La muerte de Perón

El general Juan Domingo Perón murió el lunes 1º de julio de 1974. Según se supo después, la muerte llegó alrededor de la una de la tarde. Todos la estábamos esperando, algunos con dolor, otros con miedo. Desde hacía casi dos semanas Perón estaba en cama y el diagnóstico de los médicos no daba esperanzas. El sábado, Isabel Martínez había asumido la presidencia de la Nación. Ese mismo día, el general tuvo un edema pulmonar que lo dejó al borde de la tumba. “Esto se acabó”, fueron sus últimas palabras. La frase estaba en sintonía con su apotegma clásico: “La única verdad es la realidad”. Y la realidad de Perón ese lunes 1º de julio era insoslayable.

La voz de Isabel Perón por la cadena nacional anunciando su muerte a las dos y diez de la tarde fue escuchada por todos los argentinoscomo el anuncio de una desgracia irreparable. Pálida y desencajada, las ropas oscuras de la flamante presidente parecían acentuar su palidez y los rasgos afilados de su rostro. No recuerdo si a su lado estaba López Rega, pero para el caso el detalle no importaba: López Rega la acompañaba a Isabel como una sombra. La viuda desolada y el arlequín siniestro eran ahora los dueños de la Argentina. Por lo menos eso era lo que creían.

Perón murió en su casa de Gaspar Campos acompañado por sus médicos y personal de servicio. El fin era previsible y el general no lo ignoraba. Cuando regresó a la Argentina en junio de 1973, sabía que regresaba a morir. Sus horas estaban contadas y la responsabilidad de la presidencia, con sus inevitables tensiones, aceleraron  el fin. De todos modos, los médicos aseguran que el deterioro de su salud no le hubiera permitido vivir más de un año, incluso si hubiese permanecido alejado de las disputas del poder.

Perón a todo esto lo sabía, pero marchó a su destino sin vacilar. El hombre prefirió morir en su ley, es decir, ejerciendo el poder y haciéndose cargo de todas las consecuencias. Por supuesto que estaba viejo y seguramente los últimos meses sólo disponía de algunas horas de lucidez en el día, pero desde su retorno en noviembre de 1972 hasta su última presentación pública el 12 de junio, veinte días antes de su muerte, Perón controló todas las situaciones políticas y cada una de sus decisiones llevaban el sello de quien fuera un maestro en el arte de la maniobra política o, como le gustaba decir a él, de la conducción.

De todos modos, aquel lunes 1º de julio se mezclaban distintos sentimientos y aprensiones en el alma de los argentinos. El sentimiento de dolor afectaba a una importante mayoría por la muerte de su jefe político, de un líder que con su presencia avasallante había marcado, con sus luces y sombras, los acontecimientos públicos durante treinta años. Para quienes nunca fuimos ni seremos peronistas, la muerte de Perón se producía en uno de los momentos más complicados de un proceso político que desde sus orígenes fue complejo. “Nunca le deseé una buena vida a este tipo -me decía un antiperonista de hacha y tiza-, pero jamás imaginé que iba a lamentar su muerte”. Es que atendiendo al clima de violencia política de esos meses, existía la sensación, el prejuicio o el deseo de que Perón era el único en condiciones de ponerle límites a los desbordes de uno y otro lado.

Su muerte colocaba en el centro del poder a Isabel y López Rega. El 12 de junio, en un discurso vibrante, admonitorio y de alguna manera de despedida, Perón anunció que su único heredero era el pueblo. Una impecable frase de corte populista que, sin embargo, no alcanzaba a disimular el hecho real y trágico de que la heredera era Isabel, y la sombra del brujo criminal.

Desde el lunes hasta el viernes, el país estuvo paralizado de hecho. Los restos de Perón fueron primero a la Quinta de Olivos. De allí los trasladaron a la Catedral Metropolitana y finalmente fueron llevados al Congreso, donde miles y miles de personas hicieron largas colas debajo de la lluvia para despedir al hombre con el que se identificaban desde 1945 y al que acompañaron incondicionalmente en las buenas y en las malas.

