Interpretar, hasta que aclaren

Los intelectuales oficialistas del espacio Carta Abierta acaban de propinarnos su decimoctava epístola a los argentinos y argentinas. El documento mantiene el sinuoso lenguaje de siempre, en el que abundan los adjetivos, proliferan oscuras insinuaciones, se yuxtaponen frases rimbombantes y se economizan al máximo los argumentos. Pero al menos tiene una virtud: muestra las hilachas de lo que el kirchnerismo letrado piensa sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman.

Tres parecen ser los objetivos principales del escrito. El primero es ofrecer una defensa de la acción gubernamental en todas sus líneas: desde las erráticas e irresponsables intervenciones presidenciales -salpicadas de acusaciones al voleo- hasta la cortina de humo que rodea la creación de la Agencia Federal de Inteligencia; como se trata de un apoyo cerril, sus plumas no invierten una línea en discutir el articulado del proyecto o los considerandos que pretenden apoyarlo. El segundo se resume en atacar a los críticos del oficialismo, a los sectores políticos opositores y a los ciudadanos de a pie que se han venido manifestando (en “escuálidas marchas”) con sus reclamos de justicia. En vez de enfrentar las razones profundas de esos reclamos, los escribas del relato oficial prefieren cargar sus tintas contra algunas minoritarias voces destempladas, que a través de “rústicos carteles callejeros” se “mostraban en Plaza de Mayo con irresponsabilidad vertiginosa”. Por supuesto, el origen de esas expresiones -seguidas con “deleite” por los medios masivos de comunicación- es inequívoco: “surgen de los suburbios de las conciencias más extraviadas” y “se sacan del manual de estilo oficial de la época… escrito por los servicios de informaciones de la globalización”. Pero el tercero es el objetivo de fondo: embarrar la cancha discursiva en torno a la memoria del fiscal muerto para inscribir su fallecimiento en una trama de sentidos afines a los intereses inmediatos del gobierno. Tal vez convenga detenerse en este último punto para entender cómo funciona la estratagema deslegitimadora de los amanuenses gubernamentales.

El ataque contra Nisman abarca distintos planos. Por un flanco se acomete contra la supuesta debilidad -psíquica, política y profesional- de su persona, pasando por alto livianamente que el kirchnerismo lo sostuvo en su puesto durante una década: “El fiscal condensaba las maniobras completas de los servicios secretos mundiales de un modo que para él se tornaba insoportable, con situaciones que tal vez lo consternaban, que irían a superarlo y a encerrarlo en el enredo de complejísimas claves nunca descifradas”. Desde otro costado se embiste contra la supuesta debilidad de su “inusitada” e “increíble” denuncia, confundiéndola -adrede- con los requisitos jurídicos que debería tener una acusación (denunciar es sólo el primer paso camino a una investigación). De ahí que se hable del “extraño e incongruente escrito de Nisman” o se diga que su informe es “asombrosamente desprolijo, con huellas de inédita improvisación y carencia de pruebas substituidas por rápidas conjeturas de cuño folletinesco”.

Pero sobre todo el asalto se despliega tratando de desviar el contexto de interpretación en el que se inscribe la dudosa muerte del fiscal: ¿en qué marco de análisis inscribir la lectura de su sorpresivo deceso? ¿Al interior de qué trama de significados corresponde abordarlo? ¿Con qué cadena de hechos debe ser vinculado para su mejor comprensión? Como ninguna pericia balística o toxicológica puede crear sentido, los intelectuales kirchneristas apuran una escritura que obscurece más de lo que aclara, que distrae más de lo que devela.

Según la peculiar visión de los intelectuales oficialistas, el caso debería enfocarse a partir del accionar de los “servicios de Informaciones que… se ligan ostensiblemente… con las agencias de inteligencia de los Estados Unidos y sus países asociados” y constituyen las pérfidas fuentes de un “orden comunicacional mundial -incluidos los medios principales de Estados Unidos o de España-” y sus socios massmediáticos locales, que pugnan por alguna forma de intervención externa en los destinos de nuestro país. La ocasión sería de lo más oportuna, ya que en “estas horas infinitas de comentarismo televisivo y artículos del tribuno rescatista de instituciones vejadas, se generaba el giro de deslegitimación y deshonra progresiva de un gobierno, que simultáneamente sigue luchando para detener el ataque de las sempiternas triquiñuelas que los fondos buitre siguen elaborando en sus especializados despachos punitivos”. A fin de cuentas, se trata del “momento más lóbrego del periodismo nacional”, incapaz de ver lo evidente, la “metáfora bradenista” que sobrevuela al país: “¿No saben ver al embajador norteamericano respaldando directamente el funeral de Alberto Nisman, mientras son pisoteadas las flores que envía la representante del Ministerio Público? Es el espectro redivivo de Braden…”, nos alertan al borde del delirio. Y para que el dislate sea completo no podían faltar las culpas que seguramente han de tener los chacareros en todo este asunto: “Un hilo de plata de fulgor oscuro une los acontecimientos en torno a la resolución 125 y estos hechos recientes”. De este modo, el círculo de la conspiración alcanza dimensiones homéricas, vagamente paranoides: “se cierra así la forma cifrada o encriptada de la desestabilización…, que ocupa a los opinadores de la derecha tradicional, de las derechas nuevas y de las izquierdas”. O sea un planeta entero empeñado en voltear a un gobierno que es víctima inocente de “la trama geopolítica de los servicios mundiales…, que emergen del más connotado, la Central de Inteligencia Norteamericana (y) sus anexos o sucursales en los países de todo el mundo”.

La operación es burda, entretejida con un farragoso palabrerío, pero sus maquinaciones tienen patas cortas. Al situar el “análisis” en esta dimensión nebulosa, donde los tentáculos de conspiraciones universales se entremezclan con funestos actores locales, se dejan de lado coordenadas de interpretación mucho más cercanas y comprometedoras para un gobierno que busca lavarse de toda responsabilidad y que tiene demasiadas cuentas sin esclarecer.

La ominosa trama de impunidad y corrupción que recubre desde sus comienzos la causa AMIA, ensombrecida aún más por el inaudito giro cristalizado en el pacto con Irán, la utilización de los servicios de inteligencia (civiles y militares) como herramienta sistemática de persecución política de los adversarios y el persistente ataque a los fiscales independientes constituyen el triángulo siniestro en el que cabe leer la denuncia del fiscal Nisman. Sustraer su muerte de ese contexto de interpretación pretende que la mayoría de la sociedad -que ha enarbolado hace tiempo un fuerte reclamo por la mejora institucional- “desensille hasta que aclare”. Pero el compromiso político e intelectual de la hora va en una dirección diferente. Será cuestión de “aclarar, hasta que desensillen”.

Antonio Camou, Socio CPA

Río Negro, 19/02/2015

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