Rafael Correa y el regreso de los zombis

¿Por qué América Latina no es Estados Unidos, la nación más poderosa de la tierra, si ambos empezaron su historia prácticamente al mismo tiempo, con el descubrimiento de América? He ahí, dijo Rafael Correa al final de su intervención en la cumbre de presidentes de Panamá, “uno de los grandes enigmas del desarrollo”. Un enigma, dijo, cuyas respuestas son “múltiples y complejas”. Sin embargo, la más sencilla de todas estaba en sus narices: le habría bastado con escucharse a sí mismo y escuchar a Obama.

Lo primero que llama la atención en los discursos de ambos mandatarios es una elemental diferencia retórica. Cuando un presidente dispone de tan sólo diez minutos para explicar la postura de su país en un foro internacional y ganar el apoyo de sus pares, tiene que ser muy persuasivo. Obama elige densificar el contenido de su discurso: cada frase suya expresa un pensamiento relevante en el encadenamiento general de ideas y está dicha con palabras directas y claras. Correa, en cambio, pierde el tiempo despachando oraciones huecas y se sirve de fulgurantes adjetivos (abrazos solidarios, voluntades inquebrantables, triunfos irrestrictos…) y de resplandecientes metáforas (“la pobreza es una bala cotidiana en contra de la dignidad humana”) que revelan más un deseo de lucimiento personal que un auténtico compromiso intelectual con lo que está diciendo. Le gustan las frases célebres al Presidente, y parece creer que la significación histórica de aquellas depende de las campanillas que las adornan. Hay que preguntarse, por ejemplo, cuánto tiempo gastó en maquinar el juego de palabras que se inventó sobre el eslogan de la cumbre (“Prosperidad con equidad”), que se pasó repitiendo durante dos días –tan orgulloso estaba de su hallazgo– y que se dio modos para deslizar dos veces en su discurso oficial: “¿Prosperidad con equidad? Yo diría: equidad para la prosperidad con soberanía y dignidad”. Qué cadencioso. ¡Y rima!

Estos alardes del Presidente con las palabras grandes son de una fatuidad insufrible en un estadista contemporáneo. Palabras grandes: esas a las que nadie se resiste porque cada quien las llena con los contenidos que mejor se le acomoden. Rafael Correa es aficionado a este tipo de palabras que parecen decir mucho pero no dicen nada. Obama, en cambio, las evita. Correa dice “Llegó la hora de la segunda y definitiva independencia para nuestra América” y esa frase (tan pretenciosa, tan gastada) puede significar cualquier cosa; por eso su valor político es equivalente a cero. Obama, en cambio, dice: “llegó la hora de un nuevo inicio en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos”. Y esa frase implica un terremoto político de tales dimensiones que hasta Rafael Correa tendrá que acostumbrarse a las nuevas circunstancias que trae consigo. Y significa exactamente eso: que llegó la hora de un nuevo inicio en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Ni más ni menos. Claro que Obama pudo adornarla con algún adjetivo vistoso. Pudo decir “un inicio solidario”; o inquebrantable; o irrestricto. Pero ¿para qué?

Que nos arrastren a todos si una de las causas de que América Latina no sea la región más poderosa de la tierra no tiene que ver directamente con la retórica vacía de sus dirigentes políticos. Claro que cada quien tiene la retórica que se ajusta a sus necesidades expresivas. Y la retórica vacía viene muy bien cuando se habla de fantasmas.

El mundo según Rafael Correa –lo dejó claro en Panamá– se parece al paisaje de un apocalipsis zombi, donde los seres que creíamos muertos y enterrados resucitan por ignoradas artes cabalísticas y nos persiguen amenazantes, horribles y deformes, tanto más indestructibles cuanto más muertos estaban. Ahí vienen los marines que invadieron Panamá en 1989 para sacarnos las mantecas; el canciller de Augusto Pinochet que presidió la cumbre de la OEA en 1976 para comernos el hígado; los periódicos que escribieron contra Salvador Allende, vomitando gusanos por todos sus orificios corporales, listos para extirparnos el cerebro; los fantasmas de la guerra de las Malvinas, más peligrosos que en 1982, con todo lo necesario para prender fuego a nuestra casa. De todo eso habló largamente Correa en su discurso. Obama se lo sacó de encima con siete palabras. Dijo, más o menos: sí, a mí también me gusta la historia. ¿Cínico? Puede ser. Pero no es menos cierto que restregarle la invasión de Reagan a Panamá al tipo que está reestableciendo las relaciones de Estados Unidos con Cuba es algo, por decir lo menos, fuera de lugar. Y como mensaje político es de una nulidad absoluta.