Las grandes personalidades políticas del mundo enviaron sus condolencias y dijeron las frases de ocasión. Desde Kissinger a Zhou En Lai; desde Tito a Nixon; de Ceausescu a Willy Brandt; de Brézhnev a Fidel Castro. Tres presidentes se hicieron presentes en la ceremonia fúnebre: José María Bordaberry, de Uruguay; Hugo Banzer Suárez, de Bolivia; y Alfredo Stroessner, de Paraguay. Todos dictadores. Faltaba Augusto Pinochet y cartón lleno. Como para contextualizar los hechos, digamos que en aquellos bochornosos años de la Guerra Fría, las dictaduras eran la constante en América Latina.

Escenario político con su singular relieve fue el de los discursos de despedida. Doce oradores usaron de la palabra. Todos dijeron lo suyo, pero las palabras de Ricardo Balbín fueron las únicas trascendentes. Tal vez las circunstancias históricas crearon las condiciones para que un orador como Balbín se luciera. Todo fue perfecto: la estampa del político, el sonido de la voz, las palabras justas, necesarias, cargadas de una austera emotividad y un impecable toque laico.

Por otra parte, esas eran las palabras que los argentinos necesitábamos oír. Palabras sensatas, republicanas, democráticas pero, por sobre todas las cosas, creíbles. Ese veterano de tantas batallas políticas, ese dirigente de pura cepa radical que enfrentó con coraje a los excesos autoritarios del primer peronismo pagando su atrevimiento con desafueros y cárceles fue, como se dice en estos casos, el hombre adecuado en el momento adecuado.

También Balbín dirigió palabras para la flamante presidente. Conviene saber que desde que Isabel asumió, contó con el apoyo institucional de todo el arco político. Apoyo que ella no supo valorar o no supo qué hacer con él, porque pareciera que estaba más interesada en someterse a la voluntad de López Rega que en asumir la responsabilidad política de la hora.

¿Por qué Perón, sabiendo que sus horas estaban contadas designó como compañera de fórmula a Isabel? Muy difícil dar una respuesta equilibrada. Algunos dijeron que lo hizo porque la interna peronista era inmanejable; otros enfatizan su deplorable tendencia -tendencia transformada en algo así como una liturgia peronista- en concebir el poder en clave cortesana. En cualquiera de los casos, los resultados fueron catastróficos, aunque en nombre de la objetividad habría que decir que a esa pobre mujer le tocó asumir la máxima responsabilidad política en uno de los momentos más difíciles de nuestra historia institucional.

Al momento de morir, el poder de Perón seguía siendo gravitante. Los partidos políticos con representación parlamentaria lo acompañaban o por lo menos no ejercían una actividad obstruccionista; la inmensa mayoría de la sociedad, incluidos quienes no eran peronistas admitían la legitimidad de su presidencia; la disidencia juvenil estaba relativamente controlada.

¿Dónde estaban los problemas? Curiosamente, los cortocircuitos se producían en el interior del peronismo. Concretamente, lo que estaba haciendo agua era el pacto social, una de las claves de la gobernabilidad prevista por Perón. El acuerdo de control de precios forjado entre la CGE liderada por Gelbard y la CGT de Adelino Romero estaba herido en su línea de flotación. Paradójicamente, las dos grandes estructuras de la comunidad organizada no parecían estar a la altura de las circunstancias o, para decirlo de otra manera, la puja corporativa se imponía a toda estrategia acuerdista de mediano y largo alcance.

Perón marchó al silencio en el momento oportuno. Si hubiera muerto antes de 1973 no sabemos cómo se hubieran desarrollado los acontecimientos; pero si hubiera sobrevivido, seguramente habría sido desbordado por los demonios que él mismo se había ocupado en alentar. Dicho de una manera virtual, Perón eligió el momento adecuado para morir. Se fue del mundo de los vivos con la gloria intacta, aunque como contrapartida nos dejó a los argentinos la pesadilla de Isabel y López Rega y los dispositivos del terrorismo de Estado en actividad.

Rogelio Alaniz, Socio del CPA
El Litoral, 1-7-15

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