La política exterior en tiempos muy críticos

Al acercarse el día de cambio de gobierno, empieza a trascender la forma en que Tabaré Vázquez encarará los próximos cinco años. Muchas son las señales emitidas y algunas de ellas se refieren a la futura política exterior. Todo indica que allí habrá cambios, en apariencia, para mejor.

Por un lado estarán las posturas que tomará la cancillería cuando asuma Rodolfo Nin Novoa. Pero esa política también deberá diseñarse a partir de los mensajes que vienen de afuera y que no serán leídos de la misma manera por los que saben, en la cancillería, que por los que quieren que las cosas sean de una manera, en el escenario político, aun sabiendo que no son así.
En el periodo que termina, la política exterior se alejó mucho del cauce tradicional y marcó simpatías y corrimientos en áreas que hoy plantean dudas y hasta temores.

En lo regional, Uruguay se dejó llevar por una correntada “populista autoritaria” y mostró simpatía a países regidos por gobernantes electos pero que dejaron de ser democracias. El autoritarismo y el temor que infunden es tal, que es válido preguntarse si sus triunfos electorales son lícitos. No solo en el sentido de que haya o no fraude, sino por las presiones, amedrentamientos y censuras que aplican estos gobiernos. Los casos de Ecuador y Venezuela son claros. Y tras la misteriosa muerte de un fiscal en Argentina, queda en evidencia que allí las formas convencionales de hacer política valen poco: la vida misma es una moneda de cambio.

Al tema regional se suma el global y Uruguay ha tomado decisiones que lo acercan a otros conflictos. Tuvo una visión de mayor simpatía a los palestinos cuando el enfrentamiento con Israel. Sin duda fue un choque despiadado, en que las respuestas de Israel a los ataques desde Gaza fueron implacables. Pero fueron respuestas, no iniciativas, y el agresor actuó a sabiendas de que cada ofensiva suya exponía en forma deliberada a su propia población civil.

Ese conflicto se suma a otros que ocurren de modo simultáneo por el mundo islámico, donde diferentes grupos radicales quieren dominar esa región, someter a los países más moderados, para luego amenazar a occidente. Y si bien cada lío se circunscribe a una zona de ese vasto oriente islámico, la suma apunta a lo mismo. Uruguay debe estar preparado para lo que se viene y tener posturas claras.

La imposición de una visión política cruel y teocrática, inspirada en un islamismo fundamentalista, pone en peligro a los países que valoran su democracia, el respeto a los derechos individuales, incluyendo los de sus minorías, humanos, un concepto asentado en el derecho y la justicia y una manera clara y consistente de entender la libertad.

En ninguno de los países donde rige el Islam, esta concepción predomina. Los habrá más moderados, pero no es lo más frecuente, y mientras tanto se extiende una política del terror que reclama respeto a sus tradiciones pero busca eliminar las de los otros.

Uruguay, que el año pasado trajo como refugiados a varias familias víctimas de la guerra civil en Siria, que aceptó recibir a gente que estuvo presa en Guantánamo y que mantuvo una posición ambigua en el último conflicto entre Israel y Gaza, debe estar preparado y tener claro con cuál bando podrá eventualmente estar. Y más ante una América Latina integrada por países que eligieron acercarse a Irán, un reaccionario régimen teocrático. El confuso y no demasiado bien explicado episodio reciente con Irán, puesto al descubierto por un diario israelí, muestra los titubeos uruguayos: según el gobierno pudo ser casualidad que hubiera un misterioso maletín cerca de las oficinas de la Embajada israelí por donde también había andado un funcionario iraní.

Sin embargo dijo que no permitirá más casualidades. La afirmación es extraña. Las casualidades ocurren sin que nadie las controle. Por eso son casualidades. Las cosas que se impiden, controlan o no se permiten son deliberadas.

El otro gran desafío es qué hacer con América Latina. Días pasados se celebró en Montevideo una cumbre de cancilleres de la Unasur, un seudo organismo regional que funciona como un club de presidentes, amigos entre ellos, que se cuidan las espaldas.

De hecho solo hubo cuatro cancilleres y uno de ellos, el uruguayo, casi no participó. Los otros vinieron de Venezuela, Ecuador y Brasil. El objetivo era apoyar a Venezuela contra las agresiones norteamericanas e interceder para frenar los planes golpistas de Estados Unidos para derrocar al presidente Nicolás Maduro.

Ya van varios golpes pergeniados por Estados Unidos y denunciados por el régimen chavista. Sin embargo Estados Unidos no está atento a lo que ocurre en Venezuela: sus prioridades son otras. Es la percepción ombliguista de Maduro que le hace creer, o quiere hacer creer, que desde afuera conspiran para derrocarlo y ese cuento le sirve para distraer la atención respecto a sus verdaderos problemas, todos ellos iniciados en tiempos de Hugo Chávez y agravados ahora.

También se cuestiona las sanciones norteamericanas, que ni son un bloqueo naval ni un embargo total. Estados Unidos tan solo canceló visas y congeló activos a un grupo reducido de funcionarios venezolanos por estar involcurados en la cruel represión a los estudiantes y en violaciones de derechos. En un país que controla la compra y venta de dólares y pone límites a cuánto se puede sacar, debería ser difícil imaginar que los funcionarios tengan dinero en cuentas bancarias norteamericanas, dado su respeto a las normas que ellos mismos dictan. Pero en Venezuela, claro, todo es posible. De todos modos, si es la congelación lo que les duele, deberían tener el pudor de callarse. Y si es la cancelación de visas lo que les molestó, deberían recordar que siendo Estados Unidos el demonio sobre el cual hay que echar azufre, el instigador de conspiraciones sin fin, ¿para qué quieren ir allí?

Sin embargo, nuestros gobernantes aceptan las historietas que Maduro teje día a día. El ministro Luis Almagro lo fundamenta con cuidado: “la democracia en Venezuela es un elemento fundamental de estabilidad en la región”. No es cierto.

En primer lugar porque no hay democracia en Venezuela, y eso lo sabe hasta el propio Almagro. Y en segundo lugar la inestabilidad que provoca Venezuela es justamente por no ser una democracia.

¿Le preocupa más a Uruguay los golpes que inventa Maduro, que la violenta represión contra manifestantes estudiantiles que dejó un tendal de muertos? ¿Le importa más las conspiraciones creadas por su mente febril y no que Venezuela acose a los dirigentes opositores y a uno de ellos lo tenga preso en sus mazmorras desde hace un año exacto, ayer? Sobre eso, ¿nada dice el canciller? La democracia uruguaya que defiende los derechos humanos, ¿guarda silencio?

Un cambio de rumbo en estos temas, no solo implicará poner las cosas en su lugar sino también devolverle a Uruguay su propio sentido de dignidad.

Por Tomás Linn

AÑO 2015 Nº 1804 – MONTEVIDEO, 19 AL 25 DE FEBRERO DE 2015, SEMANARIO BÚSQUEDA.

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