No solo es el robo…

Prevalece la idea de que la corrupción es solo la apropiación de fondos fiscales, el cobro en dinero a ciudadanos dispuestos a pagar por recibir favores, o cuando el encargado de imponer la ley deja pasar una sanción a cambio de una coima. En verdad es más que eso, pues también es corrupción “el mal uso del poder público para conseguir una ventaja ilegítima, generalmente de forma secreta y privada”. Esto significa que son expresiones de la corrupción el abuso de poder, la prepotencia y la violación de la convivencia civilizada, como perseguir a disidentes políticos e impedir que se difundan las opiniones ajenas.

En efecto, no solo es corrupto quien birla plata al Estado. Hay otros modos, quizás más inmorales y más perjudiciales. Es también corrupto el que burla la ley en desmedro de una persona o de una comunidad para obtener beneficios políticos; el que persigue –o  manda perseguir– a ciudadanos que no se han plegado a un gobierno; el que perjudica a quienes se atreven a ser abiertamente disidentes; el que reparte cargos públicos, por dudosos méritos partidarios, sin exigir idoneidad, así como el oficialista que atropella y que, si hay protesta por el abuso,  amenaza: “No sabes con  quién te metes”.

No debe haber muchas personas que estén abiertamente en favor de dejar que estos corruptos sigan impunes. Pero son pocos los que se animan a señalarlos y menos a denunciarlos. Incluso, en algunos casos, se dice: “roba pero hace”, en un alarde de cinismo compartido. Son igualmente corruptos los que reciben coimas y los que las dan y las justifican porque los encargados de hacer cumplir las leyes y reglamentos tienen sueldos bajos.

Es cierto que la corrupción ya es alarmante en la mayoría de los países de nuestra región. Causan sensación las denuncias de corrupción en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Perú, Panamá, Guatemala, etc., y lo peor: se extiende en el mundo, como sucede con el reciente escándalo de la FIFA. Pero no podemos caer en eso de “mal de muchos, consuelo de tontos”.

También es cierto es que no habrá progreso mientras se vea como natural y moral el abuso en el gozo del poder. Tampoco se asegura un futuro honorable si se acepta como justo usar la mentira para tapar tropelías, o acatar mansamente el escamoteo de votos.

Para superar este estado de espíritu se requiere, entre otras medidas, elevar los niveles de educación, la que enriquece valores, como la honestidad en el llano o en el poder. Mejorar la educación, es forjar una sociedad honrada, sana y solidaria.

Marcelo Ostria Trigo
El Deber, (Bolivia). Junio 3, 2015

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