Rarezas de las primarias argentinas

Del otro lado de la frontera, en Brasil, en Chile y sin duda en Uruguay, hay interés, expectativa, preocupación y hasta fascinación respecto de cómo se desarrolla el proceso electoral argentino.

Las decisiones para presentar fórmulas y listas para las PASO en el plazo estipulado tuvieron a muchos observadores de dichos países en vilo. Hay expectativas respecto del resultado final en octubre y sobre si ello implicará cambios (y mejoras) en el relacionamiento de la Argentina con la región. También las hay respecto de la evolución de la situación económica.

Pero es el modus operandi del kirchnerismo lo que en realidad fascina a los observadores, y no necesariamente en el mejor sentido de la palabra. La capacidad de generar hechos sorprendentes que descolocan a los opositores, siempre con un filo de malicia, forma parte de una cultura política ajena a casi cualquier otro país. Como decía un observador uruguayo, al lado de las movidas que hace Cristina, los protagonistas de la serie House of Cards son unos angelitos.

Muchos países tienen sus mecanismos para que los partidos procesen la designación de sus candidatos a la presidencia, a los gobiernos regionales e incluso al Parlamento. Cada uno los aplica según su historia, sus necesidades y su idiosincrasia.

Para un país que tras la crisis de 2001 cayó en el célebre “que se vayan todos”, las PASO permitieron reconstruir partidos, alianzas, frentes y regenerar algo de credibilidad en una sociedad acostumbrada a desconfiar.

Pero más allá de esa virtud, para el observador externo hay dos aspectos de las PASO que llaman la atención. Al igual que en algunos países (sí en Uruguay por ejemplo, pero no en Estados Unidos) las primarias presidenciales en la Argentina ocurren un mismo día en todo el territorio y para todos los partidos. Todos los partidos deben participar del proceso, aun cuando no haya competencia. Son además, y ésa sí es una peculiaridad, obligatorias para los ciudadanos.

Eso llama la atención. Tratándose de elecciones internas, se esperaría que fueran los adherentes y simpatizantes de un determinado partido quienes se sientan motivados a decidir cuál, entre varios, será el candidato preferido. Y nadie más. Pues habrá quien, al no identificarse con partido alguno, considere que su voto es una intromisión en una decisión que no le corresponde. Sería como si pese a no ser socio ni simpatizante de un club, igual fuera obligado a votar por su directiva. Visto de afuera, pues, es llamativo que justo las internas (una elección que apela a la adhesión de la gente comprometida con una causa, partido o proyecto) fuerce a participar a ciudadanos independientes o circunstancialmente distantes de todas las ofertas.

Lo segundo que llama la atención a un observador extranjero es que para competir en la interna cada candidato deba ir con la fórmula ya completa.

La competencia por la presidencia en un determinado partido o una alianza implica que hay corrientes o alas que disputan esa candidatura, pero que luego irán unidos a la elección nacional. Terminada la primaria, habrá que restañar heridas internas y volver a acercar posiciones. Eso obligaría a que el precandidato ganador elija con cuidado a su compañero de fórmula, para lo cual lo ideal sería hacerlo después, cuando tenga todas los cartas a la vista, una vez contados los votos. ¿Cuánta ventaja le llevó el ganador al perdedor? ¿Qué perfil no cuenta el ganador para llegar a un núcleo duro pero lejano de votantes que podrían ayudarlo a ganar? ¿Cuál sería el mejor vicepresidente para tejer acuerdos y limar asperezas en un Congreso que no será monolítico? Estas preguntas surgen una vez que el candidato ungido evalúa su propia interna y cómo quedó la relación de fuerzas entre las diferentes alas. Recién ahí tendrá claridad estratégica para completar la fórmula. No antes.

Que las normas sean de una u otra manera incide luego sobre las conductas y reflejos más sofisticados para armar alianzas sólidas, al menos mientras sean necesarias, con gobiernos de coalición que incluso sumen partidos con una larga y asentada rivalidad.

Por eso, para los observadores extranjeros que desde fuera del país observan el proceso, las PASO son una llamativa peculiaridad, positiva sin duda, pero no tan fácil de explicar.

Por Tomás Linn

La Nación (Argentina), 8 DE JULIO, 2015

Dejar un comentario