornan.

Estos curiosos cruces podrían ser consecuencia del largo reinado del Frente Amplio con diez años en el gobierno y otros cinco más por delante. Los que están ansiosos por tener el cargo a como dé lugar, prefieren acercarse al calor del poder, no importa quién lo tenga, antes de que pase demasiado tiempo. Consideran que su estadía en el desierto se extendió más de lo debido.
Gane o no Vázquez el domingo, el Frente Amplio contará con la mayoría absoluta en el Parlamento. Tener o no esa mayoría no es fruto de una discusión teórica entre politólogos, sino el resultado que emerge de las urnas. La gente a veces prefiere que un partido gobierne con mucha comodidad, otras veces opta por obligarlo a transar con un tercero y ceder ciertas propuestas, para hacerlo en coalición. El Frente tendrá control sobre las dos Cámaras y será así porque lo quiso el soberano.

Tener la mayoría no da derecho a pasarle la aplanadora a la minoría. En una democracia, quien gana gobierna pero no es lícito abusar de esa situación, una tentación que suele seducir aun al más virtuoso.
En el período pasado, gracias a esas mayorías, el Frente aprobó leyes que muchas veces iban más allá de lo que la Constitución permitía. Es en esos casos que interviene, como ocurrió en reiteradas oportunidades, el otro poder: el Judicial. Está previsto que así sea.

Varias de esas leyes fueron cuestionadas por la Suprema Corte de Justicia, que, pese al enojo oficialista, no hizo más que cumplir con su deber. Un poder independiente, en defensa de los derechos ciudadanos, vigila que un gobierno, aun en mayoría, no cruce una línea vedada.

Conviene recordar esto porque en momentos en que se habla de reformar la Constitución para modificar el funcionamiento de la Suprema Corte de Justicia es menester estar alertas. La Suprema Corte de Justicia y el Poder Judicial no se tocan. Su rol es una garantía para todos y en especial para quienes otorgaron la mayoría al partido elegido para gobernar.

Por Tomás Linn
AÑO 2014 Nº 1792 – MONTEVIDEO, 27 DE NOVIEMBRE AL 3 DE DICIEMBRE DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA.

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