Perón y Las Tres A

Sobre el nacimiento de las Tres A no hay una fecha precisa. Tampoco existe un acta en la que se declara fundada esa institución benéfica. Lo que se sabe es que existió, que sus sicarios mataron por lo menos quinientas personas. Cuando el ministro José López Rega cayó en desgracia, las Tres A como tales dejaron de actuar, pero no lo hicieron algunos de sus principales gatilleros, muchos de los cuales pasaron a formar parte de los grupos de tareas de la dictadura militar.

En principio, el terrorismo de Estado -y la ejecución de disidentes- se inició de manera sistemática después del 20 de junio de 1973. Antes hubo secuestros y crímenes, pero recién a partir de la llegada del peronismo al poder esto se transforma en un hábito. Por lo tanto, a partir de la elección de Cámpora en marzo de 1973 -y luego del ajuste de cuentas de la extrema derecha peronista contra los Montoneros en junio de ese año-, el secuestro, la ejecución de activistas políticos y las bombas a locales partidarios se transformaron en algo habitual.

Los protagonistas de estas actividades civilizatorias eran matones sindicales, lúmpenes reclutados en el hampa o reconocidos militantes de organizaciones peronistas de extrema derecha. Ya para entonces el Ministerio de Bienestar Social dirigido por el brujo siniestro se había transformado en una reserva “espiritual”, de cuanto gatillero quisiera matar zurdos, judíos e infiltrados.

Personajes como Osinde, Norma Kennedy, Brito Lima, Giovenco, Yessi, existían antes de las Tres A y a ninguno de ellos les hacía asco matar a los “bolches” que conspiraban contra el gobierno peronista. Armas no les faltaban. En los sótanos del Ministerio, había fusiles, granadas y pistolas como “para hacer dulce”. Las malas lenguas aseguran que el abastecedor de estos elegantes insumos era el embajador Manuel Anchorena, peronista y rosista por la gracia de Dios.

Para que el panorama sea completo, importa destacar que Montoneros, por el lado del peronismo, y el ERP y otras organizaciones armadas, por la ultraizquierda, nunca dejaron las armas y siempre se las ingeniaron para justificar ideológicamente que era necesario continuar la “guerra popular” contra los enemigos del pueblo. Que esa actividad militar la desarrollasen en plena democracia, para la mayoría de estos muchachos era y es apenas un detalle, ya que para ellos mucho más importante que la despreciable democracia burguesa era la dictadura del proletariado, tal como la estaban realizando para esa misma época sus camaradas de Camboya.

En el caso de Montoneros, la situación fue un tanto más compleja porque en algún momento fueron gobierno y subversión al mismo tiempo. A diferencia de los bandas de extrema derecha y del matonaje sindical reclutado en los bajos fondos, los Montoneros se jactaban de contar con militantes convencidos de la bondad de su causa. Ninguna de estas “virtudes” justifica la disposición a matar. Ni la alienación ideológica materializada en la consigna “socialismo nacional y guerra popular” o la convicción de que para fundar una sociedad justa era necesario matar, por lo menos, medio millón de argentinos, una cifra que hasta el militar más carnicero de la dictadura jamás se hubiera atrevido a pronunciar.

Es verdad que en el clima social y político de la época todos estos crímenes se justificaban con muy buenos argumentos. Para 1973 los principales protagonistas de la política oficial reivindicaban la muerte como camino para lograr sus objetivos; algunos lo hacían desde el Estado y otros desde el llano, aunque en el caso que nos ocupa se dio la coincidencia de que las diferentes facciones en algún momento controlaron agencias estatales y las pusieron a su servicio.

Hecha estas consideraciones retornemos a las Tres A, ese aporte maravilloso que el peronismo brindó a la causa nacional. Decía que matar sin remordimientos era una faena que se venía haciendo desde antes de que aparecieran las siglas de las Tres A, pero convengamos que esa lógica de muerte se incentivó desde que esta sigla aparece en el espacio público.

