La oposición está unida sin saberlo

El Paro Nacional es otra lección para la oposición. Dispuesta, entre otros por el FUT y la Conaie, esta movilización puso a prueba organizaciones que, tras haber apoyado al Presidente, tuvieron una travesía por el desierto. No les ha sido fácil sortear divisiones fabricadas por el poder y atavismos que les invita a encerrarse en viejos guetos ideológicos. Todavía se recuerda la imagen de Jorge Herrera, como presidente de la Conaie, manifestando contra el correísmo en la plaza San Francisco y luciendo una pancarta contra Guillermo Lasso…

Las organizaciones de la oposición se han expuesto a ser contadas por el correísmo. Pero ese ejercicio también lo han hecho entre ellas. Ahora han corroborado lo que representan. Lasso tiene alrededor de 28% de intenciones de voto, según los sondeos, pero no le alcanza para pasar a la segunda vuelta. Jaime Nebot movilizó 350 000 personas en la 9 de Octubre en Guayaquil. Es un récord. Pero su intención de voto no llega, hasta ahora, al 10% del electorado nacional. Los indígenas y los movimientos sociales que se habían reagrupado alrededor de Alberto Acosta, obteniendo menos del 4% en las elecciones presidenciales de 2013, han recuperado parte de su capacidad de movilización social. Sin embargo, siguen siendo una fuerza meramente testimonial en el plano electoral. Mauricio Rodas se declaró por voluntad propia estatua de cera. Y aunque suenan más nombres de partidos y movimientos (Cynthia Viteri, Paul Carrasco, Andrés Páez, Gustavo Larrea…) no parece que, en caso de que se activaran electoralmente, el mapa de la oposición variaría en formal radical. Todos se oponen al correísmo y todos tienen el mismo problema: ninguno tiene músculo electoral suficiente para ganar en las urnas a Rafael Correa.

Hasta antes del 13 de agosto, algunos se daban gusto pensando con el deseo. Hay que oír a algunos de los que crearon a Correa condenando ciertas fracciones de centro o de derecha. Hay también sectores del electorado que cultivan el ADN golpista que Rafael Correa usó contra Lucio Gutiérrez. La ciudadanía no aísla los grupos de enmascarados que en las manifestaciones se esconden entre ellos, cabreados pero no violentos, para atacar a los policías. La oposición no ha elaborado un manifiesto por la no-violencia: eso le permitiría condenar, con mayor fuerza moral, el recurso a la fuerza bruta por parte del presidente Correa.

En conclusión, las fuerzas de oposición se encuentran ahora ante hechos inapelables. El más importante es tener que contrastar los datos de la realidad con sus aspiraciones estratégicas. Si quieren ganar a Correa en las urnas, tienen que hacer sumas y restas y sacar conclusiones. Las movilizaciones callejeras han dejado en claro, primordialmente, tres cosas:

  1. a) La oposición tiene antena a tierra: la calle ha permitido contarse a partidos y movimientos. Ahora saben que si quieren erigirse en alternativa real de gobierno al correísmo, deben supeditar sus programas al objetivo estratégico mayor. Es claro que no hay espacio para programas partidistas y exigencias maximalistas.
  2. b) El anticorreísmo (como el correísmo) es nacional:parece una obviedad y, sin embargo, la oposición no la ha procesado políticamente: todos los actores tienen fortalezas y debilidades. Y se necesitan. No hay, por ahora, sin embargo, planteamientos pragmáticos para generar masa crítica conjunta. Esto se nota (particularmente en Quito) hasta en las manifestaciones que reagrupan colectivos que no acuerdan ni cómo desfilar juntos…
  3. c) La oposición tiene, sin saberlo, un acuerdo político-conceptual:hace unos meses, nadie hubiera creído que los indígenas iban a atravesar medio país, desde Zamora Chinchipe hasta Quito, promocionando, como primer punto de sus reivindicaciones, el archivo de las enmiendas.Estas se han convertido en una plataforma de lucha asumida por universos políticamente dispersos.

Es un acuerdo importante al punto que el Presidente dedicó parte de la última sabatina a señalar los desacuerdos irreconciliables que hay entre esas fuerzas. Es evidente que indígenas y movimientos sociales no desean acuerdos de libre comercio; Lasso o Nebot, sí. Es evidente que algunos movimientos sociales quieren nacionalizar la banca; es lógico que Lasso se oponga. La letanía es larga. El deleite que mostró el Presidente al subrayar esas contradicciones, delata el temor que suscita comprobar cualquier nexo entre grupos tan dispares.

La novedad no está, entonces, en indicar las diferencias (evidentes y conocidas) sino en advertir esta coincidencia política que se ha dado alrededor de las enmiendas. Un vínculo que de táctico (forjar un objetivo de lucha común hasta diciembre) puede convertirse en estratégico: pasar de esa plataforma de exigencias al plan de un gobierno de transición. El primer gobierno post correísta.

La oposición en general, tal y como se presenta su panorama, no puede concertar ese gobierno luego de (supuestamente) ganar en las urnas a Rafael Correa. Necesita concertar ese gobierno de transición para (aspirar a) ganar en las urnas. Un gobierno de transición puede ser parte del imaginario que lleve al post correísmo.  Dicho de otra manera: las movilizaciones –las de ahora y las que se han dado durante este gobierno– han involucrado a muchos actores cuyas causas no puede ignorar el próximo gobierno. Llegue quien llegue a la Presidencia. Y para llegar requiere de la movilización (también electoral) de todos esos actores. El triunfo –si se miran las condiciones de competencia tan adversas– tiene que ser inobjetable. La oposición está ante la tarea de repetir, entonces en la elección presidencial, lo que ocurrió con la Alcaldía de Quito. Pero tiene que forjar un plan mínimo nacional de acuerdos para que quien gane no se declare desmemoriado como ocurrió con Mauricio Rodas.

Cinco conclusiones, entre muchas otras, dejan entonces, hasta ahora, las movilizaciones que se han dado contra el gobierno de Correa:

  1. Para que haya péndulo las tendencias de oposición deben transar, llegar a acuerdos estratégicos mínimos. El rechazo a las enmiendas luce como un paso.
  2. No habrá péndulo partidista. Primero, porque en el caso hipotético de que una tendencia pudiera vencer a Rafael Correa en las urnas, su gobierno sería absolutamente inviable.
  3. El correísmo, contrariamente a los que aún sueñan con sacarlo a empellones, es un régimen fuerte. Tras ocho años y medio de poder, y habiendo administrado la mayor ola de dólares que ha llegado al país, cuenta con todos los engranajes del Estado a su favor. Y, como se está viendo, no duda en usar la fuerza para atornillarse al poder.
  4. Las movilizaciones han demostrado que los partidos y movimientos de oposición no han capitalizado la bronca que se expresa en la calle ni han construido nexos entre esos grupos de ciudadanos cabreados.
  5. La oposición no ganará a Correa repitiendo las fórmulas del pasado.

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José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, agosto 16, 2015

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