Mal-estar democrático

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El falso profeta se erige en expresión del malestar y denunciante de todos los males

Tenemos años de vivir con el malestar político: descontento con los partidos; cólera ante promesas incumplidas, incapacidad del personal político para inscribir en la agenda pública las inquietudes ciudadanas; ausencia de vías institucionales para la canalización del descontento contra los partidos; insatisfacción con las políticas públicas, particularmente en el campo de la seguridad; pérdida de confianza en la clase política y en las instituciones, inclusive hacia la reglas democráticas.

Se piensa que esta situación es exclusivamente costarricense, pero lo cierto es que el descontento se extiende por el planeta. En América Latina ha llevado al surgimiento de populismos de izquierda estilo ALBA o de derecha como Fujimori. En Europa ha cristalizado en populismos como el de Berlusconi o recientemente en Finlandia con el partido de los verdaderos finlandeses, sin olvidar el fenómeno de la familia Le Pen en Francia.

Si el personal político no sirve, si las instituciones de la representación tampoco, solo queda el llamado al pueblo, al soberano, como gusta de decir Chávez, para que gobierne directamente. Desde luego, las versiones del pueblo son variadas, pasando por las masas indígenas desposeídas, los franceses originales o los cristianos europeos amenazados por el islamismo inmigrante.

El enemigo común son las élites gobernantes, incapaces de resolver los problemas del desgobierno, de la pobreza, de la mestización de las sociedades o de la seguridad.

Demagogia. Ante la incertidumbre democrática, surgen los Mesías increpadores y salvadores. Ante la debilidad de las políticas públicas aparece la falsa fortaleza del demagogo mediático. El falso profeta se erige en expresión del malestar y en denunciante de todos los males; ante la incredulidad pública, ofrece la nueva fe y dice encarnar al pueblo olvidado, al que continuamente recuerda sus males y agravios. En este proceso, asume la identidad popular, desencantada con la realidad política que las élites reproducen.

El malestar es consustancial con la democracia; la insatisfacción con diversos aspectos del sistema es una constante. El descontento no constituye un problema en sí; la democracia es un camino para resolver los conflictos sin recurrir a la violencia.

Democracia son querellas continuas que pueden versar sobre políticas públicas, valores, derechos, el papel del Estado o de las instituciones.

El descontento se constituye en problema cuando alcanza cierta intensidad, adquiere cierta naturaleza y se expresa en cierto tipo de manifestaciones. El desacuerdo con políticas específicas es normal, es parte de la cotidianidad democrática, pero cuando el descuerdo desemboca en hostilidad con las instituciones, con los valores constitucionales democráticos, entonces anuncia futuros autoritarios. El autoritarismo lo construyen personajes providenciales que ofrecen el castigo y la salvación al mismo tiempo, dándole el gozo de la revancha y alguna esperanza a las masas enardecidas por el fracaso de las élites.

Estos personajes que son vistos al principio como chiflados, pueden encaramarse en la mesa de una cervecería en Múnich e inflamar a la audiencia con discursos encendidos y ojos hipnóticos, recordándole las humillaciones pasadas y ofreciéndole un Reich que dure mil años. Recientemente, hemos visto en Noruega un delirante reivindicando la identidad cristiano-europea, supuestamente amenazada por el socialismo multicultural y por la inmigración islámica.

Ambos personajes partieron del malestar y ambos llegaron a la barbarie del mal absoluto.

En América Latina un coronel desteñido, agrandado por un golpe de Estado fallido y por los errores del duopolio político, ha movilizado exitosamente a las masas contra los escuálidos blancos, contra el imperio y por el socialismo del siglo XXI, en momentos en que este último se derrumbaba en sus ciudades fortificadas.

En nuestro país, la pulsión antipolítica, vestida de moralina y ayudada por los escándalos de corrupción política, se dirigió exitosamente contra el bipartidismo, provocando la descomposición del sistema de partidos y creando la incertidumbre creciente que ha traído un multipartidismo centrífugo.

La incertidumbre se desarrolla también frente al crecimiento de la inseguridad, objetiva y subjetiva. Este problema, fruto de los cambios sociales y culturales y de nuestra delicada ubicación en la geopolítica del narcotráfico, provoca malestar profundo con el personal político, incapaz de resolverlo inmediatamente, mientras la población es bombardeada continuamente por la nota roja que amplifica la magnitud del problema.

En vez de hablar con la verdad, diciéndole a la ciudadanía que el problema no se va a resolver pronto, los políticos insisten en dar la sensación de que tienen la solución en las manos, llámese esta mano dura, mano firme, aumento de penas, encarcelamiento o Polsepaz.

En cien días no se resuelven las cosas, más bien se complican si el desfase entre promesas y resultados difíciles se acentúa. En este contexto de desilusión, marcado día con día por la mediatización exagerada de ajustes de cuentas, crímenes pasionales, decomisos de droga, violencia doméstica y asaltos, surgen las aves carroñeras que tratan de capitalizar el legítimo malestar ciudadano.

Populismo punitivo. El autoritarismo penal, anclado en el populismo punitivo, es una corriente social que trata de buscar expresión política, como lo vimos en las pasadas elecciones. La base social para su desarrollo está dada por las condiciones objetivas antes vistas, por el alto perfil mediático y por la casi parálisis de la clase política frente a un problema sin solución inmediata. El territorio para quienes quieren explotar políticamente este tema está libre en el área mediática tradicional y en el ciberespacio.

Los delirios de venganza en nombre de las víctimas y la promesa de amaneceres seguros, no vendrán esta vez desde tribunas cerveceras, sino de la imagen encolerizada en el telenoticiero o de la irresponsabilidad del anonimato en Internet, empeñadas en demoler los derechos constitucionales bajo el espejismo de la eficacia del autoritarismo penal.

Tenemos que estar alertas para resolver este serio problema en democracia, con debate, divergencias y diferencias, pero en el marco de las reglas democráticas y de la Constitución, alejados de la tentación del populismo punitivo que en nombre del pueblo y de la victimolatría destruye siempre la democracia y las libertades.

POR CONSTANTINO URCUYO

La Nación, Costa Rica, 19 de agosto de 2011.

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