La invención del peronismo en el interior del país

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Durante mucho tiempo, las explicaciones del fenómeno peronista fueron patrimonio de los sociólogos. En sus intentos por comprenderlo, Gino Germani –uno de los padres fundadores de la sociología moderna en Argentina– destacó la importancia de los migrantes internos que, provenientes de las áreas rurales, habían pasado a engrosar –a mediados de la década de 1940–un nuevo proletariado industrial, más familiarizado con formas paternalistas de hacer política que con una conciencia de clase que lo erigiese como un actor autónomo.

 

Luego, los trabajos de Juan Carlos Portantiero y Juan Carlos Torre, entre los más destacados, permitieron relativizar este enfoque al poner énfasis en el papel de los viejos y grandes sindicatos del país en los orígenes del peronismo.

 

Desde varios ángulos de ­análisis, se señaló también que la existencia de una burguesía “nacional” interesada de forma objetiva en el desarrollo del mercado interno –en contraposición a lo que genéricamente se identificaba como la “oligarquía terrateniente”– había sido la condición sine qua non para la constitución de la alianza de clases que fue el peronismo.

 

De manera complementaria, se sostuvo que los militares argentinos de entonces eran industrialistas, y al vincular el desarrollo industrial con la seguridad nacional (querían alejar al país de los peligros izquierdistas que asolaban Eu­ropa tras la Segunda Guerra Mundial) contribuyeron a fortalecer la viabilidad inicial del liderazgo de Perón.

 

El común denominador de todas estas explicaciones residía en el papel clave otorgado al proceso de industrialización: el peronismo era visto como su correlato político social, fuese por el papel de los migrantes 
o “cabecitas negras” que invadían Buenos Aires y mojaban sus pies en las fuentes de Plaza de Mayo (en las célebres fotografías del 17 de octubre) o por el hábil desempeño de las viejas dirigencias sindicales en sus negociaciones con el Estado.

 

Preguntas

 

Pero lo que todas estas interpretaciones dejaban en un cono de sombra era a los actores que habían protagonizado el surgimiento del peronismo en la mayoría de las provincias argentinas, en el amplio universo económico y social aún no marcado por la huella de la gran industrialización. Fue este eslabón débil de las explicaciones sobre el peronismo el que hizo que los historiadores –en la última década del siglo 20– comenzaran a tomar la palabra.

 

Cuando en 2003, Torcuato Di Tella –una de las figuras estelares de la sociología argentina y actual embajador en Italia– vino a Córdoba para presentar el tomo uno del libro La invención del peronismo en el interior del país (que escribimos y coordinamos junto con el historiador de Santa Fe Darío Macor, ya fallecido), se esmeró en dilucidar el aporte que los estudios emergentes de las provincias hacían a la desmitificación de un fenómeno leído con frecuencia en clave casi exclusivamente porteña: es decir, en una mirada que tendía a considerar las historias provinciales como mero “reflejo” o epifenómeno 
de lo ocurrido en las áreas centrales. La ampliación de los ­derechos sociales permite explicar la adhesión de los sectores populares, pero es insuficiente para comprender la apuesta que sectores de las élites provinciales hicieron a favor del peronismo en el momento del parto de esta fuerza política.

 

Nuevas preguntas comenzaron a irrumpir: ¿En qué medida el aporte proveniente de caudillos conservadores, sectores clericales y viejos dirigentes radicales (como el anti-yrigoyenista Hortensio Quijano, vicepresidente de Juan Perón) imprimieron su sello al nuevo movimiento? ¿Qué cargos ocuparon en el partido y en el Estado y cómo influyeron en los procesos de toma de decisiones? ¿Cómo influyeron en los valores y representaciones presentes en el imaginario peronista?

