Elecciones presidenciales en Haití: un nuevo episodio de confusión democrática

Después de casi treinta años de haberse terminado la dictadura del régimen Duvalierista, la democracia no termina de llegar (…) Las alegaciones sobre irregularidades en el proceso electoral a las que ha debido hacer frente la CEP son múltiples y definitivamente han mermado la legitimidad de los resultados.

Haití, aquel país del Caribe que fue la cuna de las luchas independentistas de América Latina, tras más de dos siglos de historia independiente sigue subsistiendo como uno de los países más pobres de la región, marcado por una recurrente inestabilidad política, fragilidad institucional, intervenciones internacionales, luchas raciales y enormes déficits democráticos, no sólo desde el punto de vista electoral sino en el funcionamiento mismo de su sistema político. Después de casi treinta años de haberse terminado la dictadura del régimen Duvalierista, la democracia no termina de llegar.

El pasado 25 de octubre se celebraron los comicios para elegir al sucesor del actual presidente de la República, Michel Martelly, ganador de unas cuestionadas elecciones en el año 2011. El actual presidente pasó a la segunda vuelta por recomendación de la Organización de Estados Americanos (OEA) para enfrentarse a Mirlande Manigat, a pesar de haber quedado en tercer lugar en la primera vuelta. Así, ocupó el lugar que le correspondía a Jude Celestin, quien había obtenido la segunda votación más alta en la primera ronda como candidato del partido del entonces presidente René Préval, Inite (Unidad). Las dudas que empañaron aquel proceso electoral no son una rareza en Haití, pues aunque los organismos oficiales y la comunidad internacional dan por válidas y legítimas las elecciones celebradas en este país del Caribe, sus resultados siempre son cuestionados, objeto de disputa e insatisfacción entre los haitianos. El valor del sufragio universal, de la participación política y de la legitimidad de las elecciones está siempre en cuestión. De allí que no resulte extraño, por ejemplo, que en las elecciones del pasado mes de agosto – celebradas con más de tres años de retraso- para renovar dos tercios del Senado, la Cámara de Diputados y 140 cargos municipales sólo haya habido una participación del 18% del censo electoral.

Los resultados de las votaciones del 25 de octubre, entregados por la Comisión Electoral Provisional (CEP) casi dos semanas después de los comicios, vuelven a poner en cuestión los procesos electorales en Haití aunque el Core Group -conformado por los embajadores de Brasil, Canadá, Francia, España, Estados Unidos, la Unión Europea y la OEA- haya calificado el proceso como satisfactorio y los resultados como válidos. De acuerdo con la CEP, ninguno de los 54 candidatos que participaron de la contienda –de entre ellos sólo cuatro eran mujeres- obtuvo la mayoría absoluta (50+1) ni aventajó a sus otros competidores por más del 25%, por lo que será necesario celebrar una segunda vuelta con los que obtuvieron las dos votaciones más altas. En este caso se trata de Jovenèl Moïse, candidato apoyado por el presidente Martelly y su partido Tèt Kale que consiguió 511.992 votos (32.8%), y Jude Celestin, quien obtuvo 394.390 votos (25.2%) por el partido Liga Alternativa por el Progreso y la Emancipación Haitiana (LAPEH, por sus siglas en francés). Celestin es el mismo a quien el CEP le vetó su participación en la segunda vuelta de las presidenciales del 2011.

Una vez se hicieron públicos estos resultados, la tensión política que había merodeado la cotidianeidad de los haitianos, estalló. Los candidatos en contienda no tardaron en salir a dar sus primeras declaraciones. Jovenèl Moïse en un primer momento celebró su paso a la segunda vuelta pero poco después presentó su desacuerdo con los resultados, señalando que estaba seguro que había obtenido los votos necesarios para ser elegido presidente sin necesidad de una nueva ronda electoral. Celestin, quien había aparecido con la mayor intención de voto en las encuestas de los últimos meses y desde el principio de la campaña había denunciado irregularidades en la financiación de la campaña de Moïse, se pronunció reclamando el reconteo de los votos para que se solucionaran todas las dudas de fraude electoral que han merodeado este proceso. Declaraciones similares fueron emitidas por los candidatos Jean-Charles Moïse  del partido Pitit Desalines y Maryse Narcisse por el partido Fanmi Lavalas, quienes ocuparon el tercer y cuarto lugar, respectivamente. A su juicio, los resultados son un engaño orquestado por Martelly para mantenerse en el poder, ya que Jovenèl Moïse es una figura política recientemente creada por el actual gobierno. Se convirtió en un personaje público y respetado a partir del 2012 gracias al apoyo que el gobierno de Martelly dio a su proyecto de plantación de banano en el norte del país. A la fecha es el proyecto agrícola más grande del país (1000 ha) y el primero que consigue exportar bananos haitianos a Europa en 50 años. Inconforme con los resultados, Jean- Charles Moïse no dudó en llamar a sus seguidores a una “revolución pacífica” para impugnar la victoria de “banana man”, apodo por el que se conoce a Jovenèl Moïse. Narcisse, candidata por el partido del antiguo presidente Jean Bertrand Aristide, afirma que los resultados de estas elecciones son inaceptables.