Según los estudiosos, su primera hazaña ocurrió el 21 de noviembre de 1973 y no contra un infiltrado peronista, sino contra uno de los dirigentes radicales más caracterizados de aquellos años: Hipólito Solari Yrigoyen. Como se recordará, los muchachos le pusieron una bomba en su auto estacionado en la cochera de Marcelo T. de Alvear 1276. ¿El pecado de Solari Yrigoyen? Defender presos políticos y haberse opuesto como senador a uno de estos tantos adefesios sindicales que presentan los peronistas bajo el nombre de Ley de Asociaciones Profesionales. ¡Curioso! Las Tres A se constituían para limpiar zurdos e infiltrados, pero la primera bomba fue dirigida a un político radical de impecable trayectoria democrática.

Se dice que con respecto a la “Solución final” pergeñada por los nazis no hay una fecha, un lugar o un decreto que la dé por iniciada. Se presume que esto ocurrió en la conferencia de Wannsee, pero no hay pruebas documentales al respecto. Con la fundación de las Tres A ocurre algo parecido. Se afirma que Perón decidió avalar el terrorismo de Estado cuando los Montoneros mataron a Rucci, algo así como un hijo suyo, según dijeron sus incondicionales, afirmación un tanto audaz porque Perón no tenía hijos ni biológicos ni políticos y si alguna heredera le importaba, ella se llamaba Isabel, pero ése es otro tema.

Furioso por la muerte de Rucci, Perón dio luz verde a sus seguidores para que “den leña”. La reunión que dio nacimiento al monstruo se celebró el 1º de octubre de 1973. Algunos dicen que fue en la propia Casa Rosada; otros aseguran que en la residencia de Olivos. Allí estuvieron todos, desde Perón, pasando por López Rega, Vignes, Llambí y Raúl Lastri, el célebre yerno que nos honró a los argentinos con su presidencia.

Es en esa reunión, donde se decide declarar el estado de guerra contra los infiltrados marxistas del movimiento. En el cónclave también estuvo presente el presidente del Partido Justicialista, el senador José Humberto Martiarena a quien estas iniciativas lo pusieron en un estado de euforia tal que en algún momento mereció un tirón de orejas por parte de su jefe.

Entre otras decisiones tomadas en esta reunión de tiernos tortolitos, fue la de establecer que las medidas de lucha a tomar serán todas las que se consideren eficientes en cada lugar y oportunidad. Dicho con otras palabras: lo que se ordenó fue recurrir a los medios legales e ilegales para cumplir con los objetivos. Lo que no pudiera hacer la policía peronista lo harían los grupos armados, “los somatenes”, como le gustaba decir a Perón en referencia a las bandas de asesinos contratados por Miguel Primo de Rivera en España para liquidar disidentes.

La distribución de tareas entre bandas civiles y uniformadas era clara, pero algunas confusiones a veces se generaban, pues, como se probara en su momento, muchos que trabajaban con uniforme de día, se vestían con ropa de hombres de la calle de noche. Lo demás era conocido: la policía aseguraba territorio liberado y los matones hacían su trabajo.

La aplicación más brutal de este alegre reparto de tareas fue el secuestro y asesinato de Silvio Frondizi en septiembre de 1974, operativo montado en pleno centro de la ciudad y a la hora de mayor presencia de público, como para que todos supieran que los buenos muchachos podían hacer lo que se les diera la gana. Algo parecido ocurrió con el asesinato del dirigente peronista Ortega Peña, asesinado en julio de 1974. En la ocasión, sus amigos fueron a hacer la denuncia a la seccional más cercana y allí se encontraron con el comisario Villar y sus colaboradores festejado la muerte. “El próximo muerto sos vos hijos de puta”, le gritó Muñiz Barreto, millonario y Montonero. La cosa no pasó a mayores porque en ese momento llegaron legisladores peronistas a ofrecer el Congreso para velar al muerto, un monumento al cinismo y la desvergüenza, porque algunos de esos diputados aplaudían calurosamente las hazañas de las Tres A.

Unos meses antes de ser asesinado, Rodolfo Ortega Peña declaró públicamente que el jefe de las Tres A era Juan Domingo Perón. A continuación se dedicó a teorizar sobre su cultura peronista. La pregunta que uno se hace en estos casos es acerca de la capacidad de estos muchachos para convivir con una identidad cuyo máximo dirigente ellos mismos reconocen que los condenó a muerte. Con Miguel Bonasso ocurre algo parecido. Admite la responsabilidad de Perón en la jefatura de las Tres A, pero lo reconoce como el jefe histórico del movimiento. José Pablo Feinmann habla de la cara oscura de Perón, una manera muy elegante, comprensiva y discreta para referirse al responsable de las bandas cuyas órdenes estrictas eran matarlo a él y a sus compañeros.

