El retorno de lo superado

Publicado en: Análisis, Argentina, Populismos | 0

Los acontecimientos de las últimas semanas producen vértigo, y el vértigo hace muy difícil el análisis y la comprensión de cuanto ocurre. Por eso mismo, es importante distinguir los distintos aspectos de los acontecimientos que convocan nuestra atención. Por un lado, la denuncia del fiscal muerto y, en ella, dos cuestiones de naturaleza igualmente distinta: la jurídica y la política. Así como parece haber cierto “consenso experto” acerca de la débil consistencia jurídica de la denuncia de Nisman, ella vuelve a introducir brutalmente la razón política que estaba presente detrás de la firma de un memorandum del que siempre supimos que no estaba motivado por la voluntad de verdad –y mucho menos de justicia- sino por razones espurias, intereses no explicitados, motivos oscuros: la denuncia introduce un argumento especialmente poderoso, que ratifica la convicción de una parte muy importante de la sociedad que nunca convalidó el acuerdo con Irán. El juicio de la razón política necesita pruebas de una calidad diferente que el de la razón penal, y la denuncia de Nisman contribuye a dar fundamento a quienes sabíamos que el gobierno había traicionado –una vez más, pero en un asunto de una gravedad inmensa- la confianza pública y muchos de los principios básicos de la democracia y de la vida cívica.

La muerte de Nisman, que sin duda es resultado de su denuncia, es también la introducción de algo nuevo –o la reaparición de algo supuestamente desterrado- en la política argentina. Si la denuncia puede ser comprendida como un paso más de la degradación de una cultura pública que ya nos resultaba conocida (la corrupción, la puesta al servicio de intereses particulares de los recursos y dispositivos del Estado, la contaminación de la esfera pública por la acción de personajes siniestros), su muerte articula una gramática que el retorno de la democracia había expulsado de nuestra sociedad: la gramática con la que se enuncia la relación entre política y violencia o, más precisamente, entre política y muerte.

Las consecuencias de lo ocurrido nos resultan todavía incomprensibles e indescifrables; estamos ante una situación inmensamente fluida, y sus contornos dependerán de las conductas de los actores implicados. Hasta el momento, nada indica que los gestos y las decisiones del poder estén orientados a investigar rápida y transparentemente tanto la denuncia del fiscal como su muerte. Las declaraciones de la Presidenta en “cadena nacional” –y la puesta en escena que les dio marco- no son un indicio de la voluntad de conocer la verdad sino, muy por el contrario, una confirmación de que Cristina Fernández abandonó, quizá definitivamente, su función institucional. Ahora, todos pueden opinar, en el tono y con la solvencia de quienes participan en una reunión de comadres, de las murmuraciones, los chismes y la vida de los otros (y, claro, también de la muerte de los otros).

Podría pensarse que estos hechos ponen en riesgo la cultura republicana en nuestro país. Sería un exceso: la cultura republicana ha sido la gran ausente de la escena pública, a pesar del esfuerzo que el primer gobierno posterior a la dictadura ha hecho para comenzar a construirla. De cierto modo, es la falta de republicanismo, la falta de control popular y ciudadano del poder la que provoca estos acontecimientos, y no éstos los que deterioran aquella cultura.

Si el poder no cambia radicalmente su actitud –y si la sociedad civil no reacciona a la altura de las exigencias de la hora-, el vértigo al que nos sometió este mes de enero se convertirá en el estrépito de la destrucción de nuestra precaria democracia.

Alejandro Katz, Socio del CPA

Revista Ñ, Clarín, 31-1-15

Dejar un comentario