Los ególatras también se suicidan

Aquellos que no habían entendido por qué el correísmo puso tanto ahínco para promulgar la Ley contra la prensa, pues ya tienen una respuesta. Muchos creyeron que era para perseguir periodistas y, por eso, se desentendieron del asunto. El fin no era ese: era desaparecer la realidad-real. Era poder fabricar ellos mismos la realidad. A su acomodo. Ahora, claro, para lograrlo tienen que perseguir periodistas y acabar con las empresas de medios independientes.

El correísmo no solo llegó al poder con el complejo de Adán: también quiso hacer realidad la metáfora del creador. Nombrar el mundo y, en su caso, hacer que los hechos calcen con los discursos. Uno de los últimos ejemplos es el parte policial que dio cuenta de la detención de Manuela Picq. Si no hubiera habido un video de diario El Comercio, pues la realidad-real hubiera sido lo que se lee en ese papel: una señora extranjera, sin visa, atacada por gamberros y socorrida por las fuerzas del orden. Y muy agradecida por ello.

Las movilizaciones y los enfrentamientos con policías y militares muestran (para aquellos que nunca entendieron para qué se hizo la Ley contra la prensa) lo que significa esta inmensa maquinaria dedicada a fabricar la verdad oficial. Hay que ver en diarios y canales del gobierno cómo se presentan las noticias. Policías heridos, carreteras cerradas, pérdidas ocasionadas, puñados de manifestantes haciendo gala de una violencia inusitada, como dice el Presidente: eso. Solo eso.

Si se habla del otro lado es para desprestigiar la protesta, envilecer a los líderes y trastocar los hechos, cuando no para inventarlos. Si la realidad-real dependiera de los asalariados del gobierno, el relato de lo que está ocurriendo en el país cabría en esta sinopsis:

En Ecuador protestan cuatro pelagatos. Las manifestaciones más masivas (incluyendo las del 1 de mayo y el 13 de agosto) apenas reunieron 5 mil personas. El gobierno, en cambio, tiene uno de los mayores niveles de popularidad del universo. No se sabe por qué esta gente protesta, pero es evidente que son manipulados por la extrema derecha y unos dirigentes –corrección– unos indios fracasados.

Ellos los han traído marchando –en realidad en buses– desde Morona Santiago para servir de carne de cañón a los golpistas de siempre. Porque un golpe de Estado está en curso. De hecho, José Serrano, asistido por inteligencia del Estado, ya había evitado un golpe al conocer, con antelación, los pasos que iban a seguir los golpistas quiteños de clase media. Gente muy peligrosa según dijo nuestro brillante canciller encargado, Javier Lasso.

Los indios mueven sus bases para destruir las carreteras que ha dado al país la revolución ciudadana. Su violencia ha tenido legítimamente preocupado al presidente Correa. Son gente muy peligrosa que ya ha dejado centenares de policías heridos. Están buscando desesperadamente que haya muertos. ¿Quién puede, en su sano juicio, dialogar con gente así?

Eso no es propaganda: es el relato de la única verdad que administra el correísmo. Un relato que construye entre la ficción y el deseo para que sus prácticas calcen con los grandes principios que dice defender. Por ejemplo: la policía no reprime: protege los derechos humanos. Por ejemplo: este gobierno no es sordo; ahí está Pabel Muñoz y las 9 000 personas que han ido a sus sesiones de diálogo. Ahora deben ser un tris más.

Los escépticos, por conveniencia o por miopía, creían que esta disputa del relato (realidad-real versus realidad-mitómana) era un problema entre el poder y un puñado de periodistas. Ahora el correísmo parió pruebas irrefutables del abismo que hay entre lo que ocurre realmente y la información oficial. El parte policial en el caso de Manuela Picq es emblemático. La señora extranjera es la pareja de Carlos Pérez Guartambel. Sí tenía visa, pero se la acababan de quitar. No fue atacada por gamberros sino por un pelotón de policías. No fue socorrida por las fuerzas del orden sino detenida, sin motivo alguno. En cuanto al agradecimiento, lo que ella dijo fue debidamente editado de un video en el cual decía otras verdades.

La verdad oficial es, entonces, un vil montaje propio de mitómanos. Ese relato está en las sabatinas, los medios gubernamentales, la propaganda, los trolls, las versiones de los embajadores fuera del país… Tiempo atrás el problema radicaba en que la dicotomía entre realidad-real y verdad oficial era menos visible para la ciudadanía. Se creyó que concernía solamente a los periodistas porque, claro, es gente que coteja hechos y no traga discursos oficiales. Por eso se convirtieron en los blancos del correísmo. Ahora la mentira oficial es visible y muchos la han constatado en la calle o comparando fotos en sus celulares con los discursos oficiales.

El problema cambia. El relato –mentiroso y cínico– ya no es sostenible como ocurre por ejemplo, en Cuba. En el libro Cuba Libre de la bloguera Yoani Sánchez, hay piezas maravillosas que muestran cómo opera ese sistema capaz de convertir espejismos en realidades. O vice-versa.

Aquí el problema concierne un poco menos la opinión pública y un poco más esa masa de correístas que se han vuelto rehenes de la realidad-mitómana creada por el gobierno. Los contradictores del poder nunca han sido los periodistas: han sido los hechos. Ahora cualquier ciudadano lo puede corroborar.

Se entiende, en esa perspectiva, el terrible estropicio que se hizo el correísmo con la Ley mordaza. Le creó la ilusión de poder trastocar los hechos a su antojo. Pero ahora, con la vocación represiva desbocada, el correísmo desnuda su miseria moral y política. Mientras más mienta, más erosionará su capital de credibilidad y de legitimidad. En este punto, hay que dejarse seducir por el cuento de García Márquez: sentarse en el andén a esperar que pasen los despojos de esta empresa insensata que consiste en negar lo que todos ven. ¿De qué le sirve, por ejemplo, negar la violencia policíaca en las comunidades campesinas e indígenas? ¿De qué le sirve afirmar que nada pasa en el país? ¿De qué le sirve creer que con represión y sordera bajarán las aguas en el país?

Hoy el correísmo, como cualquier gobierno sensato, requeriría de buen periodismo. De ciudadanos acostumbrados a cotejar los hechos en su integralidad, para suministrar información a aquellos que deben procesar la realidad. No inventársela.

El Presidente es rehén de lo que creó: está encerrado en el laberinto que crean sus propias mentiras. Y el ejército de periodistas oficiales, que dicen y escriben lo que él quiere oír y leer, le pueden seguir sobando el ego. Posiblemente él no sabe que los ególatras también se suicidan.

logofundamedios

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, agosto 22, 2015

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