La farsa del gran buenoide

Consultar al pueblo si está de acuerdo con la reelección indefinida es “un subterfugio, un artilugio”. Algo así como preguntarle si le parece bien que se sacrifique al cornúpeta en el coso taurino: el pueblo no lo va entender. Así piensa el ex vicepresidente Lenin Moreno. En serio. Sobre todo le parece muy mal que se hable de alternancia, palabra que lo confunde todo. Él prefiere alternabilidad, que no existe. Y dice que, si de consultar al pueblo se trata, la pregunta debería ser más específica. Así: “¿Quiere usted que Rafael Correa Delgado tenga nuevamente la opción de ser presidente?”. El resultado puede pasar a la Constitución con nombre y apellido, a la Asamblea le va a encantar. Porque esto de la reelección indefinida, asegura, “únicamente se resuelve sin hacer preguntas indirectas”. Como las señoras con sus maridos. Ellas, en lugar de andarse por las ramas con comentarios del tipo “tienes los ojos extraviados” o “hueles raro”, preguntan directamente: “¿Dónde estuviste?”. Pues eso. Tal cual las señoras, así la República, que también es una señora entrada en carnes. ¿No está clarísimo?

Se ha creado un equívoco gigantesco en el Ecuador con respecto a la figura de Lenin Moreno: se lo considera un humorista. Más aún: un estudioso del humor. Es un equívoco fomentado por él mismo: “Yo he estudiado el humor y lo he estudiado lo más profundamente que he podido –le dijo la semana pasada a Diego Oquendo– y en algún momento decía que el humor es una flor preciosa que nace sobre terreno escabroso”. Vaya paradigma. O sea que en medio de los más cerriles temas de la política él cuenta cachos, preciosas flores de su proverbial sandunga. Cachos blancos y descafeinados de señoras mandonas y maridos resabiados con los que convierte los debates en arrumacos paródicos incapaces de dejar una huella en la conciencia. Lenin Moreno es el sujeto perfecto de aquello que Lipovetsky llamó “la sociedad humorística”, que paradójicamente implica la muerte del humor. En ella, el humor renuncia a todo rasgo de subversión simbólica y de crítica a cambio de un tenue surrealismo desprovisto de profundidad y misterio, de negación y mensaje, cuyo único cometido es crear un ambiente relajado y distendido; suscitar una carcajada hueca; y a otra cosa. “Ya quisiéramos los maridos que nos dejen libertad de expresión”. Qué divertido.

Su reciente performance mediático demuestra hasta qué punto el ex vicepresidente, mediante este arbitrio, es capaz de restar sustancia a cualquier trama política hasta neutralizarla. Especialmente si se trata de una trama tejida por él mismo. Empezó en Ecuavisa, primero con Lenin Artieda y luego con Alfredo Pinoargote, donde no hizo chistes pero expresó su desacuerdo con el proceso a Bonil, se manifestó contrario a la reelección indefinida y dijo, entre otras perlas, que “hace falta un ejercicio de humildad por quienes ejercen el poder”. Esas declaraciones motivaron una carta de la secretaría general del partido en la que se le llamaba la atención. Luego pasó a los estudios de Ecuador Inmediato y de radio Visión, donde arrancó varias carcajadas a sus entrevistadores (Francisco Herrera y Diego Oquendo) y se desdijo de todo. Matizó que la reelección, “en las situaciones actuales del Ecuador, las situaciones del proceso”, en fin, quién sabe, se entiende. E insistió en lo grotesca y de mal gusto que le pareció la caricatura por la que Bonil será juzgado; en radio Visión ya ni quiso hablar del tema, de pronto le pareció una discusión bizantina, como “cuando se debatía si las ropas de Cristo eran de él o no, o si los ángeles volaban hacia la izquierda o hacia la derecha. Yo creo que ya basta. Ahora sí”. ¿Ahora sí? ¡Pero si el caso recién fue a manos de la Fiscalía!

Con el comunicado de PAIS no cabía en sí de dicha: “Ah, el comunicado es un ejercicio de democracia, es un ejercicio de opinión, es un ejercicio de diversidad. Qué preciosa que es esa idea”. “Yo me preocuparía cuando coincidamos en todo. Había un amigo que decía que es peligroso cuando la mujer empieza a coincidir en todo con uno”. Porque si todos fuéramos igualitos, arrancaba, sería aburridísimo. Como en los países nórdicos, “donde todos son rubios-rubios-rubios, son blancos-blancos-blancos, son altos-altos-altos, tienen los ojos azules-azules-azules. ¡Igualitos! Yo le digo a mi mujer: debe dar lo mismo con el marido que con el vecino, ¿no es cierto?”.

Y ya está: si algo sustancial había dicho el ex vicepresidente, se lo llevó el viento de la banalidad y el buen rollito. “¿Te sacaron de contexto tus declaraciones?”, le preguntó Francisco Herrera preocupadísimo. “Sí-sí-sí”, respondió, y resulta difícil determinar de qué manera. “¡Te estás convirtiendo en el nuevo santo de la derecha!”, insistió el periodista. “Que me den por escrito para mostrarle a mi mujer”, concluyó el otro: con Lenin Moreno la política se convierte en una visita a la casa de Don Pancho y Doña Ramona, un paseo por un mundo de encaje y naftalina.

¿Quién puede presuponer malas intenciones en un contador de cachos tan risueño? Y él, ¿acaso es capaz albergar en su corazón la malicia necesaria para pensar medianamente mal de nadie? La puesta en escena de su candidez es de una pureza que conmueve. “¿Por qué siempre hemos de creer que la gente aspira al poder?”, pregunta como si fuera un improbable Rousseau que acabara de aterrizar en el planeta. O confía en tono de primicia: “Rafael se equivoca y con frecuencia. Inclusive a veces cambia algún término, a veces en una fecha histórica o a veces en el caso de un personaje”. Todo lo político lo despolitiza. Y le resulta: millones de ecuatorianos enternecidos, incluidos algunos que están hartos del correísmo, le creen a pie juntillas. ¡Si hasta Bonil, a quien acaba de abandonar a su suerte en la puerta de la Fiscalía, le dedicó una caricatura cariñosísima, un homenaje dibujado!

Había un crítico de televisión, el chileno Marco Antonio de la Parra, que definía con una frase lapidaria ese buenismo insulso de los informativos empeñados en “la noticia positiva”, donde las sombras y matices de la realidad se desvanecen en una cordialidad edulcorada que reclama la complicidad espiritual de los espectadores. “Los buenos –decía– son los peores”. Y es verdad: lo son. Y su condescendencia no tiene nada que ver con el humor. El mismo ex vicepresidente lo intuye: “El humor, lastimosamente, da bastantes más libertades que la prosa”, dijo a Diego Oquendo. “Lastimosamente”: ¿existe algún humorista verdadero bajo el sol que pudiera firmar estas palabras? ¿Lastimosamente para el poder? ¿Lastimosamente para Bonil, a quien Moreno preferiría ver haciendo caricaturas no políticas? ¿Lastimosamente para su visión insulsa del humor? ¿Para quién? No, Lenin Moreno no es un humorista, es un político. Uno que utiliza el humor para embaucarnos.

Roberto Aguilar, Ecuador.

Estado de propaganda, marzo 11, 2015

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