Pobreza y democracia

El 2014 ha sido un año dominado por las propuestas y las luchas en torno al cambio o a la perdurabilidad del gobierno. Pero ha sido un año vaciado de propuestas y de ideas claras de cómo canalizar el cambio, si se dan determinadas condiciones. Los candidatos están mudos o hablan lo menos posible o no se pronuncian acerca de cuestiones ardientes y cotidianas. Mientras tanto, se suceden los actos electorales parciales, provinciales, capitalinos, casi fatigosamente, como si se tratara del gran centro de la cuestión cuando no lo son, definitivamente. Porque lo que es decisivo no son determinados nombres o rostros sino la esperanza: ¿cambiará o no cambiará el rumbo de la historia que estamos viviendo?

En más de treinta años de democracia el sistema se ha ido deteriorando. Mucho de lo soñado a partir de 1983 en los temas jurídicos, económicos y sociales ha caído en saco roto. El Estado, que debe ocuparse de las elementales necesidades de la población ha estado ausente por largas temporadas. La ineficiencia, la mala praxis de los funcionarios, la desidia y la corrupción fueron drenando las expectativas de una vida mejor. Pese a todo, por negación o por justificación de sus experiencias pasadas en la década del 70, muchos, autocalificados de ‘progresistas’ han justificado lo injustificable, han creído a pie juntillas las promesas y discursos de kirchnerismo-cristinismo, han negado sus errores y con una verticalidad ideológica impresionante aplaudieron todo aquello que se opusiera a los principales funcionarios. Gestaron y aplaudieron la ‘grieta’ entre ‘nosotros’ y los ‘enemigos destituyentes. Condenaron, vapulearon, creyeron que la batalla revolucionaria perdida era cercar y castigar a determinados medios de comunicación para ellos culpables de todas las maldades.

Respaldaron todas las injusticias posibles. Justificaron las mentiras estadísticas. Afirman que todo estudio o profundización de un tema o investigación que no tenga la aprobación oficial es falsa, mentirosa y atentatoria contra el poder. Se entusiasmaron porque vivieron al gobierno como transformador de estructuras y lo admiraron cuando se criticó a países decisivos en el orden internacional. No les importó la soledad del país en las decisiones comerciales y diplomáticas mundiales. Consideran que todo lo vivido en los últimos 12 años ha sido idílico en todos los aspectos. Han aplaudido resoluciones oficiales de espionaje y control policiales en la vida económica y social. Creen en confabulaciones permanentes y consideran que el capitalismo termina siendo una mala palabra en la construcción de una nación.

Eso sí: niegan o se resisten a comprobar que nada ha cambiado en la matriz productiva de los últimos veinte años. Que la industria ha quedado postergada y sin planes de recuperación. Y que la pobreza es una constante sin solución, pese a las políticas que el gobierno adoptó al respecto. Por un lado entregaron montañas de subsidios a parte de la población pero por otra parte drenaron todo lo otorgado con la inflación que no cesa y con la falta de empleo. Como se ha dicho el empleo privado ha cesado en los últimos dos años y el Estado se convirtió en el único empleador posible.

El Observatorio de la Deuda Social, dependiente de la Universidad Católica Argentina presentó su más reciente investigación en las últimas horas, sobre un tema sobre el que trabaja desde la gran crisis del 2001-2002. Es un relevamiento sobre 5.700 hogares en 25 aglomerados urbanos. En su extenso informe el Observatorio concluye que en la Argentina sobreviven 11 millones de pobres, en tanto los indigentes llegarían a los 2,2 millones. Las cifras impactan: tres de cada diez argentinos camina en la cornisa. Si se toman los datos oficiales que elabora el INDEC el nivel de pobreza sería del 20,4 del total de la población. Pero según propias indagaciones la cifra que el Observatorio maneja es del 28,7 del global de habitantes. Una familia tipo requiere reunir ingresos mensuales por un poco más de $ 5.700 para dejar el universo negro de la pobreza. Es más del doble de los $ 2.026 que calcula como nivel de sobrevivencia el INDEC.

Hubo altibajos en los últimos doce años y el Observatorio lo reconoce. Años mejores que otros. Pero desde 2010 las cosas empeoraron. Es decir: aunque el gobierno afirma que ha crecido el gasto social, que ha mantenido los subsidios, volvieron a crecer la marginalidad laboral, las carencias alimenticias y la llamada pobreza por ingresos. Persiste una matriz económica, social y cultural de desigualdad y eso destruye los ideales acerca de la democracia. El modelo político y económico está fundado en heterogeneidades sociales muy evidentes que, sin duda, motivan violencias de todo tipo.

El Observatorio informa que el año pasado, alrededor de 4 de cada 10 hogares consideraban insuficientes sus ingresos para satisfacer sus necesidades elementales de consumo. Las deudas habitacionales son evidentes. El 11,8% de los hogares urbanos habitan viviendas en situación de tenencia irregular (en su gran mayoría son okupas) y el %12,4 lo hacen en viviendas precarias donde impera el hacinamiento. Algunas cifras más: uno de cada 3 encuestados trabaja en negro y 7 de cada 10 trabajadores no realiza aportes jubilatorios. Estos números llevan a la conclusión que los niveles de confianza en el Gobierno Nacional han disminuido. De allí el bajo nivel de compromiso ciudadano aunque con excepciones: la participación en determinados grupos sociales de ayuda y colaboración cuenta con el mayor porcentaje de población.

Daniel Muchnik, Socio del CPA

El Cronista, (Argentina) 16-7-15

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