El legado kirchnerista: un Estado débil

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El largo debate sobre el “kirchnerismo” y su legado ha generado evaluaciones llamativamente contrapuestas. Lo que para unos es “la década ganada” para otros es la “década perdida” o, en el mejor de los casos, “desperdiciada”.

 

Acercándonos al fin de los tres mandatos de Néstor y Cristina Kirchner, se impone un balance intelectualmente honesto, basado más en el análisis académico y la evidencia empírica que en la ideología o el interés. No es una tarea para “intelectuales militantes” (con perdón del oxímoron), ni tampoco para quienes rechazan irreflexivamente todo lo hecho durante estos doce años.

 

Así, se advierte la persistencia de un estado débil, carente de una visión estratégica y con escasa capacidad para promover políticas coherentes y efectivas que permitan revertir las persistentes deficiencias económicas, sociales y políticas que sufre nuestro país.

 

Se trata de un estado más efectivo, por ejemplo, en aliviar necesidades materiales apremiantes en los sectores bajos, que en la más compleja tarea de desarticular –aprovechando la abundancia de recursos económicos del período– la desigualdad estructural que excluye a millones de argentinos.

 

Este diagnóstico no deja de reconocer avances, por ejemplo la constitución de una Corte Suprema profesional e independiente, el fortalecimiento del marco regulatorio del mercado laboral o la introducción de las PASO.

 

También se deben valorar ciertas islas organizacionales que mejoraron sus capacidades y rendimientos (el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, la AFIP o los programas Nacer y Remediar, entre otros).

 

Estos logros están lejos de modificar una situación caracterizada por bajos niveles de profesionalización, pobre coordinación entre sectores del estado, y una débil rendición de cuentas.

 

El déficit estatal tendió a agravarse en áreas clave, ya sea por omisiones, políticas erróneas o decisiones deliberadamente apuntadas a debilitar al estado (por ejemplo la intervención del INDEC y la sistemática adulteración de las estadísticas públicas).

 

Este diagnóstico resulta paradójico dado el potente discurso kirchnerista en favor de lo estatal y lo público. Llaman especialmente la atención las deficiencias en el área de regulación económica y promoción del desarrollo. Por ejemplo, pese a la insistente retórica sobre “monopolios” y “grupos concentrados”, el gobierno nunca creó el Tribunal Nacional de Defensa de la Competencia que le ordenaba una ley de 1999, al tiempo que mantuvo irregularmente intervenidos y burocráticamente débiles a los entes reguladores de los servicios públicos.

 

El área donde quizás con más claridad se manifestó la endeblez de un estado supuestamente “desarrollista” fue el comercio exterior. El creciente proteccionismo fue implementado en forma extremadamente discrecional por la Secretaría de Comercio Interior, de escasísimas capacidades burocráticas y manejo abiertamente político.

 

La desvergonzada arbitrariedad con la que el funcionario emblemático del área, Guillermo Moreno, asignaba o denegaba permisos, ilustra el rechazo de los Kirchner por las reglas claras, los procedimientos previsibles y las burocracias profesionales.

 

Que luego de 2003 la fragilidad del estado argentino haya persistido, y en algunos aspectos importantes empeorado, resulta especialmente decepcionante.

 

Néstor y Cristina Kirchner contaron, en sus gestiones, con tres condiciones muy favorables para construir estatalidad: 1) mantuvieron siempre un firme liderazgo político, respaldado por mayorías o primeras minorías en el Congreso, 2) contaron con recursos fiscales sin precedentes provenientes del crecimiento, del boom de los commodities y de la creciente presión tributaria, y 3) ejercieron el poder con un intenso (y muy popular) discurso de revalorización de lo público.

 

Los argentinos, sin embargo, seguimos financiando un estado que provee servicios de baja calidad y que está minado por la corrupción, las prebendas de los empresarios “amigos”, la influencia del crimen organizado y la acción de funcionarios “militantes” de discurso idealista y práctica realista.

 

El intenso uso político que Néstor y Cristina Kirchner hicieron del aparato civil y militar de inteligencia, y que sean Stiuso y Milani las figuras que marquen los meses finales del kirchnerismo son datos altamente simbólicos.

 

El actual debate público post-Nisman deja en claro que aún si el país dejó atrás las peores prácticas del terrorismo de estado, se conservan rasgos de un estado policial en los que las agencias de inteligencia pueden hoy espiar y “carpetear” a los ciudadanos por órdenes de la presidencia y mañana independizarse de esa misma presidencia.

 

Dados los pobres antecedentes del país en la materia, no deberíamos esperar ingenuamente que un nuevo gobierno acometa graciosamente la tarea de construir un estado sólido, efectivo, competente y transparente. Que los vicios que atraviesan nuestra estatalidad se hayan consolidado luego de la crisis de 2001-2 es enormemente aleccionador.

 

Carlos Gervasoni y Enrique Peruzzotti (CPA)

Clarín, 11/03/2015

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