El Presidente ya es inmortal

El último discurso a la nación del Presidente plantea un enorme problema: situar el punto exacto desde donde él habla. Rafael Correa está en esa dimensión mítica que se superpone a la realidad. Él lo dijo: su revolución ya es una leyenda. Su vida no es suya. Es del pueblo y de la patria. Él ya no es él. Es todo un pueblo. En definitiva, él ya entró a la inmortalidad con los ojos abiertos.

Tal proeza está reservada, naturalmente, a los muertos porque en vida, como decía Adriano, “siempre hay alguien que nos culpa de nuestras debilidades”. Y Correa, si las tuviera, no tolera que se las señalen. ¿Pero cómo interpretar el discurso del 24 de Mayo, pues él ya efectuó aquello que los alquimistas llaman “la fase de separación y la disolución de la sustancia”: él ya no es persona. Es un mito. Un arquetipo ideológico destinado a poblar los imaginarios del país y a vagar sin trabas por las páginas de la historia. ¿Cómo asumir su pensamiento desde esos parajes de la inmortalidad desde los cuales mira el país, la política, su eterno poder, su gloria, sus adversarios y críticos?

Marguerite Yourcenar prestó su maravillosa pluma para que Adriano, el emperador romano, reflexionara sobre el poder, sobre sí mismo, sobre la condición humana. Un gigantesco trecho separa a Correa de Adriano; ese esteta que se sentía “responsable de la belleza del mundo”. Ese ser apegado a los libros, a los pensadores y, sobre todo, a los poetas. A Ovidio, Horacio, Quinto Ennio, Lucrecio, Hesíodo… Adriano fue un humanista, un gobernante que, en el siglo II, buscó la concordancia entre él, la política, el universo.

De Correa, íntimo, poco se sabe. Algo de su sicología proyectiva. Algo de sus desdoblamientos. Algo de su inconmensurable amor al poder. Algo de esa vanidad pueril que, sin conciencia ante la tragedia de sus propios vicios, transforma en prepotencia desenfrenada. ¿Qué lee Correa que solo cita a cantantes? ¿Reflexiona sobre sí mismo con la distancia que impone el infausto e inevitable sentimiento de finitud?

Un rasgo –uno– lo une a Adriano: sentirse inmortal. Marti, Sucre, Lincoln, Alfaro… Esos nombres volvieron en su discurso. No los cita como referentes. Son sus pares. Correa asume que vive en la era sublime de gestas libertarias, en un mundo diminuto y mezquino donde ya se ha labrado un puesto en el panteón de la historia, al lado de los próceres.

Entre él y Alfaro no aparece nadie en su discurso. Nombró a Jaime Roldós. Pero lo hizo de paso, como un intento histórico que una extraña muerte cegó. Después de Alfaro y hasta él, no hay nadie. No hay nada. Bueno sí, una noche neoliberal que es el lema que ha querido adosar a la memoria nacional. Que no se ofenda pero lleva años repitiendo lemas, lugares comunes, frases hechas. Como si su destino incluyera darse vueltas en la misma baldosa. Cada año, por esta fecha, solo suma algún ejemplo o renueva alguna ocurrencia.

Este año volvió a presentarse como la fortaleza asediada por gente que lo critica. O que aspira a reemplazarlo en el poder que la historia diseñó para él. Para él y una aristocracia de elegidos, prototipo de virtudes. Los otros son escoria. Y por un momento, imaginándolo en la cima de la inmortalidad se entiende que desprecie a aquellos que, sabiendo que la historia no repasa los platos, encuentran en su leyenda un denso y penoso viso de déjà vu.

