El Chapo Guzmán y el narcotráfico mexicano

ChapoGuzman

Se llama Joaquín Guzmán Loera. Le dicen “Chapo” por su baja estatura. Es el jefe del cartel de Sinaloa. Para más de un observador, el hombre más poderoso del narcotráfico en México y el heredero de aquel otro mito del narcotráfico: el colombiano Pablo Escobar. Guzmán hoy es un mito, un mito perverso si se quiere, pero mito al fin. Más de veinte “narcocorridos” evocan sus hazañas reales o imaginarias. Los “corridos” en su tiempo hicieron famoso a Pancho Villa y a Emiliano Zapata. Hoy, hacen famosos a los narcotraficantes. Lo que se dice un cambio de época. No sé si de valores, porque me da la impresión de que los mismos personajes que se hacían matar en nombre de una revolución que nunca existió, no son muy diferentes de quienes se hacen matar hoy en nombre de una causa más innoble pero, para la mitología popular, causa al fin.

El Chapo Guzmán nació en 1954 en la localidad de La Tuna, modesto poblado del Estado de Sinaloa. Conoció los rigores y las humillaciones de la pobreza y aprendió pronto que la única manera de salir del barro era con una pistola en la mano y con astucia, con mucha astucia. No le fue mal. En la década del ochenta, Guzmán era uno de los lugartenientes de quien fuera el zar de la droga en esos años: Miguel Ángel Félix Gallardo. A su muerte -los narcotraficantes, según dice el cancionero, mueren jóvenes-, organizó su propio cartel en Sinaloa mientras que los hermanos Arellana Félix, sobrinos de Gallardo, creaban el cartel de Tijuana.

Los liderazgos en el universo del narco se ganan y se pierden a los tiros. Guzmán y los Arellana Félix no fueron la excepción. No tenían por qué serlo. Cuanto más pública y notoria es la balasera más famoso es el jefe. El 24 de mayo de 1993 las dos bandas se enfrentaron a tiros en el aeropuerto de Guadalajara. Las crónicas hablan de siete muertos, pero uno de los muertos era, nada más y nada menos, que el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, quien había llegado al aeropuerto para recibir al nuncio apostólico. El asesinato de un cardenal de la Iglesia movilizó a las autoridades y el Chapo fue a dar con sus huesos a la cárcel.

En la prisión de Jalisco estará ocho años. Las autoridades pensaron que el Chapo Guzmán Loera había pasado a la historia. Una vez más se equivocaban. El 19 de enero del 2001 se fugó y hasta el día de hoy sigue siendo un misterio cómo lo hizo y con quién lo hizo. Desde esa fecha a la actualidad es el narcotraficante más buscado en el mundo. No concluyen allí sus récords. También es el narcotraficante más rico del mundo. Por lo menos así lo considera la revista Forbes que el año pasado lo ubicó en el puesto 41.

Mientras tanto, el negocio de la drogas definitivamente se trasladó a México. La caída de los carteles colombianos de Cali y Medellín obligaba a una reestructuración geográfica del negocio. Hoy, el ochenta por ciento de la droga que llega a Estados Unidos proviene de México. El precio que paga la nación por este honor es alto: más de cinco mil muertos el año pasado y una creciente corrupción política y estatal.

Mientras tanto, desde la clandestinidad, Guzmán no sólo reconstruyó su poder sino que lo transformó en el más eficaz y sanguinario. Los ajustes de cuentas y las ejecuciones a civiles, policías y narcos de bandas rivales se cuentan por centenares. No la saca barata. El 8 de mayo del 2008, su hijo de 22 años fue ejecutado en la localidad de Cualiacán por el narco Ismael Zambada. Un hermano, un primo y un sobrino corrieron la misma suerte. Su segunda mujer, la que más amó y la que lo acompañó hasta en la cárcel, Zulema Hernández, fue muerta después de un largo tiroteo en la vía pública. Cuatro miembros de su familia están en la cárcel y no hay noticias de que puedan recobrar la libertad.

No obstante, el hombre continúa haciendo de la suyas. Ostentoso, fanfarrón, generoso, temerario, sus acciones se comentan en los diarios y son relatadas por los cantores populares. Una noche ingresó en uno de los comedores más distinguidos de Ciudad Juárez. Setenta hombres armados reducen a los comensales y les sacan los celulares. El Chapo se presenta, les explica que se queden tranquilos y sigan cenando. Los hombres armados hasta los dientes vigilan. El Chapo cena con su mujer. Él también está armado y la AK 47 bañada en oro descansa sobre la mesa. Cuando termina de cenar se retira no sin antes saludar a los comensales. Todos respiran aliviados. Pero el alivio es más grande cuando el dueño de local les informa que el Chapo había pagado todas las cuentas.

