Rafael Correa busca carne de cañón

Ahora el presidente quiere que cuidemos las carreteras. Así concibe al pueblo: como una gigantesca fuerza de choque con la misión de defenderlo. ¿Qué será de hacer? ¿Habrá que formar brigadas? ¿Salir a patrullar en camionetas? ¿Repartir palo entre los revoltosos?

Para rechazar el paro nacional “en las calles, en los barrios y en las esquinas”, para recuperar la capacidad de “llenar la Plaza Grande en dos horas”, el presidente sacó a Ricardo Patiño de la Cancillería y lo mandó a cumplir las labores de reclutamiento en las que se especializó durante largos años de militancia junto a su hermano Raúl: aquellas que el correísmo entiende como el trabajo de masas de la nueva izquierda, la del siglo XXI. ¿En qué consisten?

Hace unos años, cuando esto recién empezaba, Raúl Patiño lo explicó claramente en un encuentro de partidos y movimientos de izquierda de América Latina que tuvo lugar en Quito. En una mesa redonda que compartió con un delegado del PT brasileño y otro del Frente Amplio uruguayo debatió sobre estrategias de organización popular. Fue patético. Los representantes de los dos históricos movimientos que alcanzaron el poder en sus países después de un trabajo de décadas hablaron con entusiasmo sobre los procesos de formación de sus partidos, la participación democrática, el trabajo social, la representación de las minorías, el debate político con los movimientos sociales, la búsqueda de consensos, la lucha sindical, la construcción de un poder popular y ciudadano, el diseño de una estrategia electoral, la captación de los primeros municipios y diputaciones, los años de intentos, la perseverancia… Cuando le tocó hablar a Patiño quedó demostrado que todo aquello fue una enorme pérdida de tiempo. ¿En qué consiste la organización popular según el correísmo? En algo mucho más fácil y menos azaroso. Simplemente hay que cuadricular el país en manzanas, organizar un ejército de brigadistas, distribuirlos sobre el territorio en función del número de habitantes por manzana, diseñar un simpático sistema de inscripciones y formularios (aquí Patiño se explayaba, feliz ante el hallazgo del talonario desprendible), en fin, saber de cuánta gente se dispone y en dónde, calcular los costos de movilización y refrigerios, considerar el número de buses…

El sistema funcionó de las mil maravillas y durante años mantuvo en el gobierno la ilusión de la movilización permanente: cada celebración tenía su acto de masas; cada marcha, su contramarcha. Así fue hasta el pasado 8 de junio, cuando una riente multitud de manifestantes de la oposición logró –pacíficamente, por el simple peso de los números– expulsar a los correístas de la tribuna de la avenida de los Shyris. Siguió un mes de protestas durante el cual éstos no dieron un palo al agua. Ante semejante revés, la única autocrítica de la que fue capaz el correísmo consistió en pensar que su viejo sistema de organización de masas requería un cambio de aceite, una reactivación. Para eso está Patiño.

La manera como el presidente quiere afrontar la marcha indígena y el paro nacional del 13 de agosto revela mucho de su forma de pensar, de sus delirios y sus fantasías. ¿Fueron necesarios ocho años de una dizque revolución ciudadana para que el presidente de la República nos mande a cuidar las carreteras? ¡Valiente revolución! El hombre que popularizó el eslogan “El país ya cambió” actúa ahora como si el Ecuador y los ecuatorianos viviéramos estancados en el pasado.

Los indios, según el presidente, son unos sujetos peligrosos que pueden romper las carreteras. Con sus cuatro nociones de quichua elemental y su paupérrima experiencia intercultural de catequista salesiano en los ochenta, sigue pensando que el mundo indígena es esa inmóvil geografía de comunidades cerradas sobre sus propios límites cuya forma natural de protesta consiste en la negación y el aislamiento voluntario, en la destrucción de aquello que el Estado ha construido por su bien. Cuando pide que los ciudadanos defiendan la obra pública de las hordas de salvajes que la amenazan está apelando a la decimonónica y trasnochada idea de la civilización contra la barbarie. El mundo indígena, según este esquema, o es un pacífico receptor de los beneficios emanados por el buen gobierno o una caterva de indios alzados.

La protesta, según el presidente, es desestabilización. Cuando el pueblo se levanta contra políticas de Estado que encuentra intolerables su único objetivo es tumbar al gobierno. ¿Cómo puede asegurar que el país cambió y, al mismo tiempo, actuar como si siguiéramos en los noventa? Muy poca fe en sí mismo y en su revolución ha de tener el presidente para pensar que debe protegerse de un destino similar al de Mahuad o Bucaram. Pero sobre todo muy poca fe en la misma sociedad que no ha conseguido, según él, dar un paso adelante desde los tiempos de León Febres Cordero. Por eso, en lugar de tender puentes, se apertrecha. Que la guerra fría se ha vuelto a instalar en América Latina, dice en el colmo de su paranoia. Cree que la izquierda que no lo apoya es un juguete de la derecha. Y que no hay otra derecha que la extrema derecha. Guillermo Lasso es Pinochet. Los opositores de hoy son los torturadores de ayer. Los que marchan hacia Quito son los fascistas del Plan Cóndor, los que mataron a Allende. Nada cambió. Nadie cambió.

Al menos Allende, tipo valiente y digno, se negó a poner en riesgo a los civiles. Aquel 11 de septiembre no faltó quien le pidiera entregar armas al pueblo. Prefirió pegarse un tiro (o como diría Borges: observó un rito que acaso Rafael Correa preferiría omitir). Estitos, en cambio, se refugian tras los ciudadanos. Son capaces de llevarlos, como ocurrió el 30 de septiembre de 2010, adonde los militares se están dando de bala con los policías. Fue el mismo Ricardo Patiño –¡qué coincidencia!– el organizador de esa movida que se saldó con civiles muertos. ¿Le pesan? Ahora quieren repetir. Manga de cobardes.

Irresponsables. Son niños jugando con soldaditos de plástico. La forma como se imaginan se producirá el golpe de Estado no puede ser más candorosa. La toma de la Bastilla se queda corta: hordas de facinerosos ocuparán la Plaza Grande y, desde ahí, ejecutarán el asalto final a Carondelet. Como en los viejos tiempos. Parece un chiste. ¿Y cómo piensan evitarlo? Para eso está Patiño, movilizando su carne de cañón. Recuperando la capacidad de llenar la Plaza Grande de civiles en dos horas para proteger al régimen. Un momento: ¿no se supone que para eso –ante la improbable, delirante eventualidad de que se produzca un golpe de Estado como el descrito– está la fuerza pública? ¿Tenemos que tomar como cosa normal que un gobierno acosado por las protestas decida escudarse tras los ciudadanos? ¿Echarnos a los ecuatorianos unos contra otros? ¿Es normal semejante salvajada? ¿O es un crimen? Cuando esto haya terminado alguien tendrá que obligarles a rendir cuentas aunque no fuera sino por haberlo pensado.

logofundamedios

Roberto Aguilar, Ecuador.

Estado de propaganda, agosto 17, 2015

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