Para salir de la encerrona, conviene mirar a Brasil

Históricamente el pensamiento económico brasileño osciló entre la ortodoxia y el desarrollismo. Ambos enfoques tenían en común el hecho de que los salarios y la distribución del ingreso quedaban subordinados a los objetivos prioritarios de la políticaeconómica -eficiencia en el primer caso e industrialización en el segundo. En ambos la concentración del ingreso era un resultado inevitable.

María da Conceiçao Tavares, gurú indiscutible del pensamiento heterodoxo y desarrollista en Brasil, ha estado ligada desde sus inicios a la formulación de la estrategia económica de los sucesivos gobiernos de Lula y mantiene su apoyo al PT y su actual gobierno. Sin embargo, hoy su posición ha cambiado radicalmente, según ella misma explica, a la luz de los cambios sociales internos y de la economía globalizada actual.

Esa nueva realidad implica que en Brasil ya no hay espacio para una economía de salarios bajos y tipos de cambio “maxi-depreciados”, ni para la continuidad de políticas excesivamente proteccionistas. También implica que la industria brasileña -salvo en nichos puntuales- no podrá recuperar un espacio de relieve en la economía mundial y deberá orientarse básicamente hacia el consumo interno, aprovechando la ventaja competitiva otorgada por niveles arancelarios razonables, porque es imposible competir con las economías asiáticas en los mercados mundiales.

Un indicador indirecto de la pérdida del liderazgo de la industria manufacturera es lo que ocurre con el destino de los créditos otorgados por el BNDES. Según los últimos datos disponibles, los desembolsos otorgados al sector en los doce meses concluidos en abril de este año apenas alcanzaron el 27,4% del total, la menor participación registrada en la última década como mínimo, siendo ampliamente superados por los desembolsos para infraestructura, que representan en el mismo período 35,5% del total. Incluso el sector de servicios (incluyendo los préstamos a gobiernos estaduales), que se llevó el 28,2%, recibió una porción mayor de la torta que la de la industria.

Este indicador, como muchos otros indicios, sugieren que en el Brasil que hoy va perfilándose, la dinámica de la economía brasileña, como ocurre en el capitalismo maduro en todo el mundo, pasará crecientemente por los servicios de alto valor agregado.

Los otros motores de la economía serán los agronegocios, la extracción de petróleo offshore y la infraestructura.

En ese entorno, no cabe esperar un nuevo “milagro”; los objetivos deben ser el crecimiento sostenible, la mejora progresiva en la distribución de ingresos y la provisión de bienes públicos que implica una fuerte inversión pública.

Las transformaciones que están produciéndose en la estructura productiva de nuestro vecino más importante y el debate que esas transformaciones están suscitando en Brasil pueden contribuir al debate que nos estamos debiendo sobre nuestro propio camino al desarrollo sostenible.

Llevar al centro de la escena pública ese debate, hoy relegado por los fuegos de artificio que el fallo de Griesa y el conflicto con los holdouts han suscitado en la coyuntura, es crucial para el futuro que comienza en 2015.

El hecho de que luego del éxito de la reestructuración de la deuda y los canjes de 2005 y 2010, sumado a más de una década de espectacular bonanza externa, estemos discutiendo una vez más si hemos entrado o no en default es una prueba palmaria de que sólo una estrategia de largo plazo, apoyada por una coalición amplia de actores políticos, empresariales y de la sociedad civil, podrá ayudarnos a superar nuestro incesante ciclo de ilusiones y desencantos.

A mi juicio compartimos con el Brasil actual, e incluso es posible que los experimentemos de manera aún más acentuada, tres de los rasgos que destaca Conceiçao Tavares: la imposibilidad de crecer con salarios reprimidos, tipos de cambio “ maxi-depreciados”, y una economía de espaldas al mundo.

También parece valer para el futuro de la Argentina -adaptado a nuestras especificidades- lo que está sucediendo con la estructura productiva brasileña.

Tenemos sin embargo una diferencia importante con nuestros vecinos: el potencial muy inferior de nuestro mercado interno. Es por esto que una estrategia de desarrollo factible necesita definir cómo sostener nuestra industria manufacturera.

Aunque ésta seguramente dejará de ser la locomotora de nuestra economía, abarca sectores que, en un entorno macroeconómico adecuado, son por cierto viables y constituyen una fuente de empleo e innovación que no debemos perder. Aunque hoy está a la deriva y a nadie parece importarle, un esfuerzo serio para revivir el Mercosur es parte de la respuesta a tal interrogante: replegada dentro de nuestras fronteras y sin un mercado regional con unión aduanera y arancel externo común, la industria argentina -salvo muy contadas excepciones- nunca conseguirá escala suficiente para ser realmente competitiva.

La previsible pérdida de importancia relativa del sector industrial tradicional tendrá por contrapartida una creciente relevancia del complejo agroindustrial, los proyectos de infraestructura, los servicios de alto valor agregado y posiblemente la energía no convencional.

Estas actividades irán progresivamente transformándose en los motores del desarrollo de nuestra economía. La experiencia de países exitosos con dotaciones de recursos semejantes a la nuestra enseña que, con políticas consistentes e instituciones adecuadas, nada impide que un crecimiento basado en esos sectores pueda generar también un desarrollo sostenible y equitativo.

Guillermo Rozenwurcel, Socio del CPA

Clarín, 14-8-14

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