Francis Coppola seguramente hubiera dado varios años de su vida para filmar la siguiente escena. La protagonista es una hermosa mujer de 18 años. Se llama Ema Coronel Aispuro. En noviembre de 2006, se anuncia que para febrero de 2007 se elegirá la reina de la belleza de Canelas. Hay cuatro candidatas. Una de ellas es Ema que, todos lo saben, es pretendida por el Chapo.

Según la tradición, durante dos meses las candidatas realizan un conjunto de actividades promocionales para ganar votos. La fiesta más importante se hace en Canelas el 5 de enero de 2007. A este pueblo sólo se puede llegar en moto. A primera hora de la mañana llegan 200 motos manejadas por hombres armados. Casi a la misma hora, descienden tres aviones. En uno de ellos el grupo musical “Los Canelos de Durango”, el preferido del Chapo. Sus instrucciones son precisas: tocar canciones melódicas y el corrido “Cruzando cerros y arroyos” que según los íntimos es la canción con la que el Chapo enamoró a Ema. En el segundo avión, bajan armas y más hombres armados. Y en el tercero desciende el Chapo acompañado de su lugarteniente el Nacho Coronel. Dos helicópteros vigilan desde las alturas.

La fiesta dura todo el día y se desenvuelve con absoluta tranquilidad. Las fiestas mexicanas suelen ser grandes borracherías acompañadas con alguna que otra balasera. En este caso el orden es perfecto. Nadie se sale de la línea. El Chapo ha ordenado que quiere una fiesta en paz. Por supuesto que a nadie se le ocurre desobedecerlo. Ni siquiera al borracho más borracho del pueblo.

Un mes después, el concurso de belleza le otorga el título de “miss” a Ema Coronel. En julio, Ema se casa con el Chapo. La ceremonia del casamiento se vuelve a hacer en Canelas, con algo más de discreción. Al acto religioso lo celebra un cura traído por uno de los aviones del Chapo desde Sinaloa. Como la mayoría de los narcotraficantes mexicanos, el Chapo es creyente y devoto de alguna virgen o santo.

Como se podrá apreciar, el poder de estos personajes es muy grande. Sus ejércitos no vacilan en enfrentar al ejército nacional y a la policía. Y si es necesario, a los dos juntos. En un reciente discurso, el presidente de la Nación ha dicho que la guerra contra el narcotráfico está perdida. No se equivoca demasiado. La victoria de los narcos es la victoria del dinero y de la corrupción. Los carteles manejan presupuestos superiores a más de un Estado. Cifras estimativas aseguran que el tráfico de drogas genera el ocho por ciento del comercio mundial. Con esos recursos, hay plata de sobra para comprar jueces, políticos, militares, policías y sacerdotes.

Los jefes no sólo son populares sino grandes empleadores. Organizan fiestas religiosas, patrocinan a clubes de fútbol y para muchos mexicanos, el trabajo en estas bandas es la única alternativa para salir de la pobreza. Los sicarios se inician en la adolescencia y los que sobreviven desarrollan una carrera de honores plagados de riesgos y de dólares. El oficio no es muy saludable y son muy pocos los que llegan a viejos, pero en México la cultura de la violencia y la hombría se encarga de atenuar estas prevenciones.

En un reciente escrito, Mario Vargas Llosa sostuvo que la única alternativa para luchar contra un poder que crece todos los años es la legalización de las drogas. No es el único que piensa esto. En este punto liberales e izquierdistas coinciden, mientras que los grupos religiosos más conservadores se oponen a lo que consideran una medida que aumentaría el consumo de drogas y agravaría todos los males que se pretenden solucionar.

El debate está abierto, pero a esta altura de los hechos más que debatir, hay que empezar a tomar medidas más efectivas. O resignarse a convivir con la mafia. Aceptar, por ejemplo, que en el diario local se publiquen a toda página comunicados como éstos: “La Familia no mata por paga, no mata mujeres, no mata inocentes, mata a quienes deben morir. Sépalo toda la gente”.

Rogelio Alaniz, Socio del CPA

El Litoral, 2-2-10

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