El difícil tiempo nuevo

Estas PASO comenzaron a delinear el nuevo mapa político del país. Está claro que hay un candidato oficialista que revalida sus aspiraciones presidenciales; qué significa esa candidatura es uno de los interrogantes del momento. En cuanto al panorama opositor, es aun menos claro. Tal vez lo que realmente sucede es que la sociedad está buscando, a través de pasos tentativos, el camino de salida del largo ciclo kirchnerista que la misma sociedad eligió y convalidó.

El ciclo kirchnerista que está concluyendo se dibuja como una gran curva hiperbólica a través de 12 años. Empezó en 2003, cuando la sociedad aceptó a un presidente ungido con pocos votos y lo respaldó en su propuesta de salir de la crisis abriendo una etapa política nueva con nuevos contenidos de políticas públicas. El kirchnerismo se propuso entonces rehacer el mapa político vigente a través de una megacoalición entre partes del peronismo y aliados “transversales”, que fueron buscados por todos lados, de izquierda a derecha. Por ese camino avanzó hasta donde pudo –y pudo bastante–; cuando no tuvo otra alternativa se reperonizó hasta que, ya en el cenit de su ciclo (Cristina obteniendo el 54% de los votos en 2011) terminó siendo una coalición típicamente interperonista. Perdió gran parte de los aliados transversales (sólo le quedan Zamora, Sabbatella, un intrascendente Leopoldo Moreau  y poco más). Ahora no tiene otra opción que adaptarse a estas nuevas realidades. La Cámpora, el mayor intento de crear una estructura para controlar esa coalición, no le alcanza ni para ganar en su distrito de origen, Santa Cruz. La hipérbole comenzó su tramo descendente y tocó piso en 2013. Allí aparece Scioli como el referente que puede representar a un kirchnerismo reintegrado al conjunto de la sociedad. Sólo él y dirigentes provinciales con su mismo perfil pueden aspirar a mantenerlo vigente en el nuevo orden.

Del lado de lo que se ha definido como oposición quedan dos coaliciones principales. Salpicando a ambas hay retazos del viejo tronco radical.

¿Cómo entender el fenómeno de estas nuevas coaliciones sin identidad, a las que el común de los ciudadanos sólo identifica por el nombre de sus máximos dirigentes? Análisis simplistas encasillan al PRO como una reedición de la antigua “derecha” argentina. La geografía electoral puede avalarlos en parte, pero la realidad no es la misma. El PRO es un emergente de esta sociedad que en 2001 empezó a buscar nuevas opciones y que ahora parece empezar a sentirse cómoda con las que se le ofrecen. Massa es una de las tantas partículas de la coalición kirchnerista que se fueron desprendiendo del tronco, en paralelo en el plano de los dirigentes –que hoy se encuentran en todos los espacios– y de los votantes –que bajaron de 54 a 33% y ahora están, Scioli mediante, en 39–. Es indudable que el Frente Renovador está tan cerca y tan lejos de la alianza Cambiemos como de la oficialista. Los dirigentes que el último año abandonaron sus filas se dirigieron, en partes iguales, al PRO y al Frente para la Victoria.

Los miembros de esas tres coaliciones mayores se entienden unos con otros. Se reconocen porque se conocen. Muchos de quienes están hoy de un lado estuvieron ayer del otro lado. O saben que pudieron haber estado. Algunos no, por cierto, pero no son lo que hoy marcan los pasos.

Es muy probable que el próximo presidente de la Argentina sea Daniel Scioli. Menos probable –pero no imposible– es que sea Mauricio Macri. Es casi imposible que sea Sergio Massa. Los tres tienen mucho por hacer: pilotear sus propias coaliciones difíciles, ocuparse de la elección en algunas provincias complicadas –empezando por la más grande y más complicada de todas, Buenos Aires– e ir pensando en liderar la política en los difíciles años que vienen. En esta nueva etapa del proceso argentino los tres serán protagonistas.

Manuel Mora y Araujo, Socio del CPA

Perfil, 16-8-15

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