El tren que perdimos

No se trata del ferrocarril transoceánico; es otro el que estamos perdiendo: el de la Alianza del Pacífico, cuyo objetivo es establecer un ámbito para la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas, en un proyecto de integración regional. Sobre la base de conveniencias mutuas, los países integrantes de esta Alianza resolvieron en el año 2011 crear una alternativa para avanzar efectivamente en la integración. Esta es la política integracionista de países quetienen, en conjunto, el 40% de la población, el 37% del PIB, el  50% del comercio total y atraen el 45% de la inversión extranjera directa de América Latina. Y está avanzando. Hay importantes compromisos en un esquema de “libre comercio y una inserción efectiva en el mundo globalizado, aun en momentos en que la economía internacional (…) impone nuevos retos”.

En la X Cumbre de la Alianza del Pacífico que concluyó el pasado 3 de julio, en Paracas, Perú, los presidentes de Chile, Colombia, México y Perú, expresaron su beneplácito por la entrada en vigor –el 20 de este mes– del Acuerdo Marco de la Alianza y afirmaron que para un mayor crecimiento y desarrollo, competitividad y diversificación de las corrientes de comercio e inversión, se requiere “el establecimiento de reglas claras y un marco jurídico previsible para los agentes económicos”, además de los acuerdos ya alcanzados en desgravación, eliminación de visas y, sobre todo, el impulso al comercio recíproco y con países de Europa y Asia.

 

Entre tanto, el empantanado Mercosur, que reúne a Brasil, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela, se ahoga en diferencias y cuestionamientos internos que conspiran contra su éxito. Una de esas diferencias es la tozuda reticencia del gobierno argentino a negociar un acuerdo de libre comercio entre el bloque y la Unión Europea.

A este Mercosur se unirá Bolivia: mañana, 16 de julio, será aceptada formalmente por la cumbre del bloque, en Brasilia; pasará de asociado a miembro pleno, mientras su Gobierno proclama las diferencias ideológicas con los gobiernos de los países que conforman la Alianza. Es más: hay animadversión manifiesta que llega al agravio: “Los presidentes de la Alianza del Pacífico son lacayos del imperialismo”, dijo el presidente Morales el 13 de octubre de 2014.  La amistad se pierde con una sola torpeza, y solo se la recobra con esfuerzo y muestras de enmienda que aún no se advierte.

¿Habremos abandonado la afortunada definición de don Fernando Guachalla: “Bolivia, es un país de contactos y no de antagonismos”?

Marcelo Ostria Trigo
El Deber (Bolivia), julio 15, 2015

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