¿Notó usted, Presidente, que se viró la tortilla?

Presidente,

¿Se dio cuenta de que se equivocó al creer que la historia es lineal? Castro, Chávez, Kirchner, Correa, Ortega, Morales… ¿Cuánto dijo usted que esa tendencia política duraría en el continente? En Panamá se demostró –otra vez– que usted piensa con sus deseos.

El planteamiento de Barack Obama puso al suyo en jaque. Lo de–construyó. ¿Qué dijo el presidente de Estados Unidos? Aprender, por supuesto, de la historia, pero no ser prisionero del pasado. Voltear la página de la guerra fría. No perder tiempo agraviando. Mirar el futuro. Crear oportunidades mutuas de progreso económico y competitividad para el país en un mundo globalizado. No ser rehén de ideologías. No usar a Estados Unidos como excusa cómoda ante problemas domésticos. No creerse perfecto. Dejarse criticar pues usted es, al parecer, de los pocos en el mundo que saben diferenciar entre buena y mala prensa…

Más allá de los discursos, la Cumbre de Panamá mostró que el péndulo ya volvió. ¿Lo percibió usted, Presidente? El bloque que pensó que podía prescindir de Montesquieu y redefinir la democracia como el poder del partido único, tiene hoy el sol a las espaldas. No se incluye ahí a Brasil, pero es claro que sus gobiernos cerraron los ojos sobre sus obligaciones democráticas en la región. Aún así, Dilma Rousseff, su presidenta, se deslindó de Nicolás Maduro antes de la Cumbre y censuró, abiertamente, que tenga encarcelados a los dirigentes de la oposición.

Rousseff llegó a Panamá debilitada por los escándalos de corrupción, el desgaste de su partido y su escasa popularidad. Cristina Fernández de Kirchner está de salida, lidiando con capítulos tétricos de corrupción, complicidad con los asesinos de AMIA y la muerte del fiscal Nisman. Cuba, la patria de los nostálgicos del fusil, produjo el evento histórico de la Cumbre por su reencuentro con el imperio… Y el líder de ese imperio, Barack Obama, es más popular que los Castro en la Isla. ¿No le suena esto, Presidente, a que mientras algunos quieren reproducir la dictadura cubana, los propios cubanos están ya de vuelta?

Maduro en Panamá volvió a ser igual así mismo: patético. Preconizó la paz, el acuerdo y la mano tendida con el poderoso Obama. Es decir, todo lo que él despóticamente niega a los conciudadanos de su país. De jefe de Estado se convirtió en recolector de firmas para seguir protegiendo a los corruptos y violadores de Derechos Humanos que Estados Unidos señaló e investiga. Pero los cacerolazos que recibió, a la entrada y a la salida del recinto oficial, auguran que no habrá sitio en el mundo libre donde podrá vivir tranquilo una vez que deje el poder. La soledad de los dictadores no tiene parangón.

Daniel Ortega, Evo Morales y usted, Presidente, persisten en la línea del autoritarismo mesiánico. No tienen, sin embargo, la plata ni el poder para reemplazar a los Castro que, tras 56 años de dictadura, solo aspiran a regularizar la relación con Washington. Tampoco podrán suplir a Venezuela cuya influencia duró mientras tuvo montañas de dólares. Así es el juego del poder mundial. Obama sabe que tras el arreglo con La Habana, perderá espacio la política de usar a Estados Unidos como chivo expiatorio. Y sabe que, quien quiera seguir los pasos de los Castro deberá, como ellos, ser un peón de otro imperio. Un papel tan miserable como inapropiado para almas soberanas.

Se viró, entonces, la tortilla, Presidente. Y usted debió percibir el juego penoso de Maduro en Panamá. Él es representante de un sistema fallido; Obama es el líder del país que vuelve a ser motor de la economía mundial. Maduro deambula en el pasado y cohabita con fantasmas; Obama escruta y estructura el futuro. Maduro habla, habla, habla, habla; Obama mide resultados. Maduro persigue a la oposición y da lecciones de democracia; Obama reconoce errores en su país y practica la democracia respetando diferencias y opiniones contrarias. Maduro lidera un país en ruinas; Obama es el mandatario del país con mayor consumo del mundo. ¿Le contaron, Presidente, que muchos de los que llevó Maduro en su delegación, como representantes supuestos de la sociedad civil, se dedicaron a comprar hasta el papel higiénico que no hay en Venezuela? ¿Quién cree usted que hace soñar a la opinión latinoamericana? ¿Obama o Maduro?

Usted que es tan perceptivo, habrá captado que algunos de los ex presidentes que lo acompañaron en Cartagena, firmaron la Declaración de Panamá por la libertad en Venezuela. Laura Chinchilla, Felipe Calderón y Sebastián Piñera se unieron a otros 22 ex presidentes de derecha e izquierda para exigir la liberación de los prisioneros, elecciones libres y el restablecimiento de la democracia en Venezuela. Inaudito pero cierto: el gran dador de lecciones en el continente, es hoy el gran acusado. Maduro es visto hoy como un presidente sin escrúpulos, corrupto, represivo, ineficiente y coautor de una gran proeza: arruinar a un país que recibió una fortuna durante una década de bonanza petrolera. ¿Sigue siendo para usted, Presidente, el gran ícono de la izquierda?

Maduro se quedó solo y sin espacio de poder real en el continente. Por supuesto no seguirá el consejo de irse y seguirá diciendo, con almacenes y supermercados vacíos y pajaritos que le hablan, que su régimen es sinónimo de futuro. Y como se quedó solo, asumirá el rol que se han reservado los déspotas caídos en desgracia: el de víctima.

La tortilla se viró, Presidente. No vea en esto un juicio de valor, solo el señalamiento de un hecho que ningún aparato de propaganda podrá soslayar. A usted, la historia lo volvió a convidar en Panamá a corregir rumbos, políticas, actitudes y afirmaciones. Quizá pudiera empezar por reconocer que su tendencia no estará 300 años en el poder y que, en la historia, el péndulo sí existe. Usted es un testigo de excepción: lo vio actuando en Panamá.

Con el respeto debido a su alta función,

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, abril 12, 2015.

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