Pobres seres. Gusanos los llaman los castristas. Escuálidos los chavistas. Correa dice “esa gente, los mismos de siempre”. No los nombra, los perfila. No son demócratas que piensan diferente. Son amigos del Plan Cóndor montado por las cúpulas regímenes dictatoriales. Defensores de poderes fácticos y de Pinochet. Auspiciadores de golpes de Estado. Nostálgicos del feriado bancario. De los cenicerazos. De los chantajes. Del poder financiero. Del hombre del maletín. Los sufridores son aliados de esos seudoperiodistas que orquestan todo aquello. Porque, claro, esos periodistas que no controla, son piñones de la maquinaria ideológica de esa gente, de los mismos de siempre…

Correa, trepado en la inmortalidad, escribe así la historia: olisqueando en las alcantarillas y poniendo en la congeladora hasta el mínimo sentido de la decencia intelectual. ¡Qué más da, él no es Adriano! Él amalgama los hechos de tal forma que no perturbe la única verdad que este año –que cada año desde hace ocho– necesita reafirmar: que este mundo, atestado de misterios, es más simple de lo que parece. Se divide en dos: explotadores y explotados; esclavistas y esclavos; dictadores y demócratas; dominadores y dominados. Y que él, por un extraño designio de los dioses, está del lado correcto de la Historia. Con H. Como lo están Óscar Arnulfo Romero, Abraham Lincoln, Eloy Alfaro… Jesús.

Ellos figuran en su discurso como piezas predecibles de una generosa analogía. A ellos también les dijeron locos, fanáticos… ¿Les suena familiar? Y luego, sin forzar el trazo, desvela la tarea que la historia le impuso: confrontar con los de siempre… los amigos de Pinochet. Los protectores de esa prensa diabólica que se obstina en arañar el retrato de prócer que él ya se talló.

Es simple, es directo y, según sus sondeos, es efectivo. Tanto lo es que Correa lo dice y lo repite. Lo dicen y lo reiteran todos aquellos que, en su partido, se han prohibido pensar. Con aplaudir basta. Felices hasta las lágrimas de hacer parte de una leyenda, de un mito hecho realidad que nunca pensaron poder contemplar con sus propios ojos.

¿Cómo no confrontar con esos seres minúsculos, ineptos para la trascendencia, que se obstinan en criticar el curso irrefrenable de la historia? Por un momento el Presidente, recupera uno de los sentidos de la democracia; el disenso. Pero lo hace para otorgarse un derecho más. El de confrontar. La teoría de ese nuevo pasaporte hacia la intolerancia la explaya en dos tiempos. El primero es un llamado a sus huestes a no sucumbir ante los cantos de sirenas de aquellos que piden diálogo, apertura… “Negar el conflicto es aceptar el dominio sin disputarlo”. “La democracia del consenso es una posición conservadora”. “Negar el disenso (es) presuponer acuerdos que no están dados”. “La política de la Revolución Ciudadana no puede ser ambigua ni amorfa”.

El segundo es para mostrar que un prócer no descansa. ¿Cómo podría hacerlo si confronta “para que no mueran ciudadanos a las puertas de los hospitales”, “para que los familias permanezcan unidas y sus miembros no emigren”, “para que nunca más existan feriados bancarios”, “para que los niños tengan un futro digno de alegría, de esperanza”… Ante un embate de bondad parecido, ¿cómo no exigir que los aparatos de la inquisición muestren más vigor ante los mismos de siempre?

Entonces, él suelta lo que faltaba: hay que elevar el nivel del debate político porque, ¡qué miseria de criticas! El dueño del poder no es él sino la nación. La ciudadanía controla la Revolución Ciudadana. Ellos son la izquierda moderna. Aquí no hay estatismo. Aquí no hay paternalismo. Aquí nadie tolera la corrupción… De hecho, hay tan poca corrupción que los únicos casos los ha denunciado su gobierno. La parte bonita, con pedido de perdón, la hizo él. Para el resto están Glass y Mera. Una cabeza rodó. Una anécdota más. Solo eso.

La dosis de falacias estuvo fuerte, pero los elegidos pidieron a rabiar reelección. Quizá así ve el Presidente el país y su gobierno desde las cumbres de la inmortalidad. Al fin y al cabo él no es Adriano, lector de poetas y humanista que quería hacer del Estado una máquina para servir a los ciudadanos, no para triturarlos.

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, mayo 28, 2015.

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