Lo que está en juego es la República

En marzo de 1924, el “delito Matteotti” conmovió a Italia. Giacomo Matteotti, jefe de la bancada socialista en el Parlamento, cuestionó duramente las recientes elecciones, que habían dado mayoría parlamentaria a Mussolini. Habló de las bandas de squadristi, el manganello -un garrote- y el aceite de ricino con los que intimidaban a los candidatos y alejaban a los opositores. También de robos de los documentos, empadronamiento de muertos, urnas vaciadas. En suma, de todo lo que legitimaba a Mussolini con un 65% de los votos.

En el Parlamento, los fascistas e incluso Mussolini lo interrumpían e insultaban. Fue golpeado por la ceka, la escuadra de elite. El periódico fascista Il Popolo le advirtió que si no se callaba, lo pasaría mal. Pero siguió adelante, acumulando pruebas sobre las tropelías del gobierno de Mussolini. El expediente sería enviado a Inglaterra y Bélgica, donde había gente lista para traducirlo y difundirlo. Afirmó que, pese a las amenazadas sobre su vida, tenía el deber de hacer saber al mundo que el fascismo existía sólo por el terrorismo y la corrupción.

No llegó a hacerlo. El 10 de marzo de 1924 desapareció. Los fascistas dijeron que se había escondido en el extranjero, pero días después su cadáver fue encontrado enterrado en un descampado. La conmoción fue tan grande que la justicia pudo hacer una investigación completa, y dos conocidos squadristi fueros condenados. Sin embargo, Mussolini no fue interrogado y en los cien tomos del expediente casi no se lo menciona. Il Duce sobrevivió a la tormenta y siguió adelante, hasta 1943.

El historiador tiene en el pasado el mejor manual para practicar su oficio, y a la vez el más peligroso, si se deja atrapar por la tontería de que la historia se repite. Nunca es así. Para él, cada episodio tiene circunstancias específicas, irreductibles a las generalizaciones que, en cambio, son comunes en la ciencia política. Pero su singularidad no podría ser entendida si no se la compara con otros casos, cercanos o lejanos, en parte para entender los mecanismos de la vida histórica, pero, sobre todo, para impulsar las preguntas que impulsan la investigación. José Luis Romero estudió las luchas políticas en Roma desde los Gracos hasta Julio César. Las ideas sobre la relación entre los conflictos sociales y políticos, las luchas de facciones o la confrontación entre instituciones y liderazgo personal lo ayudaron a construir una explicación sólida sobre el surgimiento del peronismo. Pero nunca confundió el mundo romano del siglo I a.C. con la sociedad argentina del siglo XX, cuyas claves él mismo había ayudado a comprender.

La experiencia del fascismo ha sido manoseada y manipulada, y el epíteto “fascista” se aplica imprecisamente a diestro y siniestro. Pero incluye procesos y formas de comportamiento que motivan preguntas hoy relevantes. ¿Cómo un gobierno que llega al poder por vías legales desarrolla los instrumentos para convertirse en una dictadura y transformar el Estado constitucional en otro totalitario? Lo hizo Mussolini entre 1922 y 1925, y también Hitler en la llamada “revolución silenciosa” entre 1933 y 1934. Son casos excepcionales y distantes, pero sus mecanismos nos ayudan a pensar.

La “democracia” incluye formas y tipos diferentes. Una distinción útil separa a las democracias republicanas liberales y las democracias autoritarias de líder. En la Argentina, en 1983 se construyó una democracia republicana, que desde 1989 se fue deslizando a la segunda variante. Es un tránsito posible, pues ambas formas son como dos carriles de una autopista; se puede pasar de uno a otro gradualmente, y también se puede retornar al primero, que es lo que muchos esperamos que ocurra.

