La desafiada política exterior de estos días

Publicado en: Análisis, Uruguay | 0

El nuevo gobierno arrancó atendiendo varios frentes a la vez. Uno de los más delicados es el de su política exterior. La Cancillería defendió con claridad (y a contrapelo de su propio sector político) valores claves como la libertad y los derechos humanos al insistir que lo de Venezuela no es lo que parece. Asimismo, debe afrontar pese a que suena lejana, la amenaza que se cierne sobre el mundo por culpa de un descontrolado Estado Islámico que junto a otros socios terroristas, jaquean por doquier. Nadie está a salvo de su terror y ello obliga a que Uruguay vaya ya pensando qué postura asumirá cuando los hechos finales se desencadenen.
Pese a la convocatoria que hizo el Frente Amplio hace dos semanas en defensa del régimen dictatorial venezolano (y en la que participó el vicepresidente Raúl Sendic y el ex presidente José Mujica), el canciller Rodolfo Nin Novoa expresó que el gobierno (también frentista) está preocupado por lo que sucede con los derechos humanos, las denuncias de torturas en las cárceles y la autorización oficial del gobierno a reprimir manifestaciones populares con armas de fuego. Nin también se mostró preocupado por lo relatado en un informe de Amnistía Internacional.
Hizo al fin el paralelismo correcto, al decir que dicha situación debía ser preocupante para quien lo mira desde “un país que vivió las mismas condiciones que están viviendo parte de los venezolanos ahora”. Se refería a la época de la dictadura en Uruguay. También reiteró que Venezuela debía autorizar el ingreso de la Cruz Roja a las cárceles donde hay opositores arrestados. O sea, donde hay políticos presos que es exactamente lo mismo que decir que hay presos políticos, mal que le pese al diputado por el MPP, Daniel Placeres, muy conectado a Caracas por negocios y autor de esa socarrona diferenciación en un programa televisivo.
La postura de la Cancillería es sencilla, clara y firme, y pone la cuestión de la violación de derechos humanos por encima de la denuncia sobre la intervención norteamericana en asuntos venezolanos.
En realidad, lo único que hizo el presidente Barack Obama fue congelar las propiedades y cuentas e impedir el ingreso al país de varios funcionarios chavistas vinculados a la represión sangrienta de estudiantes y a la corrupción. La medida no fue contra todo el gobierno y menos aún contra la población.
Definiéndose como socialistas, populares y antiimperialistas, estos funcionarios (suponemos que leales y convencidos) no deberían tener intereses económicos fuera de su país en el que tanto creen, ni ganas de viajar a la cuna del mal imperial. En consecuencia, las medidas son inocuas. A no ser, claro, que los jerarcas sean unos cínicos desmedidos. En cuyo caso las medidas habrían dado en el clavo. Y si ese cinismo existiera, defenderlo no parece apropiado, ni por parte del Frente Amplio ni de nadie.
Estados Unidos estaba evitando entrar en el juego provocador del dictador Nicolás Maduro, que se dedicó a denunciar conspiraciones golpistas inspiradas por Estados Unidos. Con ese cacareo procuró disimular la dramática situación económica, la escalada autoritaria y represiva, la escandalosa corrupción y el atropello a los derechos básicos de la gente, con tortura incluida. Nadie en su sano juicio defiende estas cosas como si fueran virtudes. Quienes se dejaron embaucar fueron los organizadores de la marcha. Por fortuna, el gobierno lo ve de otra manera.
Quizás el Frente Amplio ni siquiera se dejó embaucar. Como a muchos solo les importa salvar el “proyecto” a como dé lugar, cualquier atropello es justificable. Esto ya lo hicieron con los soviéticos, los chinos y también con los cubanos.
La Cancillería, entonces, mostró buenos reflejos y expresó una posición tradicional del país, en defensa de la libertad, los derechos humanos y el respeto a las instituciones.
El otro lío que afronta Uruguay, legado del gobierno anterior, es el de los refugiados de Guantánamo que nunca termina de cerrar. Ahora, claro, hay que procurar su mantenimiento económico, algo que no pareció haberse tenido en cuenta en su momento y que por lo tanto es posible que el presidente Tabaré Vázquez deba conversarlo con su par norteamericano en Panamá.
En todo caso, esa es tarea del presidente actual y haría bien José Mujica, ahora que no gobierna, en abstenerse de hacer los comentarios que no hizo siendo presidente. Se enoja con Estados Unidos porque no le paga el sueldo a los refugiados de Guantánamo. “Que se ponga y no se haga el sota”, dijo, porque la macana la hicieron ellos cuando los tuvieron presos “sin juez y sin nada”. ¿Pero quién se ofreció a sacarle las castañas del fuego a Obama sino el propio Mujica? Fue él quien hizo este acuerdo del que poco o nada se sabe, pese a que muchos le advirtieron del lío en que se metía. Ahora ya está hecho; que lo deje a Vázquez arreglarlo como mejor pueda.
Vinculado a esta situación hay una realidad brutal que afecta a un mundo que demora en dar su contundente respuesta. Tardará, pero inevitablemente llegará. El despliegue de asesinatos, algunos en masa como en Kenia la semana pasada, decapitaciones y fusilamientos llevados a cabo por grupos terroristas de origen fundamentalista islámico, crece en número alarmante, responde a una oleada que se potencia semana a semana y que no tiene pruritos ni escrúpulos de ninguna clase.
El ataque a las torres gemelas de Nueva York en setiembre de 2001 horrorizó al mundo por ser el primero de una serie de vejaciones violentas que cunden por todos lados. ¿Qué puede decirse ahora de la masacre de 147 estudiantes universitarios de Kenia? ¿O las ejecuciones sumarias, crueles e injustificadas de un “Estado Islámico” que pretende instalar un califato teocrático en Medio Oriente? ¿O el asesinato a mansalva de caricaturistas?
Las víctimas son los kurdos, los judíos, los cristianos, los occidentales, los africanos y hasta los musulmanes no radicales. Tanto da.
El mundo está ante una encrucijada y más temprano que tarde dará una respuesta para la cual la Cancillería debe estar preparada. Quienes suelen condenar las intervenciones imperialistas norteamericanas ahora presionan para que actúe como gendarme mundial. Y algunos duros críticos de Israel reconsideran su posición. Si un día llegara a caer dicho país, la arremetida se volverá monstruosa.
Los que en realidad deben responder son todos los países afectados: los europeos, los africanos, los árabes. Musulmanes o cristianos. Intervenga o no Estados Unidos, la respuesta debe, primero y antes que nadie, venir de los que sufren estas vejaciones en su propio suelo.
La escalada es tan asombrosa, acelerada y feroz que es inevitable que desde algún lugar surja una reacción demoledora e irreversible. ¿Quién o quiénes, dónde y cómo? Eso el tiempo lo dirá. Pero Uruguay no puede estar distraído y observar el fenómeno como si le fuera ajeno y lejano.
Menudo paquete de problemas enfrenta el canciller Nin Novoa a tan poco de haber asumido. Deberá sortearlos sin ideologismos ignorantes, con apego a la tradición uruguaya de respeto a los derechos y libertades de la gente, a la democracia, a las reglas de juego institucionales tanto en cada país como a nivel internacional. Como viene haciéndolo hasta ahora.

 

Por Tomás Linn

AÑO 2015 Nº 1810 – MONTEVIDEO,9 AL 15 DE ABRIL, SEMANARIO BÚSQUEDA.

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