Santos da el primer paso para eliminar la reelección

Lo mejor del proceso electoral en Colombia es que al fin se terminó, llegó a su fin. Colombia tiene presidente y vicepresidente para los próximos cuatro años: Juan Manuel Santos y Germán Vargas Lleras. A las cuatro de la tarde del domingo 15 de junio se cerraron los comicios, la celeridad de la Registraduría Nacional permitió conocer los resultados media hora después, cuando a partir del cuarto boletín la tendencia fue irreversible y se mantuvo. Lo que le espera ahora a Juan Manuel Santos no es fácil, deberá liderar una reforma estructural del sistema político y electoral y eliminar la reelección como se comprometió previamente para devolver el equilibrio de poderes que se perdió con Álvaro Uribe. «Vamos a presentar una de serie de reformas dentro de las cuales está la eliminación de la reelección y la ampliación del periodo presidencial y todavía no hemos decidido, eso lo vamos a decidir con el Congreso, si sería a cinco o seis años», anunció en su primera rueda de prensa tras su reelección.

Lejos del aburrimiento y desencanto de los primeros meses de campaña, las últimas semanas llevaron al agotamiento y a la polarización. La resaca que dejó el comportamiento de los candidatos y la bajeza en las campañas fue escalando a medida que pasaban los días, se apeló con intensidad y más allá de las razones a la emocionalidad del elector, la visceralidad del candidato del uribismo hizo desconocerle, la paz fue manoseada a diestra y siniestra, de lado y lado, con idas y vueltas, cambios de parecer y grandes promesas para enganchar a quienes no se definían, se jugó más que con proyectos y propuestas con la propaganda negra encaminada a desprestigiar al adversario, lo anterior, fue reforzado en los debates y en los spots de campaña, valga decir y pese a todo, se vio a un candidato-presidente más moderado frente a un candidato uribista con el deseo inmenso de parecerse a su mentor. Lo que para primera vuelta le sumó para la segunda le restó, la violencia gestual, simbólica y hasta del lenguaje utilizada en los debates pudo jugarle en contra a Óscar Iván Zuluaga que pasó de ser el Ministro de Hacienda moderado y medido del gobierno Uribe, al candidato cada vez más incendiario y que se fue perfeccionando en la materia con el paso de los días.

El proceso electoral tiene especial trascendencia porque permitió que se modificaran las alianzas políticas que venían de vieja data, como lo afirmó Héctor Riveros: “se rompieron los consensos que venían desde las épocas del Frente Nacional” posibilitando “un espectro político más completo”, nótese que al día de hoy y con toda claridad se identifica una importante fuerza política que encarna la extrema derecha “que no existía desde la mitad del siglo XX”, adicionalmente, “una coalición de centro izquierda, heterogénea”. “Durante 150 años tuvimos un bipartidismo clásico; durante 30 años tuvimos al Frente Nacional; en los últimos 20 años tuvimos una transición al multipartidismo pero con base en consensos implícitos que hacían que lo que estuviera en juego en las elecciones no fuera mucho. Daba relativamente lo mismo elegir a éste o a aquel”. Hoy asistimos a una democracia pluripartidista y tendrán que darse “coaliciones heterogéneas”, no es un proceso fácil y probablemente les costará, pero los diferentes partidos tendrán que asimilarlo, porque hay temas claves en juego y ante los que no pueden ceder terreno.

Colombia, o al menos una parte de ella representada en un 47,89% de los potenciales electores votó el domingo, se redujo la abstención de la primera vuelta en 7 puntos porcentuales, de 60% de abstencionistas se pasó a 52%, que no es mucho pero sumó. Hubo un total de 15.794.940 de votos. Juan Manuel Santos fue reelegido con 7.816.986 de votos que equivalen a un 50,95% frente a un 45% de su contrincante Óscar Iván Zuluaga candidato del Centro Democrático, movimiento liderado por el expresidente Uribe, que obtuvo el importante respaldo de 6.905.001 de colombianos.