 

En las provincias

 

La reciente publicación del tomo dos y de la segunda edición del tomo uno de esta obra, por la Universidad Nacional del Litoral, pone de relieve la importancia y la persistencia de los nuevos interrogantes planteados por los historiadores. En muchas provincias, el peronismo no tuvo en la clase obrera su columna vertebral ni en la oligarquía su enemigo natural.

 

Los caudillismos y cacicazgos provinciales que enhebran los hilos del peronismo en el siglo 21 no nacieron del azar o de una contingencia misteriosa: tienen una historia que hunde sus raíces en los orígenes mismos de ese movimiento político.

 

En la Argentina periférica, la debilidad de la clase obrera (en términos comparativos con Buenos Aires y Rosario) y la inexistencia de migrantes in­ternos permite enriquecer y complejizar las claves de explicación del peronismo.

 

La lupa del investigador descubre, entonces, el papel decisivo que tuvieron en la conformación inicial del peronismo –y, en consecuencia, en la forma en que construyó su identidad– caudillos conservadores y sectores de la aristocracia de toga cordobesa, figuras pertene­cientes a factores tradicionales de poder en las provincias, como Lucio Cornejo (dueño del ingenio azucarero San Isidro y primer gobernador peronista 
de Salta), Carlos Juárez en ­Santiago del Estero (vinculado a la Acción Católica), Pedro y Joaquín Díaz de Vivar en Corrientes (integrantes de la élite tradicional, provenientes del radicalismo anti-yrigoyenista), Bernardo Pío Lacase en Río Cuarto (fundador del Jockey Club y presidente de la Sociedad Rural de esa ciudad) o los Rodríguez Saá en San Luis, vinculados al Partido Demócrata Nacional.

 

En zonas carentes de tra­diciones patricias –como los territorios nacionales del sur del país–, fue posible constatar, asimismo, el monopolio de los sectores propietarios sobre los cargos públicos y partidarios. Así, en Neuquén, Felipe Sapag había sido –en su condición de próspero comerciante– presidente de la Comisión de Fomento de Cutral-Có en la época de los conservadores, y el gobernador Pedro San Martín, un gran propietario de tierras en Junín de los Andes y Aluminé (su secretario, Pedro Mendaña, era a su vez vocal de la Sociedad Rural de Neuquén).

 

En algunas provincias –como Tucumán–, el movimiento obrero tuvo una mayor incidencia en la definición del peronismo. En otras, como en Jujuy, jugaron un papel más importante los sectores medios vinculados al radicalismo (todo su comité provincial, encabezado por el teniente Miguel Tanco, se pasó al peronismo).

 

Pero, en general, lejos de Plaza de Mayo, caudillos, figuras de la élite tradicional (como en Córdoba, Salta y Corrientes) y ricos sin apellido pero con plata (como en Neuquén) tuvieron un papel protagónico.

 

Matriz constitutiva

 

El peronismo obrero, popular y democrático que se expresó –con distintos matices– en el Par­tido Laborista tuvo su proa visionaria en la unión de justicia social y democracia política.

 

El nombre con que bautizaron su par­tido evocaba a la socialdemocracia europea y en sus congresos partida­rios se citaba a Harold Laski (presidente del Partido Laborista británico) como fuente de autoridad junto con Perón.

 

Ramón Asís, primer vicegobernador peronista de Córdoba, fue la expresión paradigmática de ese peronismo orientado a la socialdemocracia. Pero en Córdoba, como en el resto del país, Perón prefirió apoyar en las luchas internas del peronismo a los caudillos que ya tenían cierta familiaridad con el Estado y experiencia en ejercicio de poder en el orden local.

 

Ernesto Laclau sostuvo que el peronismo nació exaltando la figura del descamisado y concluyó rindiendo culto al mito de la comunidad organizada. Ambos aspectos, empero –la rebeldía plebeya y el disciplinamiento vertical apoyado por caudillos de provincia– estaban ya presentes en su matriz constitutiva.

 

César Tcach, CPA

La Voz, 02/10/2014

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