El fenómeno merece destacarse por su originalidad: no conozco en el mundo una experiencia donde las víctimas adhieran a la causa de quien ha ordenado exterminarlos. Un clásico de la política es la contradicción entre un líder y sus sectores juveniles. Ni Frondizi ni Alfonsín, por ejemplo, se salvaron de ello, pero así como estos políticos jamás les dijeron a sus jóvenes que había que matar en nombre de una sociedad mejor, tampoco se les ocurrió matarlos porque le hicieron demasiado caso.

Por más vueltas y atenuantes que demos, la responsabilidad de Perón en la organización de las Tres A es insoslayable. Ni el biógrafo más concesivo puede eludirla. En todo caso se habla de los rigores de la edad, de la perversa influencia que ejercía López Rega sobre un anciano, e incluso se ha llegado a decir que Perón no sólo no tuvo nada que ver, sino que intentó ponerle límites a la acción criminal de esta organización.

Modifiquemos el punto de vista. En lugar de preguntarnos si Perón fue el jefe de las Tres A, preguntémonos si esa organización hubiera podido existir sin el consentimiento expreso o tácito de Perón. La respuesta es tan obvia que no merece mayores comentarios.

A las declaraciones de Bidegain y su hija sobre un Perón que se refiere a la necesidad de crear “somatenes” para terminar con la infiltración marxista, se suman las declaraciones de Antonio Benítez, entonces ministro de Justicia, acerca de las reuniones en Olivos donde se proyectaban fotos con los rostros y los nombres de los futuros condenados a muerte.

Habría que preguntarse, por último, por qué fueron ascendidos o confirmados en sus cargos de comisarios, personajes como Juan Ramón Morales, Eduardo Almirón o el propio López Rega. De las conversaciones de Perón con el comisario Antonio Villar -que no era peronista, pero era un eficaz represor-hay mucha tela para cortar acerca del compromiso de Perón con la represión legal e ilegal.

Las Tres A como tales fueron algo más que una banda de gatilleros decididos a matar disidentes, opositores internos y a cuanta persona se la considerase zurda, bolche u otras bellezas por el estilo. Reducir a las Tres A a una patota de asesinos es subestimar su acción y liberar de culpa a políticos y sindicalistas peronistas, que avalaron sus acciones y colaboraron desde la legalidad para cumplir con los objetivos del terrorismo de Estado. La labor sincronizada de patotas sindicales, organizaciones de extrema derecha, asesinos del Ministerio de Bienestar Social y publicidad periodística al estilo de El Caudillo está probada con nombres y apellidos. También la articulación entre sicarios y jefes policiales.

No exagera un historiador cuando asegura que el primer operativo político trascendente de las Tres A se realiza en febrero de 1974, cuando el comisario Antonio Domingo Navarro derroca al gobernador Obregón Cano. Se trató lisa y llanamente de un golpe de Estado legitimado sin demasiados rodeos por Perón. La fórmula política de esta maniobra estará representada por el general Raúl Lacabanne, un militar de abiertas simpatías fascistas que luego de 1976 buscará refugio -como no podía ser de otra manera- en el Paraguay de Stroessner. Como para que no quedaran dudas acerca de las intenciones de estos flamantes salvadores de la patria, unos meses después era asesinado en la ciudad de Buenos Aires el vicegobernador Atilio López.

Digamos entonces que las Tres A no fueron la exclusiva inspiración de un brujo psicópata y desequilibrado. En todo caso López Rega fue el dispositivo visible de una estrategia que prefiguró el terrorismo de Estado que luego llevarían a cabo los militares a partir del 24 de marzo de 1976. Es más, el antecedente bárbaro y criminal de las Tres A alentó a los asesinos uniformados a actuar a la altura de quienes de alguna manera fueron sus maestros. La calidad de la represión ilegal en la Argentina – superior a la de Chile, Brasil, Bolivia y Uruguay- puede explicarse a partir del antecedente de las Tres A, que se encargó de marcar el tono de la melodía de muerte que envolverá a nuestro país a partir de 1974.