Al caer la tarde y conocer los resultados, Zuluaga, con entereza y manteniendo su papel opositor recuperó la mesura del ministro, ya no el candidato de las últimas semanas, reconoció el triunfo de Santos y las reglas del juego democrático, también lo hizo Marta Lucía Ramírez, conservadora que apoyó a Zuluaga tras la primera vuelta. La posición de ambos podría llegar a modificarse con la posterior reacción de Uribe.

Al llegar la noche apareció Álvaro Uribe líder del Centro Democrático, más pendenciero y revanchista que de costumbre, de forma atípica con los procesos electorales acaecidos en el país, el expresidente rompió el protocolo y se refirió a los resultados, cuestionó duramente la legitimidad de los comicios, valga decir, con inconvenientes y dudas generadas producto de la alteración que impuso el mismo Uribe con la re-elección. En esta oportunidad pudo ver todos los vicios que supone esa figura en sociedades como la colombiana y en general las de América Latina donde los mandatarios alteraron el equilibrio de poderes y las reglas de juego para garantizar su permanencia en el poder.

Ahora Uribe que lo vivió en carne propia acompañando a su candidato, supo lo que es competir con un candidato-presidente que cuenta con todos los recursos del Estado, pudo hacerse una idea de lo que procuró como presidente. Las irregularidades no son de hoy, no se vino a descubrir que el agua moja, tal y como ocurrió cuando él se hizo reelegir, pero con una cuota de responsabilidad mayor ya que la genialidad fue suya y de los suyos. No está mal tomar de la propia medicina de tanto en tanto, pero de ahí a tender un manto de duda sobre el proceso o pronunciar frases inapropiadas cuando el directo implicado, es decir, Zuluaga había reconocido con altura los resultados, fue un acto de muy bajo nivel que desdice su condición aunque, en modo alguno, fue un acto inesperado. El expresidente Uribe ha saboteado el proceso electoral con acusaciones que no sustentó debidamente ante la justicia, sino a través de Twitter, esto sin profundizar en la labor realizada instigando y politizando a las Fuerzas Armadas. La actitud de Uribe no ha sido precisamente edificante, incluso, lo peor del proceso fue la interferencia del expresidente que de no haberse producido o al menos no de esa manera, habría evitado a los candidatos y a sus campañas caer tan bajo, claro está, Zuluaga seguiría siendo un desconocido.

Por todo lo anterior, estos resultados tienen diferentes lecturas, por ejemplo, se habló del triunfo del antiuribismo que no es necesariamente el triunfo del santismo o del referéndum por la paz. La victoria, si bien es de Juan Manuel Santos y su coalición de gobierno, merece mención a César Gaviria que se apersonó de la campaña de cara a la segunda vuelta, pero también a líderes como Antanas Mockus y su compromiso con la paz.

En rigor, el triunfo no es exclusivo del presidente, para que este haya sido posible, se movilizaron a su favor no sólo la izquierda, los movimientos independientes y los diferentes sectores y líderes del país (colectivos, movimientos, agrupaciones, sindicatos, intelectuales, comunidad LGBTI, empresarios, medios y todos los que además de identificarse con la paz y el proceso que se adelanta en La Habana sintieron que podían perder las conquistas ganadas tras largas luchas si retornaba el uribismo), que fueron en últimas los que revirtieron el resultado de la primera vuelta que había dejado como ganador al candidato Óscar Iván Zuluaga.

