Presidente, ¿quiere que el país empiece a contar muertos?

Para el gobierno el Paro Nacional fue un fracaso: el Presidente (como es costumbre) lo anunció días atrás y pronosticó (como es habitual) que serían cuatro pelagatos. En las redes sociales, los ciudadanos no han cesado de hacer preguntas: ¿por qué, entonces, militarizó el país? ¿Por qué se encerró, con los suyos, a cantar y bailar, detrás de inmensos cordones de seguridad, reforzados por motos, caballos y perros? ¿Por qué multiplicó la propaganda, hizo cadenas nacionales y trajo a miles de Arutam a Carondelet? ¿Por qué llamó a actuar a los transportistas y se alió con los pandilleros? ¿Por qué el ministro Serrano se presentó, cual vulgar provocador, en la marcha rodeado de policías?

No sorprende (porque ya es costumbre) que el gobierno endose la violencia a los manifestantes. No sorprende (porque ya es habitual) que el Presidente tergiverse la realidad: los manifestantes que pacíficamente recorrieron el país para exigirle rectificaciones, ahora son hordas de violentos golpistas. Y, en cambio, su aparato de represión, que los provocó y los atacó en forma inmisericorde en el centro de Quito, son los salvadores de la democracia. En la Presidencia no solo se han pelado los cables; también los tienen cruzados: mientras la Policía patea y golpea dirigentes indígenas –hombres y mujeres– ellos bailan y cantan rodeados de cuerpos especiales de seguridad y de un arsenal militar. Qué gobierno tan jovial!

No es la única insensatez. Esta marcha, organizada en particular por indígenas, desnuda la debilidad política de un gobierno que ni siquiera en un momento tan aciago como este, abandona su estilo camorrista y fanfarrón. Correa cree que sus fórmulas –tan trilladas, tan guasas– son más impactantes que el choque que causa en la opinión las imágenes de personas ensangrentadas y heridas gravemente, como las de Vicente Antun. Gabriela Rivadeneira –tan insustancial ella, tan pueril– debe encontrar muy revolucionario desafiar al país afirmando, el mismo día de la marcha en Quito, que las enmiendas van porque van. Eso es hoy el correísmo: un gobierno encerrado en una fortaleza militar, que echa gasolina al fuego, dice disparates en cadenas nacionales, canta y baila mientras produce heridos (y si hubiera muertos sería lo mismo) y endosa lo que provoca a aquellos que le piden rectificar.

El correísmo es un movimiento fundido políticamente, parqueado en el cinismo. Por eso, desde hace tiempo trasladó la política al uso de la fuerza. Su apuesta se antoja siniestra por lo menos en tres aspectos: Correa clausuró su deber de interactuar con la realidad; coloca el destino de su gobierno en manos de la fuerza pública y pone a competir, ante la opinión, las imágenes reales de las víctimas de su política con sus ficciones y las de su aparato de propaganda.

Salida siniestra, entonces, y también aventurada. El correísmo usa, con mayor intensidad, las fórmulas que le han funcionado. Pero aquello que lo ha sacado de apuros en ciertas coyunturas está lejos de funcionar estructuralmente. Y se entiende: ahora hay más motivos de descontento en el país; es decir, hay más masa crítica. Hay más gente expuesta o sujeta a la represión oficial. Y Correa, en vez de parar el vértigo, hunde el acelerador.  El Presidente ya no busca razones para entender lo que le grita la calle. Busca razones para explicar su encierro, inventa ritos fingidos (como el Festival de la alegría) y sofismas para justificar el recurso a la violencia.

Ese callejón en que se encuentra no tiene salida. Al menos por cuatro motivos: la recesión económica y la crisis fiscal le auguran mayores y más profundos problemas. El universo de descontentos en la calle seguirá creciendo y agudizando sus acciones. La falta de respuesta política, traslada toda la presión a los organismos de represión que ya lucen desbocados. La violencia oficial está forzando alianzas políticas en la oposición que la misma política no había logrado.

Correa se ha puesto en manos de la fuerza pública y su única posibilidad es surfear sin control sobre corrientes que él no controla. Él es rehén de su propia huida hacia delante. No obstante, es absolutamente responsable de las consecuencias (siempre nefastas) que produce la represión oficial. Por eso, lo único que puede esperar es un bumerán trágico para su gobierno. Los damnificados de la represión se encargarán de desvanecer, en la opinión, el último as del que dispone: su palabra y su credibilidad.

Hombre mediático, él va camino de ser víctima de su invento. No hay nada más real y contundente contra la estrategia política que ha escogido (el enfrentamiento) que las imágenes de los heridos (solo heridos por ahora) de la violencia oficial. Ya no son solamente pelucones o clase media quiteña: son los más pobres, los marginados. Los indios. Este país –¿Correa no lo sabe?– no se comprará una guerra civil. Y no hay nada más decisivo contra el poder, que esas imágenes de violencia (también contra los policías) que recorren el país desde la noche del 13. El único responsable es él: su tozudez, su ceguera.

Correa cree haberse anotado una nueva victoria. Lo que hizo es exhibir, en forma inconmensurable, la debilidad de su gobierno. Y, sobre todo, su decisión irracional de refugiarse en medio de arsenales militares, comandos de seguridad dispuestos a matar y policías enloquecidos en motos o caballos que atacan civiles desarmados. Las razones que tiene el Presidente para no volver a la política y privilegiar la fuerza, quizá lo conectan con su base más radical. Pero es otro tiro electoral que se pega en la nuca y las encuestas sobre la pérdida de su credibilidad lo prueban.

El 13 de agosto volvió a demostrar que hay razones, muchas razones, para que el gobierno desmonte la lógica del enfrentamiento que el mismo Presidente promociona con ahínco. Si no lo hace, si no corrige, si no cesa su arrogancia, si habla de diálogo mientras ordena reprimir… el país empezará inexorablemente a contar muertos y heridos. ¿Eso querrá asumir la oficialidad policial (y militar) que deberá rendir cuentas cuando esto termine?

¿Alguien, por favor, puede decir al Presidente que esta sería la consecuencia directa de su chaladura por eternizarse en el poder?

logofundamedios

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, agosto 14, 2015

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