Perder la guerra y ganar la paz

La coyuntura por la que atraviesan las negociaciones con las Farc demuestra que no necesariamente las victorias en la guerra se traducen en victorias políticas.

En un principio era claro que las Farc se sentaban a negociar luego de sufrir una clara derrota militar. Su cerco a Bogotá había fracasado y durante el gobierno de Uribe la situación se había revertido. Ahora la guerrilla era expulsada hasta sus retaguardias más remotas en medio de selvas y poblados inhóspitos. Más aún, el gobierno fue capaz de eliminar a varios de sus máximos dirigentes. La jefatura de la guerrilla ya no podía hacer la guerra desde la inmunidad personal.

Se suponía entonces que haber aceptado un proceso de paz era reconocer que sus opciones militares se habían agotado. Así quisieran impresionar a su tropa con el argumento que luego de semejante ofensiva militar con ayuda del imperio el estado no había podido derrotarlos la verdad era que las Farc habían sido obligadas a negociar. De hecho la única carta que les quedaba era que una guerra de aniquilamiento definitivo de la guerrilla iba a ser demasiado costosa para el estado, al tiempo que con actos terroristas podían hacer la situación invivible para el resto del país.

Por eso, no sorprendió que eventualmente el gobierno de Santos anunciara el proceso de La Habana. Lo sorprendente eran las condiciones del proceso. Dado los antecedentes de las Farc costaba creer que fueran aceptar unos plazos de negociación acotados en meses y la posibilidad de someterse a una justicia transicional acorde a los tiempos de la postguerra fría. Todo sonaba a que Santos iba a recoger los frutos de la derrota de las Farc mediante una rendición negociada.

Muy pronto quedó claro que no había tal rendición y que las Farc iban a sacar provecho de la política. El discurso de las Farc en la apertura de las negociaciones no pudo ser más hostil. Sembró enormes dudas sobre las reglas del juego que se habían pactado durante los acercamientos previos. Las Farc pretendían incluir nuevos temas, lo que no lograron. Sin embargo tuvieron éxito en alargar indefinidamente los plazos acordados en un inicio.

La razón por la que las Farc pueden hacer estas exigencias y obtener en lo político lo que no obtuvieron en la guerra está en la situación política del gobierno. Pararse de la mesa implica para Santos renunciar al único logro histórico de su mandato: haber firmado la paz en Colombia. Aunque ya no en las condiciones de sometimiento planeadas al comienzo de los diálogos, la paz con las Farc no deja de ser un botín político de máximo valor. Sobre todo cuando sus logros en otras materias son bastante opacos.

No resulta extraño ahora que el gobierno sea más receptivo al tema de una Asamblea Constituyente. Necesita una salida de este tipo para que las Farc aceleren la firma de un acuerdo definitivo y para que el uribismo respalde el proceso. Tampoco que se hable de la Doctrina del Margen Nacional de Apreciación para anular al máximo la justicia transicional porque, en palabras de Francisco Barbosa en El Tiempo, si predomina la tesis de unos límites absolutos a las amnistías e indultos “el proceso naufragará y nos enfrentaremos al ridículo de continuar un conflicto estéril por varios años más”.

Ojalá las Farc no abusen de la situación de Santos y estiren la cuerda más allá de lo posible. Sería la peor derrota política de las Farc.

Gustavo Duncan

El País, (Cali). Mayo 8, 2015

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