Desde ya el senador Jorge Robledo le aclaró al país que pese al apoyo y adhesión de algunos miembros del PDA de forma individual a la campaña de Santos para la segunda vuelta, el partido de izquierda definió tras la primera vuelta que sería oposición sin importar que candidato ganara la elección presidencial. Asimismo, en el Partido Verde que dejó libre a sus votantes y cuyos miembros se dividieron entre Santos, Zuluaga, abstención y/o voto en blanco mantendrá una posición independiente y de control político al gobierno. Como es evidente, la oposición de la derecha tendrá su representación en la importante presencia del Centro Democrático que estará en el Legislativo liderado por Uribe. Zuluaga hará lo propio con los casi siete millones de votos que lo avalan. El Partido Conservador ha sido el más fluctuante, pasó de ser en su totalidad parte de la coalición de gobierno a dividirse, unos siguieron con Santos otros decidieron apoyar a Marta Lucía Ramírez, al conocer los resultados de la primera vuelta que presentaban a Zuluaga como un muy posible ganador de la presidencia, entonces, retornaron a las filas del uribismo, pero como es de esperar, los resultados harán que algunos que ayer se fueron regresen mañana para respaldar al presidente Santos. Por su parte, la coalición de gobierno se mantiene firme.

La Misión de Observación Electoral –MOE- recibió más de 197 reportes sobre irregularidades y delitos electorales en 22 de los 32 departamentos del país, por lo que llamó a pensar en los alcances y limitaciones que supone la reelección presidencial. Adicionalmente convocó a los dirigentes de las campañas a encaminarse y a recuperar la confianza de los electores en la institucionalidad y en el diálogo interpartidista que se vieron gravemente afectados con la polarización social instalada desde las elecciones legislativas de marzo.

Más allá de todo, de los aciertos y equivocaciones, de las grandes tareas pendientes, de los retos que vienen y más allá de la paz, el del domingo fue un triunfo liberal, del ideario liberal, de la democracia liberal, representativa, de la posición que aprecia las formas y los métodos, el respeto a la Constitución y a las reglas de juego, que otorga importancia a los pesos y contrapesos para gobernar, un voto en contra del retorno del uribismo y de su modelo y estilo populista para gobernar, del todo vale y del fin justifica los medios.

Los abstencionistas y promotores del voto en blanco que pusieron a Santos y a Zuluaga en el mismo saco por la cercanía y orientación del manejo económico y donde cualquiera que resultara electo deberá asumir una reforma tributaria, olvidaron decir que en los demás temas hay diferencias ostensibles. Por eso, no era una elección cualquiera y no daba igual, se asistía a dos modelos de país, uno liberal y uno conservador. Las diferencias no son sólo en cuanto a la paz, también lo son en el manejo de las relaciones internacionales y de la política exterior, de la política de drogas, de temas sensibles como la reelección, el matrimonio igualitario, el aborto y la eutanasia, el medio ambiente y la vivienda.

Colombia apoyó el proceso de La Habana pero a diferencia de este gobierno orientado al centro-derecha, el siguiente indica que tendrá que ir más hacia el centro-izquierda. Se votó contra Uribe, pero a la vez, Uribe mostró que su papel en la historia política del país no ha expirado, obtuvo siete millones de votos, es evidente que Zuluaga sin Uribe no lo habría logrado. Juan Manuel Santos se comprometió a gobernar para todos los colombianos, como debe ser con garantías para la oposición, sin odios, ni revanchismo. El presidente es consciente del gran voto de confianza que depositaron los electores por la paz, por la legalidad, por la institucionalidad, el mandatario tendrá que encontrar la forma de conectarse con la gente, de exigir transparencia de los funcionarios que lo rodean, deberá emprender una guerra contra el clientelismo que empañó su campaña, pudo desmentir al uribismo con sus buenos resultados pero no lo hizo de forma contundente y también tiene su cuota de responsabilidad en la polarización que vivió el país durante las últimas semanas. Él y su oponente llevaron al país al límite, se movieron entre la guerra y la paz para ganar el favor de los electores lesionando la institucionalidad. Su gestión no ha sido mala y Colombia va por buen camino pero el país no lo siente.

Por Clara RIVEROS, para SudAméricaHoy
Martes 17 de junio de 2014

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