Sólo hay un fantasma del pasado que el Presidente no quiere recordar: el fantasma de Jaime Roldós y su Carta de Conducta. A Roldós está bien desempolvarlo cuando se trata de acusar a la CIA de su asesinato. Pero no será Correa quien recuerde aquel histórico documento de septiembre de 1980, en que los países de la Comunidad Andina de Naciones se comprometieron a defender la supremacía de los derechos humanos por sobre cualquier criterio de soberanía. Significa que una intervención internacional conjunta en defensa de los derechos humanos en un país X (Venezuela, por ejemplo) no lesiona la soberanía de ese país ni implica violar el principio de no intervención, pues se realiza en virtud de un principio más alto: los derechos humanos. Es lo que se llamó Doctrina Roldós. Los gobiernos bolivarianos y socialistas de este siglo la han echado al tarro de basura, empeñados como están en defender el derecho de Nicolás Maduro a encarcelar a los líderes de la oposición, así como su propio derecho de perseguir a la prensa que consideren “mala, muy mala”, como dijo Rafael Correa en Panamá, poniendo la misma cara de perro resentido que compuso cuando le tocó, a su pesar, ofrecer la mano a Álvaro Uribe en Santo Domingo. Todo en nombre de la soberanía y la dignidad, los dos bombazos retóricos que el Presidente añadió al eslogan de la cumbre. Es que “Equidad para la prosperidad con derechos humanos” no rima. Dar vergüenza contemplar cómo el presidente de Estados Unidos está hoy más próximo al espíritu de la Carta de Conducta que el propio sucesor de Jaime Roldós. “Cuando el doctor (Martin Luther) King estaba encarcelado –dijo Obama– la gente fuera de los Estados Unidos habló en su nombre para defenderlo y yo estaría traicionando nuestra propia historia si no hiciera lo mismo”.

Si alguna lección dejó la cumbre de Panamá (de la que Maduro y sus aliados salieron con las manos vacías) es que los desplantes retóricos pueden funcionar muy bien como argumento propagandístico pero resultan insustanciales e inútiles en el terreno de la verdadera política. Patéticos resultaron los esfuerzos de Rafael Correa por quedarse con la última palabra de este debate aunque fuera en el Twitter, donde ha cogido la costumbre de lanzar larguísimos discursos que ya poco se diferencian de aquellos que de tiempo en tiempo se manda Abdalá Bucaram por la misma vía. “Es preocupante –escribió– que un afro minimice la historia”. El Presidente ya perdió por completo el sentido del ridículo.

Incapaces de mirar un centímetro más allá de su propia vacía retórica, los correístas celebran hoy la supuesta victoria de su tendencia en Panamá. La cumbre, dicen, fue una demostración del “cambio de época” (otro fuego de artificio) que vive América Latina. ¿En qué consiste esa demostración? En que los presidentes hablaron de frente, sin tapujos, sin medias tintas y sin pedir permiso. Soberanía y dignidad. Y claro: si de hablar se trata, seguramente ha de ganar el que lo hace más fuerte y más cara de perro pone ante las cámaras. Obama no repite las cosas, no machaca ni utiliza palabras pirotécnicas. Debe haber perdido. Además, llegó a Panamá sin barras bravas, bravucones con pancartas y banderas que gritan, pegan y mandan a callar, como los que montaron guardia en los vestíbulos de la cumbre, dirigidos por especialistas cubanos en represión y silenciamiento. Eso es ganar o ganar en un foro internacional. ¡Cuánto orgullo! ¡Cuánta esperanza!

¿Por qué América Latina no es Estados Unidos, la nación más poderosa de la tierra, si ambos empezaron su historia prácticamente al mismo tiempo, con el descubrimiento de América? Con esta pregunta –retórica como todas las suyas– el Presidente no nos ayuda a resolver el misterio mejor guardado del correísmo, a saber: qué libros leyó aparte de Las venas abiertas de América Latina. Pero si echa pistas sobre los libros que no leyó. Está claro que no leyó a Max Weber; tampoco leyó a Eric Hobsbawm. La lista de lecturas que le faltan es enorme y seguramente ya no dispone de tiempo para actualizarse. Quizá debería empezar por una sencilla canción, que le dará harto material para reflexionar con sólo cinco versos: Podres poderes (poderes pútridos), de Caetano Veloso: “¿Será que nunca haremos sino confirmar / la incompetencia de la América católica / que siempre precisará de ridículos tiranos? / ¿Será que esta misma estúpida retórica / tendrá que sonar, tendrá que oírse por otros mil años?”.

He ahí uno de los grandes enigmas del desarrollo.

Roberto Aguilar, Ecuador.

Estado de propaganda, abril 14, 2015

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