Barricadas/Fuente: Últimas Noticias

Los partidarios de Celestin, Jean-Charles y Narcisse salieron a las calles y protagonizaron desórdenes que incluyeron la quema de neumáticos en diferentes lugares de Puerto Príncipe. Los manifestantes reclamaban que la CEP rectificará los resultados y acabara con el fraude electoral. La CEP, por su parte, se encuentra dividida y de sus nueve miembros sólo siete firmaron los resultados presentados el 5 de noviembre. Al parecer, las repetidas denuncias de fraude que han marcado el proceso han roto el conceso al interior del organismo creado de manera provisional para celebrar estos comicios, bajo el amparo del artículo 289 de la Constitución de 1987, el cual preveía la creación de ese organismo provisionalmente mientras se establecía el Consejo Electoral Permanente. Casi 30 años después, ese consejo electoral no existe y, por ello, su composición ha de negociarse permanentemente cada vez que se quiere celebrar un proceso electoral en Haití.

Las alegaciones sobre irregularidades en el proceso electoral a las que ha debido hacer frente la CEP son múltiples y definitivamente han mermado la legitimidad de los resultados. Las acusaciones incluyen irregularidades en el transporte de los votos que permitieron el reemplazo de las urnas utilizadas durante la jornada por urnas alteradas que fueron distribuidas en ambulancias, la quema de papeletas con votos que favorecían a la oposición y quizás la más evidente de todas fue la entrega no controlada por parte de la CEP de pases de acreditación para los delegados de los partidos (mandataires). Los pases están diseñados para que los delegados puedan acceder a las áreas de votación y garantizar la imparcialidad de los funcionarios electorales encargados de las mesas. Pero el reparto no regulado de dichas acreditaciones se convirtió en una excelente herramienta para alterar los resultados de las elecciones. Cada uno de los 54 candidatos recibió más de 13.700 pases, un número que les permitiría tener delegados en cada mesa de votación del país. No obstante, la mayoría de los candidatos se apoyaban en frágiles y efímeras “estructuras” partidistas, así que no contaban con las herramientas logísticas ni los recursos económicos para tener delegados en cada mesa [1]. Por ello, según denuncian los partidos de la oposición y observadores locales, muchos partidos no tuvieron reparo en vender al mejor postor sus pases, mientras que otros directamente actuaron desde el principio del proceso como partidos fachada para favorecer al partido de gobierno con los beneficios otorgados por la CEP. De este modo, el sistema para monitorizar la transparencia de las elecciones devino en un dispositivo en el mercado negro de la compra de votos, ya que según la legislación haitiana los mandataries pueden votar en donde quiera que se encuentren sin necesidad de corroborar su inscripción en la lista electoral. Los observadores locales registraron que no en todas las mesas se puso la marca de tinta indeleble en los dedos de quienes ejercían su derecho al voto, permitiendo que varios mandataires votaran varias veces en diferentes mesas.

Aunada a estas denuncias de fraude el día de las votaciones, tras conocerse los resultados para la segunda vuelta, los candidatos de la oposición han comenzado a llamar la atención sobre la baja credibilidad de la labor desarrollada por el Centro de Tabulación Central, lugar en el que se introducen al sistema los resultados arrojados por las actas electorales de todo el país. Los reclamantes afirman que allí también se pueden alterar los resultados generales dado que los observadores locales e internacionales sólo tienen presencia en las mesas de votación. En el proceso aparentemente técnico de tabulación no se cuenta con ningún sistema de control aunque éste sea el lugar en el que se definen a los ganadores de la jornada, es decir, un escenario altamente político en un país que no cuenta con un sistema electoral estable ni institucionalizado. La posibilidad de “fuga” o desaparición de votos en la tabulación no es entonces un asunto menor en este contexto.

Jovenèl MoÏse se presenta a sí mismo con un perfil muy similar al que manejó Michel Martelly en su campaña presidencial de 2010-2011, un hombre joven y ajeno al mundo de la política tradicional (Martelly era cantante, Moïse es agricultor), capaz de renovar sus viejas y desgastadas estructuras. No obstante, recabando en la historia, ninguno de los dos ha sido completamente ajeno a la política. Moïse ha sido presidente de la Cámara de Comercio del Noroeste y Secretario General de la Cámara de Comercio de Haití, mientras que Martelly tiene una relación de vieja data con el Duvalierismo, tal como quedó confirmado cuando aseveró tras el retorno del exdictador Baby Doc al país: “estoy dispuesto a trabajar con cualquiera que haya servido a la dictadura de los Duvalier”.