Pero en la autopista hay también una bifurcación, con la que se cambia de destino. Así se puede pasar de la democracia a un gobierno dictatorial, que comienza a dar forma a un nuevo tipo de Estado, lejano de sus fundamentos republicanos. Para quien circula por la autopista, se trata de un pequeño giro en el volante; no se necesita un golpe de Estado ni un gran manifiesto para tomar el desvío. Esto queda para los outsiders, como Lenin. Para quien ha llegado al gobierno por la vía constitucional -como Mussolini y Hitler-, se puede ir paso a paso: obtener facultades extraordinarias, extremar la interpretación de leyes, dictar otras nuevas, usar un poco de violencia paraestatal, domesticar a la Justicia, intimidar a los opositores, monopolizar la voz pública. Un día, el Estado Nuevo está construido, con su Duce o su Führer. Y empieza una historia nueva.

Algunas de estas circunstancias sirven para inquirir sobre el reciente derrotero del régimen kirchnerista. No tanto a lo ocurrido en vida de Néstor Kirchner, sino a lo sucedido luego de su muerte. No sólo sus capacidades políticas eran diferentes de las de Cristina Kirchner. Su muerte suprimió la posibilidad de la alternancia indefinida en la sucesión. En 2011, la frase “vamos por todo” adquirió un nuevo sentido. La continuidad sólo era posible con Cristina, pues los líderes peronistas no tienen fieles herederos, sino seguros traidores. Con un 54% de los votos podía aspirarse a una conquista de todo el poder del Estado. Lo que le basta a un gobierno autoritario es insuficiente para quien aspira a la totalidad del poder. Cada una de las leyes encierra una cláusula que contribuye a la construcción del poder excepcional. En el mismo sentido puede entenderse el ataque al periodismo independiente y más recientemente a la Justicia. En los mismos términos puede analizarse la exaltación de un liderazgo presidencial, a un nivel que Néstor Kirchner sólo alcanzó después de su muerte.

Aunque este intento viene acumulando fracaso tras fracaso, esto no ha hecho mella en el empeño por llevarlo adelante. A medida que se acercan las elecciones de octubre se combina con otro intento, igualmente radical, de conservar porciones de poder que permitan, al menos, proteger a sus principales dirigentes. En la cúpula del poder, se mantiene el obstinado propósito de luchar hasta el final, pese al acoso de algunos periodistas, jueces y fiscales. Ése es el contexto del caso Nisman, su todavía confusa muerte y su clarísima denuncia, que en sí misma constituye un golpe de nocaut.

Esta dura obstinación en un momento comenzó a chocar con la resistencia de una sociedad civil hasta entonces adormecida. La parte opositora de la sociedad creció, ganó adeptos y avanzó gradualmente, tanteando el terreno y creando el ambiente que hoy respalda al periodismo de investigación y anima a los jueces. Los grandes medios y la Justicia son, en sentido lato, grupos corporativos, en una sociedad donde los hay de todo tipo. Pero como señaló a mediados del siglo XIX Tocqueville, la prensa, los jueces y las asociaciones de la sociedad civil suelen ser las torres capaces de frenar los intentos autoritarios de los gobiernos.

Las líneas de defensa de la institucionalidad republicana están tendidas, pero el combate no ha terminado. El “caso Nisman” evoca, por su magnitud y sus posibles implicaciones, al “delito Matteotti”. En su momento, pudo ser el punto de inflexión del fascismo. Mussolini dijo “si salimos de esto, todos sobreviviremos; de otro modo, todos juntos nos hundiremos”. Pero el “delito Matteotti” no se esclareció hasta 1946, y Mussolini se mantuvo en el poder hasta que en 1943 la invasión estadounidense acabó con él.

Quizás hoy estemos en uno de esos momentos de inflexión. La resolución depende también de nosotros. En parte, de que se puedan aclarar las circunstancias de la muerte de Nisman. Pero sobre todo dependerá de que se lleve adelante la investigación sobre su denuncia. No se trata sólo de encontrar a los culpables -podría ocurrir que la denuncia no se sostenga-, sino de que el resultado convenza a la sociedad de que la Justicia funciona y de que vivimos aún en un Estado de Derecho. Lo que se está jugando no es simplemente una sucesión presidencial, sino la posibilidad de que la Argentina pueda volver a ser una República.

 

Luis Alberto Romero, Socio del CPA

La Nación, 22-1-15

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