Simultaneidad de “embajadores” y huidos saharauis en España

José María Lizundia

Por José María Lizundia*

A finales de agosto de 2017 se acumularon las noticias sobre el Sáhara. Como gustan reclamar los amigos de los saharauis de Tinduf, esta vez  lograron la  visibilidad añorada. Esa circunstancia mecánica se da cuando una causa, empeño o situación vive momentos aciagos por decadentes, en los que lo prioritario es dar testimonio de la propia pervivencia, en un trance de perseverante agonía. Mal asunto. La política de la visibilidad implica aludir con su acción a su reverso, es decir, a su fracaso larvado o trance de total agotamiento.

La carnicería de Gdeim Izik, limpia de sangre ahora, se ha tornado en un debate procesal garantista sobre derechos, presunciones y penas. Como si tan solo se tratara de un supuesto jurídico propio de una facultad de derecho. La tradicional  arma victimista de los coaligados “pro saharauis” esta vez se hace difícil de esgrimir: demasiados muertos uniformados que hablan como hechos declarados probados, que son los que  preceden y sobre los que se establece la argumentación jurídica posterior.

Regresan a casa  los “embajadores” de la Causa saharaui que son los niños de los campamentos. Tengo ganas de escribir sobre ello en mi columna, pero habiendo niños  y gente de buena voluntad por medio (alguno conozco), ambos grupos considerados vectores de lucha, decido no hacerlo por el momento. Son niños a los que meten todos los veranos como soldaditos de plomo en una lucha que no pueden entender. Demasiadas veces,   lamentablemente, se utilizan niños de manera inicua en contiendas. La RASD y sus amigos españoles merecen tener ya un lugar en la historia de la manipulación y conculcación de los derechos de la infancia y el respeto radical a su imagen, libertad y educación. Una educación fundada en el odio y la confrontación, en la sacralización de una Causa que no deja de ser profana y contingente. Resto fallido de la descolonización habida en el mundo hace más de 50 años.

Entré en Internet y sin consideración alguna todos los involucrados califican a los niños de “embajadores de la Causa saharaui”. Las Causas no admiten legitimidades distintas a ellas. A ellas y a los sacerdotes que las ofician, todo queda subordinado. Mi sensibilidad por el conflicto surgió precisamente de los llamados amigos del pueblo saharaui,  de su involucración como suportter del Polisario, animando a la guerra y en todo caso a la desesperación, el sufrimiento, la radical desesperanza de otros, a lo que los animadores se sustraían por entero. Sí para sus protegidos solo había desventajas e infortunios, los amigos españoles obtenían indiscutibles réditos. Se reservaban la imagen de luchadores comprometidos, solidarios, “hombres del desierto” de fin de semana y el abrillantado de sus imágenes en sus barrios de procedencia.

Es evidente que los amigos de los saharauis, las más de doscientas organizaciones que existen, ejercen un magnífico chantaje moral sobre la población de los campamentos. Saben que todo el amor, atenciones, festivales, visitas, “turismo solidario” que reciben está condicionado a  perseverar en la resistencia y lucha, y a vivir bajo condiciones sumamente precarias que puedan instrumentalizar. No ignoran tampoco que en cuanto esa posición numantina cesara, el amor fraterno, más bien paternalista, desaparecería por completo. Las dos partes lo saben, ese es su compromiso, su pacto del desierto. Les quieren por lo que luchan y sufren por la Causa (de los embajadores infantiles), que desde luego es también la de esos españoles, que en España no encuentran.

Los amigos españoles buscan una mayor legitimación tutelar en base a la antigua colonización, para lo que tergiversan la historia de manera unánime, con un relato historicista con final ya escrito para siempre, y que los autores españoles secundan como publicistas de manera compacta y militante. Solo admiten la independencia,  su gran causa épica carece de planes B. Tal vez porque intuyen que nunca serán ellos los que vayan a negociar nada o tengan algo que perder.

La desigualdad absoluta de estándares de vida, quizá alimente en el futuro de los niños de hoy una opción legítima como soñar con quedarse en España alguna vez. Ignoro si esa fue la situación de las jóvenes ahora secuestradas en Tinduf, pero no debiera extrañarnos.

A esta actualidad ya consuetudinaria hay que sumar esta vez la huida (¿deserción? al tratarse de un pseudo estado militarizado) de medio centenar de saharauis que vía Argelia lógicamente, solicitaron la condición de refugiado en el aeropuerto madrileño de Barajas. El comportamiento, y eso llama la atención, ha sido, lejos de la humildad, miedo y angustia que vemos reflejados en las caras de otros migrantes, el contrario: altanería, desafío, arrogancia y mofas a un traductor homosexual, que hizo intervenir a la Policía Nacional y pronunciarse mediante comunicado a la LGTB en contra de la admisión en España de los protagonistas. Cuando los llamados progresistas o las izquierdas españolas, aliados objetivos y funcionales del Frente Polisario, toman partido contra esos saharauis es que algo va mal. La RASD vuelve a colocarse en la picota, en poco tiempo. Tras esa fuga, desde páginas afines a ese Estado fantasma, se hacían loas a la emigración de los saharauis, por el estancamiento del conflicto y falta de salidas personales. En cambio cuando se trata de jóvenes españoles, siempre condenan todo tipo de migración: les quieren a todos en casa.

Aparte de bendecir el derecho a labrarse futuros lejos de la patria, también han justificado la necesidad de obtención del estatus refugiado por el riesgo que supondría su devolución a Argelia y Tinduf. El diario izquierdista “Público” llega a hablar del riesgo existente para sus vidas. Dando a entender que hay mucho matarife en el mundo resistente saharaui. Ibrahim Celer, uno de ellos,  indica que Argelia les consideraría terroristas.

El comportamiento no es en nada parecido al de otros solicitantes de asilo, más cautos, humildes y temerosos. Tengo para mí que estos comportamientos, amén de delatar la quiebra absoluta de la unanimidad de la adhesión al régimen del Polisario y el desacato a su doctrina numantina, descubren cierta psicología del eternamente asistido que ve derechos y consideraciones especiales en el hecho de poseer la calidad de “sufriente”, por el que, como  les enseñan sus  amigos españoles, sus derechos son deberes de terceros principalmente para España. Suponen el desarrollo y conclusión lógica de los procesos de apoyo ciego a su Causa: son los efectos naturales que se producen en sus rehenes (la población). Al parecer se han creído ser titulares de derechos absolutos. Y han comprobado que tampoco funciona. Las asociaciones prosaharauis españolas no son los Estados ni la Ley, si acaso algo no muy distinto a cheerleaders.

*Jose María Lizundia es escritor, ensayista y abogado español.

Artículo para CPLATAM -Análisis Político en América Latina-

Septiembre, 2017

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