Siguiendo la historia política haitiana de los últimos 30 años, así como un número importante de conversaciones que he sostenido off the record tanto con defensores de derechos humanos como con ciudadanos haitianos, lo que subyace a las oleadas de proliferación de partidos y candidatos son las redes del poder creadas, de una parte, por el Duvalierismo y, de otra parte, por Aristide. Las primeras más cercanas a las élites haitianas y a las disposiciones económicas y políticas de la comunidad internacional sobre Haití; las segundas más próximas a un proyecto político propio y las clases menos favorecidas. Por supuesto, esta descripción obedece a tipos ideales que simplifican el contexto. En la práctica los movimientos de estas dos fuerzas son mucho más complejos navegando en el flujo de intereses que circulan en Haití. En todo caso, si aceptamos como válida esta hipótesis, bien podríamos decir que la elección de Moïse como sucesor de Martelly, no significa una ruptura con la “vieja clase política” del país sino la continuación en el gobierno de la misma estirpe pero con otros apellidos y en un contexto internacional que ya no fija sus intereses en Haití como un aliado para frenar la expansión comunista, tal como aconteció durante el gobierno de Papa Doc, sino que apuesta por obtener ventajosas prerrogativas para el capital transnacional. Los principales proyectos a los que han destinados las ayudas para la reconstrucción post-terremoto, como el parque industrial Caracol [2], cuyas características siguen los lineamientos establecidos desde el 2009 en un informe elaborado por Paul Collier para las Naciones Unidas, son una buena muestra de ello.

Por ahora, será necesario esperar hasta la primera semana de diciembre, momento en el que la CEP publicará los resultados definitivos de los escrutinios, una vez haya analizado las reclamaciones que han debido presentarse entre el 5 y el 8 de noviembre por los candidatos a la Presidencia. Las expectativas de los cambios que puedan aparecer en ese informe son bajas, teniendo en cuenta los antecedentes en contiendas electorales anteriores. Ateniéndonos a los datos publicados por el CEP, la cifra de participación total se instala en el 26%, lo cual no sólo evidencia la apatía y desconfianza de la población haitiana frente a los procesos electorales sino que pone de relieve cómo los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta han sido elegidos por menos del 10% de la población habilitada para votar, pues tomando como base el censo electoral vigente (100%), Moïse recibió el 8.7% del total de votos posibles y Celestin el 6.7%.

Este sombrío panorama post-electoral no parece ofrecer razones suficientes para refutar el índice democrático publicado en el 2014 por la Unidad de Inteligencia Económica (Economist Intelligence Unit) en el que se examinaron los regímenes democráticos de los países de América Latina y el Caribe con base en cinco categorías: procesos electorales y pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, participación política y cultura política.

Fuente: (El País, agosto 2015)

De acuerdo con los resultados arrojados por esta evaluación que otorga un puntaje de ocho a cero a cada país, siendo ocho la calificación para una democracia plena y a partir de cuatro la calificación para regímenes autoritarios, Haití obtuvo un puntaje de 3,82 que, según los términos del estudio, significa que “el pluralismo político está ausente o fuertemente cercado. (…) Las elecciones, de haberlas, no son libres ni justas. (…) no existe un poder judicial independiente”.

Más allá de los índices y de las cifras, lo que queda una vez más demostrado es que la democracia es un gran artificio que para funcionar requiere del establecimiento de una serie de dispositivos legales, tecnológicos, institucionales, educativos, culturales y administrativos bien ensamblados. En ausencia de ellos, las votaciones se convierten en meros rituales en los que se “purifican” las elecciones pero que de ninguna manera aportan en la construcción democrática. No resulta extraño, entonces, que todos los participantes en la reciente contienda electoral se sientan defraudados y estimen las barricadas como un mecanismo conveniente para manifestar su descontento frente a lo que llaman “golpe de Estado electoral”. Así las cosas, parece que fuera cual fuese el resultado, el inconformismo seguiría existiendo. Es decir, el problema no son los resultados o no son sólo los resultados, sino la desconfianza generalizada en la fragilidad de las instituciones democráticas haitianas.

 

Por Laura Moreno Segura

Barcelona, noviembre 11, 2015.

 

[1] El frágil sistema de partidos existente en Haití sufrió un fuerte embate a su estabilización política e institucional tras una reforma promovida por el gobierno de Martelly en abril de 2013, que redujo de 500 a 20 el número de miembros necesarios para formar un partido político. Ello potencializó la atomización que ya caracterizaba al sistema político haitiano (150 partidos se presentaron para las elecciones legislativas) y favoreció la aparición de partidos fachada en estas últimas elecciones.

[2] Ubicado en la misma región en la que ha florecido la producción bananera de Jovenèl Moïse.

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