Grecia: esto ya lo vimos por acá

Con gran algarabía se festejó, en Grecia, y en otros lugares del mundo, el triunfo del “No”. Sin embargo dicha decisión no ofrece nada para celebrar. Como tampoco lo hubiera ofrecido un eventual triunfo del “Sí”. Es que la situación en Grecia es tan dramática que ni uno ni otro resultado alejará el drama que se vive.

Los festejos demuestran algo bien conocido para esta parte del mundo. Es un gesto político que en el fondo indica que nadie se hace cargo de lo que sucede. A la angustiante realidad actual se llegó por una cadena de decisiones demagógicas que derivaron en un gasto sin límites y que muchos aprovecharon. Hubo alguna excepción: la de esos minoritarios “nabos de siempre”, que en toda sociedad cargan con el fardo dejado por los irresponsables.

Ocurrió en Uruguay; ocurrió en Argentina. Para tapar los agujeros del Estado, los presupuestos que no cierran, los gastos excesivos, los empleados públicos que no se necesitan y un largo etcétera, nuestros países pedían préstamos a los organismos financieros internacionales. Como era natural, a la hora de negociar la devolución de esos préstamos, los organismos ponían condiciones para asegurarse que el financiado retorno no se interrumpiera.

Para algunos, tales condiciones eran una intervención descarada, aplicada con fines ideológicos y de dominación. Podrá discutirse si dichas “recetas” (así se les decían) impulsadas por los organismos, eran las mejores. Pero la intención era la de crear un funcionamiento económico capaz de generar recursos que hiciera posible recuperar el dinero prestado sin crear, dentro de lo posible, serios desequilibrios. Eso es lo que está pasando en Grecia, en una situación muy extrema. Si las fórmulas de negociación que propone el Banco Central Europeo, la Comisión Europea o Angela Merkel son las más adecuadas, es una discusión. Pero su objetivo es recuperar el dinero prestado, en los ritmos necesarios como para que no se resquebraje el frágil tramado que une a Europa.

El problema es que la situación griega es demasiado grave. Por eso el resultado del referéndum en el largo plazo, será anecdótico. Lo que prevalecerá es la crisis misma. Aguda, profunda, duradera. Llevará a que mucha gente que le había encontrado el gustito a la buena vida, vuelva a la vieja, implacable pobreza de antes. Con una diferencia: esa gente ahora sabe lo que es vivir de otro modo. Y nadie quiere retroceder.

Con la crisis de 2002, y las anteriores, Uruguay fue aprendiendo lecciones también crueles sobre las que no hay retroceso. Se sale de esas crisis, sí. Hay ciclos de bonanzas que dan un respiro. Pero tras cada sacudón, una parte del tejido social queda irreparablemente dañado.

En estos lares, la culpa también fue adjudicada a “los de afuera”. Desde el “no pagar la deuda externa” de los años 70 en adelante, el villano fue el FMI, el Banco Mundial y aun el BID con sus préstamos fáciles volcados a planes de desarrollo social.

Ellos eran tan villanos como ahora lo son Merkel y los organismos europeos. Nada tenían que ver los propios errores, a veces deliberados, ni los gobiernos, ni la complicidad de buena parte de la población.
Una pregunta reiterada ahora con la crisis griega y antes con la crisis de la deuda de los años 80 es, ¿por qué prestaron tanto?

Sin embargo, más allá del interés que pudieran tener estos organismos y algunos bancos, los países tienen opciones. Pueden tomar los préstamos e invertirlos en proyectos que consoliden su desarrollo, con lo cual luego será fácil devolver ese dinero.

Pueden no tomarlo: decir que no lo necesitan y tener las manos libros aunque eso obligue a la población a vivir con austeridad. O pueden tomarlo y malgastarlo. Como hicieron.

Lo que ocurre del otro lado del océano tiene un tufillo familiar. Los que decían en los 70 que la deuda no debía pagarse olvidaban que los países del sur se endeudaron porque tenían problemas de caja. Alguien había despilfarrado los ahorros para previsión social, con lo cual había que sacar plata de otro lado para cubrirlos en lugares donde muchas jubilaciones se dieron como favor político y no porque el beneficiario hubiera trabajado o aportado.

También había que pagar sueldos de empleados públicos no siempre necesarios. En lugar de estimular un desarrollo genuino que impulsara empleo real y productivo, el empleo público fue una forma de disimular la desocupación y de obtener lealtades políticas.

Hubo demagogia pura y ello tuvo un costo. La alternativa era cortar los gastos que ya no se podían sostener con los impuestos recaudados. Políticos con lucidez y visión hubieran evitado entrar en ese fatal espiral. Una población sensata también habría puesto el límite. Pero todos fueron cómplices de la farsa, porque a unos y a otros servía. Y así se tomó un préstamo una vez, luego otro, luego otro.

Ocurrió lo previsible. Lo mismo que en Grecia. Los acreedores empezaron a preocuparse. Más cuando los préstamos venían de las arcas de países donde, aun siendo más ricos, su población no recibía las mismas generosas dádivas que los endeudados.

Grecia tomó mucho dinero y sus políticos lo dilapidaron con efímeros fines políticos. Más que invertirlos en proyectos que permitieran retornos, lo volcaron a un sistema de seguridad social que no tenía genuino respaldo y por lo tanto su falsa generosidad encontró un rápido y claro límite. Crearon una ilusión mentirosa y la gente, que prefería acomodarse a su nuevo estatus, aceptó la propuesta y se hizo cómplice de ella. No todo el mundo, por supuesto, ya que también en Grecia debe haber “nabos de siempre” que sienten que al final caerá sobre ellos el peso de una situación que nunca alentaron.

En 2001, Argentina pagó caro su default. No fue tanto por el default mismo, ya que su situación era tan apremiante que no tenía alternativas, sino por llegar a esa decisión en medio de una alegre y bulliciosa salva de aplausos en el Congreso. Festejó su propio estropicio, su gigantesca irresponsabilidad.

También los griegos (y sus amigos en todo el mundo) estallaron en un alegre triunfalismo al saber que había vencido el “No”. En realidad, la victoria de ninguna de las dos opciones se prestaba para festejos.

Eso es lo que en esta parte del mundo vivimos, aunque quizás no aprendimos del todo. Se podrá denostar a los acreedores. Tal vez la estrategia europea no haya sido la mejor, habría que verlo. Pero cada país decide cuánta deuda toma. Qué hace con ese dinero, es cosa de cada uno. Si lo malgasta la responsabilidad final es del gobierno y de ese enorme sector de la población que alegremente entró en un carnaval de derroche, sin pedir cuentas, sin prever consecuencias, sin asumir preocupaciones y aceptando que todo era un barril sin fondo cuando era obvio que no lo era.

La tradición de sacarse el fardo y echar la culpa a terceros sigue muy arraigada. Tanto allá en el Mediterráneo como acá en el Río de la Plata.

Por Tomás Linn

AÑO 2015 Nº 1822 – MONTEVIDEO, 9 AL 15 DE JULIO. SEMANARIO BÚSQUEDA

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