Rafael Correa es adicto a la propaganda en la vida y en la tele

Correa no oye. No procesa lo que le dicen. No dialoga. Recita. No disimula siquiera esta pulsión obsesiva que lo lleva a convertir un posible interlocutor en un lamentable Suso. En un convidado de piedra ante el cual él vierte su inagotable mar de palabras, frases hechas, metáforas ajadas e irrefrenables autoelogios. La economía de Ecuador es –eso dijo– un referente en el mundo. Tanta autoestima conmueve.

Correa es oráculo, presidente, profesor, dador de lecciones, detentor inobjetable de la última palabra. ¿Lo vieron el domingo? Ya no tenía enfrente a periodistas que es sinónimo de enemigos porque él los prefiere a sueldo. Tenía economistas. Pares de buena fe –eso dijo–, sentados en un set de su gobierno y con un guión diseñado para él. Con videos tan básicos y tan oficialmente hechos que hasta le causaron fastidio. Tanta lambonería periodística sí hace pensar que algunos ya se creen en Cuba.

La estructura fragmentada a cuatro voces está hecha para que nadie pueda, salvo Correa, construir un discurso con sentido. Los invitados están ahí para hacer una pregunta y una repregunta. Correa, en cambio, puede hablar sin que la moderadora se digne pensar en las preocupaciones de los televidentes. El programa no es para eso: es para que Rafael Correa desparrame su discurso. Y si él sale feliz de lasoirée, pues con eso basta.

Un programa así es una trampa para quien acepte ir a hacer seis preguntas en hora y media. Eso generó incomodidad visible en Walter Spurrier. Y felicidad evidente en Victor Hugo Albán, del Colegio de Economistas de Pichincha. Era manifiesto su afán por ayudar al Presidente a que no sea malinterpretado, a que cuente con su propia boca, de sus propios labios… E incluso propuso una alianza con el SRI para socializar mejor los dignos fines del Presidente. Fidel Márquez tampoco salió bien librado y en las redes lo trataron mal. Con esa xenofobia que no osa decir su nombre y que lastima.

Correa ama el monólogo. Ama controlar el libreto y, también, al entrevistador. Por eso pagó a Jorge Gestoso para que pusiera la cara y diera un aire profesional al montaje de su equipo de propaganda. Y sí Gestoso lo hacía un poco mejor que la moderadora del domingo. Sus inflexiones de voz, su tono, su actitud delatan, con mayor acritud, su estatus de subalterna del Presidente. Ella cumple ese libreto en que Correa comenta hasta los videos donde él ocupa una buena parte del tiempo.

Ese debe ser el buen periodismo del cual hablan los semiólogos asalariados del gobierno: narraciones simplonas, que eluden la complejidad de los temas, ensalzan las tesis oficiales e incluyen al Presidente. ¡Y luego le piden comentar lo que acaba de ver! Y una moderadora que completa la versión oficial, recordando –a propósito de una posible especulación evocada por uno de los invitados– que ya los ministros José Serrano y Diego Aulestia han tomado las medidas pertinentes. ¡Qué oportuna!

Correa no ama el debate. Pero necesita caras a su lado que legitimen lo que dice. La estructura del programa es perfecta porque él no tiene que someterse a regla alguna. No tiene límite de tiempo. Nadie le obliga a ser concreto. Nadie lo interrumpe para que se centre en las preocupaciones de los que lo ven y no en sus intereses políticos.

Correa puede insultar a personas que no están ahí, forzar el sentido de críticas que le hacen llevándolas hasta la impostura, desnaturalizar los términos de la inquietud social que suscitan sus medidas: nadie se lo dirá. Él puede ponerse de ejemplo como hizo cuando se declaró de clase media alta y dijo que su patrimonio ascendía solamente a 560 mil dólares. ¿Quién imagina a Walter Spurrier, un señor, preguntándole si incluye su apartamento en Bélgica o si tiene otras cuentas afuera? ¿Quién lo imagina desmintiendo las falacias del Presidente sobre la prensa europea o estadounidense? ¿Cuántas veces ha dicho que en Europa o en Estados Unidos los periodistas no comentan, no critican, no envían al infierno, si les toca, a los hombres políticos? Lo dice como si fuera verdad, cuando es una extraordinaria mentira.

¿Conoce el Presidente el periodismo que han hecho diarios como El Mundo o El Pais de España, Libération o Le Canard Enchaîné en Francia, la cadena Fox en Estados Unidos? Eso solo se lo pueden decir periodistas que no sean sus asalariados. Hay suficiente información y suficientes ejemplos para que el Presidente tenga que dar cuenta ante los ciudadanos de lo que entiende por ética pública, transparencia, sindéresis… Una cosa es un diálogo mediado con la nación; otra es un ejercicio abusivo de propaganda al cual ya es francamente adicto.

No se puede decir que el domingo el Presidente dialogó con tres economistas. Correa abusó de su estatus y eso le permitió dar por sentado, ante los televidentes, verdades políticas que no son realidades económicas. Por ejemplo, endosar la crisis latente a meros choques externos sin que nadie osara mencionar en el set el déficit fiscal del cual es responsable este Estado guatoso que él engordó. Decir que la bonanza petrolera es una ficción es un cuento chino. Así fue sembrando en el camino un sinnúmero de verdades del socialismo del siglo XXI sin que nadie pudiera rebatirle. Las reglas, la discreción de Spurrier y la dicha de estar ahí, aconsejando al Príncipe, de Albán y Márquez, lo impidieron.

Correa no quiere someterse a escrutinio alguno: solo busca legitimadores –a los cuales trata con suficiencia y distancia– para construir, ante sus ojos, la caricatura con la que piensa permanecer en el poder en 2017: bananeros con piscina y hummer que viven al lado de sus peones alojados en cabañas de caña.

Ese es el Ecuador que él quiere vender. Sin eso no hay cómo ser el Robin Hood que él quiere encarnar ante los más pobres.

logofundamedios

José Hernández, Ecuador.

Estado de propaganda, junio 9, 2015

 

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