Desde una perspectiva histórica, habría que decir que las Tres A no fueron un rayo sorpresivo en un cielo despejado. En la Argentina, la existencia de bandas de extrema derecha se remonta a principios del siglo veinte. La Liga Patriótica fue una de sus primeras expresiones. Se trataba de grupos de choques integrados por niños bien, militares y matones a sueldo. Su tarea civilizadora consistía en apalear a obreros, judíos e inmigrantes.

Otro antecedente ilustre fue el de la Legión Cívica, organización paramilitar nacida al calor del golpe del 6 de septiembre de 1930. En este caso la identidad con las experiencias nazi-fascistas de Europa eran evidentes. Los milicianos de la Legión Cívica llegaron a desfilar por las calles céntricas de Buenos Aires y sus enemigos jurados eran los de siempre: comunistas, judíos y masones.

A principios de los años cuarenta se destaca la Alianza Libertadora Nacionalista, fundada por Juan Queraltó. Se trata de una de las organizaciones que de alguna manera anticipan al peronismo, aunque luego sus militantes serán perseguidos por el jefe del movimiento. Como broche de oro de estas idas y venidas, la Alianza Libertadora Nacionalista será la única organización que en septiembre de 1955 se enfrentará con los militares golpistas.

Ya en los años de la denominada resistencia peronista, grupos nacionalistas de derecha pululan confundidos en consignas acerca del retorno de Perón y la lucha por la patria peronista. “Ni yanquis ni marxistas”, será la máxima preferida de líderes juveniles como Brito Lima, Norma Kennedy, Alejandro Giovenco, Julio Yessi o Felipe Romeu. Tacuara será otra de las expresiones de este peronismo de choque anticomunista y antisemita.

Estas organizaciones que nunca dejaron de identificarse con el peronismo, siempre se sintieron atraídas por la acción directa, el empleo de cachiporras, el revoleo de cadenas y el uso de explosivos. Para 1973 estos grupos están en plena actividad y uno de sus objetivos centrales es liquidar a la denominada izquierda peronista y su expresión política más visible: Montoneros. Más allá del debate abierto acerca de identificar a Montoneros con la izquierda, lo cierto es que estas bandas no dudaron en considerar que la llamada juventud maravillosa de la campaña electoral de 1973 no era más que la fachada vistosa de organizaciones marxistas decididas a infiltrarse en el peronismo.

Digamos a modo de síntesis que las Tres A no fueron un fenómeno externo o una rara avis en nuestra complicada historia nacional. A su manera, los muchachos estaban legitimados por ilustres antecesores, de lo que se deduce que un fenómeno de este tipo sólo era posible en la Argentina y en el contexto de la cultura peronista.

Que su líder máximo lo haya alentado no debería sorprender a nadie. Perón en esos años podía conversar con Balbín, reunirse con los jefes del Partido Comunista y exhibir en plenitud su simpatía y su encanto. Ninguna de esas puestas en escena le impedía al mismo tiempo organizar sus “somatenes” y movilizar a verdaderos asesinos seriales para el cumplimiento de sus metas. Es interesante prestar atención a las alteraciones del rostro de Perón en aquella conferencia de prensa cuando la periodista del diario El Mundo, Ana Maria Guzetti le preguntó sobre las bandas parapoliciales que asolaban al país. Allí se terminaron las sonrisas encantadoras, las frases ingeniosas y quedó en evidencia el rostro del déspota. Pocas semanas después la periodista era secuestrada por esas mismas bandas parapoliciales que Perón aseguraba que no existían y se ofendía si alguien decía lo contrario. Esta multiplicidad de rostros del líder del movimiento merece estudiarse en toda su complejidad. De todos modos, reducir a Perón a la realidad macabra de las Tres A sería un exceso de simplificación, pero desconocer su responsabilidad en el terrorismo de Estado sería una imperdonable falsificación histórica.

 

Rogelio Alaniz, Socio del CPA

El Litoral, 18-3-15

 

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