Mujica, relato y realidad

MONTEVIDEO.- Con cada denuncia de un complot para derrocarlo, Nicolás Maduro endurece su régimen dictatorial para consolidar su poder y disimular el fracaso estruendoso del modelo “revolucionario” chavista. Con sus denuncias, construye su relato.

Cristina Fernández sostiene que su gobierno generó un “modelo”, un “proyecto” basado en los supuestos logros que describe en sus discursos como si fueran reales. También ella teje su relato.

Lo cierto es que ni el relato venezolano ni el argentino tienen contacto con la realidad. Funcionan en una dimensión desconocida, un universo paralelo al sistema solar. Nada es verificable pues todo se basa en la más pura ficción. Pero seduce, y mucha gente lo compra por bueno.

Se ha corrido la voz de que en Uruguay las cosas son distintas. La sobria y austera aunque significativa ceremonia de trasmisión del mando, en que Tabaré Vázquez juró ante la Asamblea General como nuevo presidente y luego recibió la banda presidencial de su antecesor, José Mujica, mostraría cómo funcionan algunas cosas.

Por su personalidad, su forma de vivir, su modo de hablar y su estilo, Mujica emergió como un modelo ideal de presidente en gran parte del mundo, más por contraste con sus pares que por mérito propio. Es lógico que esa inmensa popularidad esté algo atenuada en Uruguay. Allí la gente lo vio gobernar en el día a día. Sin embargo, Mujica llevó al extremo un estilo que es propio de Uruguay, no exclusivo suyo. Es verdad que ninguno de los otros presidentes vivió su período de gobierno en una modesta chacra en las afueras de Montevideo, ni tuvo un perro de tres patas, ni recibió a la prensa subido en un tractor (como si hubiera estado arando todo el día) ni vistió con tanto desaliño. Pero por definición un presidente uruguayo debe mostrar austeridad (sea o no rico), moverse con la mínima custodia posible y aparecerse en lugares públicos a comer, comprar libros o charlar. En eso, Mujica no inventó nada. En todo caso potenció algo que ya existía. Y lo convirtió en su propio relato. Uno menos agresivo y crispado que el de sus vecinos, pero relato de todos modos.

Al día siguiente de dejar la presidencia, Mujica fue hasta la terminal de Montevideo para tomarse un bus de línea a una lejana ciudad del interior. Hizo algo que hacen los ciudadanos de a pie. Acompañado de su mujer, presentó su boleto y viajó como cualquier buen vecino. Ahora bien, si lo hecho era algo común y normal, ¿qué hacía toda esa prensa aguardando para registrar el momento en que abordaba el coche. ¿Acaso la gente común avisa a la prensa cada vez que viaja por trabajo o para visitar familiares?

Los periodistas quizás hayan creído que tenían una buena nota de color. En realidad hacían de publicistas a impulsos de lo que pergeniaban los asesores, o el propio Mujica con su creativa picardía, para administrar su imagen con criterios de marketing.

No es que Mujica no sea auténtico. Lo es. Pero sabe que por ser así obtiene rédito político y transformó una genuina forma de ser en un relato que trascendió fronteras.

Mujica no fue gran presidente, pese a ser muy querido por sus seguidores y apreciado hasta por sus más severos críticos. Tampoco fue un fiasco. Navegó con astucia los tiempos de bonanza sin cometer errores catastróficos como los de Maduro y Cristina Kirchner, que los llevó a inventarse una crisis en el mejor de los tiempos.

Aprobó, sí, tres leyes “socio-morales”: la que despenaliza el aborto, la que permite a gente del mismo sexo casarse y la que regula la producción, distribución y consumo de marihuana, una ley tan complicada de instrumentar que todavía no se aplica.

Pero no cumplió lo que prometió cuando asumió. No hubo transformaciones estructurales, aprovechando la buena época, que permitieran a Uruguay convertirse al fin en un país desarrollado. No logró sacar a la educación de su estancado deterioro. No pudo impulsar una mejora en la infraestructura vial y ferroviaria para alentar el tan pregonado Uruguay productivo. Todo quedó igual.

Aplicó sí necesarias políticas sociales que, aunque sus expertos lo niegan, fueron de tipo asistencialista. Ayudaron, pero no sirvieron para que mucha gente saliera definitivamente de su situación de pobreza. Es que Mujica no cree en la movilidad social ni en la superación personal. Prefiere esa subsidiada “cultura de la pobreza”.

La popularidad planetaria de Mujica coincide con un tiempo de variados gobiernos corruptos. Por eso en España, Brasil, la Argentina y otros lugares lo adoran. Alguien que no necesita nada y se mueve en su Fusca (aunque no lo usaba cuando estaba en funciones, si bien el auto oficial era de todos modos modesto).

Entendió entonces que si asumía una retórica moderadamente cuestionadora del capitalismo en crisis y ecologista, seduciría a los grupos de “indignados” o similares en todo el mundo. Dos discursos, uno pronunciado en Río de Janeiro y otro ante la asamblea de la ONU, desplegaron su seducción, pese a que sus críticos creen que ambos fueron un catálogo de lugares comunes.

A diferencia de Cristina y Maduro, su relato fue amable y careció de crispación. Por eso también aspiró a un Nobel de la Paz que le ha sido esquivo.

Mujica es muy querido, aún por sus adversarios. Quizás ese estilo personal, quizás el hecho de haber pasado a ser presidente bajo la misma constitución que quizo derrocar como guerrillero en su juventud, le den un lugar en la historia de Uruguay. No será por sus logros. Y no sería sano que se lo diese ese relato, tan bien construído, pero de pura ficción.

 

Por Tomás Linn

La Nación, Argentina. Marzo 23, 2015

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