La cortina de hierro ya es de todos

Sobre el mundo de la guerra fría hay un hecho que se menciona poco: que era un mundo lleno de magazines ilustrados. A ambos lados de la cortina de hierro, millones de ejemplares impresos en 24 idiomas circulaban con su contenido ligero y su carga de propaganda ideológica. Las revistas más extrañas de ese mundo esquizofrénico eran las que llegaban desde el este de Europa a través de los institutos locales de amistad con los pueblos. Algunas tenían nombres tan evidentes como Polonia, Yugoslavia o Sindicatos Búlgaros. Otras elegían títulos que parecían discordar a propósito: el magazín ilustrado de la República Democrática Alemana, país que acababa de construir un muro, se llamaba Puente. Todas lucían cortadas por la misma tijera, como si fuesen obra de un único editor. En sus portadas, rollizos obreros sonreían incómodamente para las cámaras mientras fundían el acero; iluminados estudiantes se entregaban con religiosa concentración a su trabajo de laboratorio; aplomados deportistas cruzaban la pista atlética con la mirada puesta en el horizonte… Todos tan pletóricos de orgullo y optimismo, tan llenos de oportunidades, tan bien atendidos.

Esta semana, el aparato de propaganda del correísmo ha tenido a bien deleitarnos con una galería de estereotipos humanos bastante parecida a la descrita. La propaganda totalitaria de la guerra fría y la serie de documentales El Ecuador ya cambió, que se transmite por TV y se puede ver completa en el canal de YouTube del mismo nombre, comparten los mismos personajes: trabajadores sonrientes, iluminados estudiantes, aplomados deportistas, agradecidas amas de casa que ofrecen su testimonio de vida en un país que avanza hacia el horizonte luminoso del futuro. El clima espiritual que sustenta su optimismo es inquietantemente similar al que describen las revistas de la Alemania de Erich Honecker. Tiene al menos cuatro puntos en común:

  1. Las ínfulas de refundación. La sensación –literalmente producida por el aparato de propaganda– de que estamos viviendo los excitantes nuevos tiempos que conducen sin retorno a la nueva historia, coto exclusivo del hombre nuevo. Los testimonios describen un Ecuador sin carreteras, sin hospitales, sin escuelas, al extremo que resulta difícil imaginar cómo se vivía en este paisito desprovisto de la más elemental obra pública. Porque, dice una pintora, “teníamos prohibido usar el presupuesto del Estado para mejorar los colegios”, óigase bien: prohibido. Y los edificios públicos, asegura un periodista, eran “oscuros, sucios, sórdidos”, mientras hoy son “luminosos, limpios, transparentes”. Hoy, describe un constructor, “los niños pasean en bicicleta, andan en patines, cosas que no podía hacer antes. Las personas utilizan servicios higiénicos, ya no son letrinas. Es un cambio radical, es una revolución”. Por primera vez las mujeres gozan de igualdad. Por primera vez los pueblos indígenas reciben la atención que necesitan. Antes, cree recordar un actor, “no era posible entrar a una tienda y quedarte conversando de política. Ahora todos estamos conversando y todos tenemos una opinión. Ya hay una conversación”. Hasta eso nos ha traído el correísmo: conversación. Definitivamente la historia del país empezó hace ocho años.
  2. La ilusión de que esa nueva historia se construye sobre el progreso material: la monumental obra pública, la ingente inversión social que multiplica las oportunidades de desarrollo y ofrece a la población trabajo, estudio, salud, dignidad, orgullo…
  3. El reconocimiento de que cada una de esas oportunidades es un don, algo que le es dado a una persona por intervención directa, inesperada, casi milagrosa del Estado. La madre de un niño con discapacidad mental llora sus miserias hasta que recibe una llamada de la vicepresidencia de la República. La mujer que emigró a España y quedó asfixiada por la crisis de las hipotecas no encuentra salida al drama de su vida hasta que un funcionario de la Secretaría del Migrante se le acerca. El deportista que abandonó las canchas hoy regresa porque el ministerio del Deporte le ofreció tres sueldos básicos. El empresario que no termina de convencerse de que puede invertir en el país finalmente se decide porque “pudo conversar con el presidente Rafael Correa”. Un músico popular lo explica claramente: “antes –dice– para llegar al Presidente había que ser gringo”. Hoy está al alcance de la mano. Basta con acercarse a pedir y se os dará. Tal vez por esa misma convicción (aunque estos testimonios no se encuentran recogidos en los documentales) las madres de los colegiales encarcelados bajo el cargo de rebelión no encuentran mejor alternativa que ir directamente donde se encuentra el Presidente y pedir clemencia de rodillas. Al fin y al cabo, de él proceden todos los dones.
  4. Este reconocimiento tiene una consecuencia: la población está atada al Estado por una insoslayable deuda de lealtad. Vive la servidumbre política (que no se percibe como tal porque en la propaganda del Gobierno la política no existe) de sentirse obligada a la retribución. A “poner el hombro”, como dice una doctora, en la gran obra que se planifica y se coordina desde arriba. A no quejarse tanto, como sugiere un artista. A “ir subiendo los pisos” del “gran edificio” cuyas bases ya han sido colocadas, según feliz imagen de una periodista para quien esto no es un gobierno: “es un proceso de cambio”. “Si la ciudadanía no responde –asegura un filósofo– es muy difícil lograr los cambios. Es una situación de absoluta reciprocidad”.

El Ecuador ya cambió: ahora el pueblo debe retribuir al Estado por los dones recibidos. Ser recíproco. Ser agradecido. Este proyecto político que nos propone el estado de propaganda no tiene nada que ver con la democracia, como saben perfectamente los europeos del este a quienes durante cuarenta años se les habló en los mismos términos. Hoy resulta imposible hojear un ejemplar de Sindicatos Búlgaros sin soplarse de la risa. Cuando esto haya terminado, los documentales de la Secom surtirán el mismo efecto.

Roberto Aguilar, Ecuador.

Estado de propaganda, febrero 4, 2015
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