¿Independencia o irrelevancia?

La apología setentista de la independencia a la que habría llegado la Argentina en la década K según el discurso reciente de la Presidenta, se entiende a la luz de la simplificación de conceptos y acciones que les ha caracterizado; y se conecta con la miríada de antagonismos que intenta dar sustento al modelo. Mantener la energía política (y marcar claramente amigos y enemigos) requiere una suerte de combustible que debe ser renovado permanentemente . La contradicción dependencia o liberación’ figura entre los primeros puestos, más allá de su vacuedad conceptual.

Pero si entramos en el campo de la racionalidad y la eficacia,Independencia, en las relaciones internacionales y humanas o políticas, quiere decir poco. ¿En qué consiste ser independiente y para qué sirve?

¿Consiste en aislarse absolutamente, como Corea del Norte? ¿En buscar alianzas de manera desordenada para intentar entrar en las discusiones de poder sin un norte claro?

¿O por el contrario consiste en tener suficiente capacidad para lograr imponer o siquiera defender las propias prioridades? ¿O en generar acuerdos estables de modo de ejercer poder a través de la sinergia? ¿Son independientes los irrelevantes, aunque lo proclamen? ¿Son dependientes quienes -como Singapur o Taiwan- crecen sobre la base de su capacidad de inserción internacional?

La globalización deja cada vez menos espacio para las versiones simplistas de la independencia; no solo por la necesidad de aprovechar al máximo los nuevos ámbitos económicos, políticos, financieros y tecnológicos, sino también por la importancia de poder participar en la permanente dinámica de construcción de tales espacios. Participar, ser escuchado y respetado aumenta el poder, permite aprovechar oportunidades y por tanto aumenta la independencia.

Es muy fácil hacer creer que se es independiente, cuando la política exterior es un producto para el consumo popular local. El chauvinismo es un interesante producto de discurso. Pero si pudiésemos salir de la discusión propagandística, valdría la pena preguntarse en qué sentido es Argentina más independiente ahora que antes de la era K.

¿Tiene más presencia en los juegos de poder internacionales? ¿Más aliados que defiendan sus causas? ¿Más lugares formales en la burocracia internacional? ¿Tiene más autonomía financiera a menos costo? ¿Sus empresas son más fuertes en el mercado local e internacional? ¿Puede influir en los mercados de sus productos de exportación? ¿Simplemente: es escuchada?

¿Cuál es la palabra relevante, entonces; aquella que sirve para el logro de objetivos estratégicos? ¿Es independencia o es relevancia? El mundo enfrenta varias crisis y oportunidades mayores y simultáneas. Tal vez la más importante podría definirse como la reconstrucción del sistema mundial, con la irrupción de nuevos actores pero amenazado por conflictos regionales y la implicancia de los mismos sobre los acuerdos estratégicos entre las potencias. Al mismo tiempo, las negociaciones comerciales y formación de bloques avanza a velocidad, con la posibilidad de cristalizar relaciones que dejen afuera a los remisos o distraídos.

Las nuevas funciones de producción, intensivas en conocimiento pueden ser también una fuente de diálogo provechoso con el mundo en la medida en que sepamos sacar de ellas lo mejor.

¿Sirve en este mundo apasionante la actitud onanista de regodearse en la independencia decimonónica? ¿O es un freno a la posibilidad de construir un mejor futuro? ¿Cómo conciliar la enorme necesidad que tiene Argentina de desplegar sus posibilidades productivas con la paranoia que supone priorizar el modelo defensivo de independencia tal como lo oímos en el discurso de Tucumán? Cabe entonces agradecer a la Presidenta que nos haya mostrado sin tapujos la dimensión del cambio que debemos afrontar para construir un nuevo país.

Eduardo Amadeo, Socio del CPA

El Cronista, 15-7-15

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