El cardenal y la libertad de prensa y religiosa

Será una ceremonia que desplegará su maravilloso ritual milenario. Ritual que por su ritmo y colorido, y también por su significado, logrará una impresionante televisación: antiquísimas tradiciones trasmitidas por moderna tecnología, algo que los católicos saben hacer muy bien. Y de esa manera marcarán la relevancia del momento, la de formalizar en sus cargos el sábado 14 a los nuevos cardenales que trabajarán con el papa Francisco. Entre ellos estará el arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla.

Siendo un país de fuerte tradición secular, la designación de Sturla es importante. El Papa le confiere una responsabilidad muy alta pese a que representa a una comunidad no demasiado grande y de relativo peso local. Hay países que tienen un porcentaje de fieles más grande con una fuerte presencia pública de la Iglesia. En cambio acá, como tantas otras cosas de Uruguay, la comunidad católica también es de bajo perfil.

La designación no sólo reafirma lo que el nuevo Papa procura sino que recae en alguien que expresa, para bien y para mal, todo aquello que es uruguayo. Por su modalidad el nuevo cardenal se ajusta a los cambios que quiere hacer Francisco, con las enormes dificultades que ello implica. Es que con el paso del tiempo, los hechos se afianzan y los dichos se acumulan. Más cuando se trata de un pontífice que habla mucho y sobre muchos asuntos.

Sus reflexiones sobre la relación entre libertad de expresión y libertad religiosa llamaron poderosamente la atención. Y si bien algunos creen que se trató de un desliz por venir de alguien que se expone demasiado, en realidad es lo que de veras cree. Fue un comentario inadecuado, inoportuno (ante el dolor que vivía Francia) y revelador de una preocupante forma de entender las cosas.

El Papa, como tantas otras personas que ocupan cargos de jerarquía, mostró su temor a lo que entiende como una libertad excesiva. Una libertad usada para marcar, vigilar y seguir a quienes, por la función que ocupan, deben tomar decisiones que generan controversia.

Dijo que la libertad de prensa es un derecho y una obligación y por eso “tiene límites”. Y fue insistente en esa idea: “No se puede provocar, no se puede insultar a la fe de los demás, no se puede burlarse de la fe. No se puede”.

Su declaración fue inadecuada, por cuanto las caricaturas que “habilitaron” a terroristas islámicos radicales a asesinar a 12 integrantes del semanario humorístico francés, no eran ni insultantes ni se burlaban de religión alguna. Apenas si mostraban a un Mahoma consternado por la radical violencia de dichos grupos musulmanes.

Es verdad que el Islamismo prohíbe ilustrar la figura de su profeta. Pero se lo prohíbe a sus creyentes, no a los demás. Es una norma que rige en los países donde las reglas religiosas son la ley. Pero no lo son en Francia y por lo tanto hay quienes consideran que está en la naturaleza de las cosas dibujar caricaturas de personajes que otros consideran sagrados.

Ahí entra en juego otro aspecto que el Papa puso sobre la mesa cuando hizo estas declaraciones en su reciente viaje a Filipinas: la tensión que hay entre dos derechos fundamentales: el de la libertad de expresión y el de la libertad religiosa.

De hecho, no debería haber tal tensión. La libertad religiosa es, en el fondo, una forma más de la libertad de expresión: una libertad para manifestar la fe que se profesa, si es que se profesa una, sin presiones desde el Estado ni desde otras religiones.

No en vano, la más clásica expresión de ambas libertades se consagra en un único artículo en la Constitución norteamericana: la famosa Primera Enmienda.

Ella es más recordada en lo que se refiere a la libertad de prensa. Pero en dicho único artículo se establece que el Congreso no podrá hacer ley alguna que restrinja la libertad de palabra y de prensa así como tampoco puede hacer una ley que establezca una religión oficial o prohíba que la gente se desempeñe libremente en el culto que eligió.

Por lo tanto, así como los musulmanes son libres de practicar su credo en estos países democráticos, la misma libertad tienen los que profesan otras religiones y también los no creyentes. Esa libertad implica que a veces unos dirán cosas que molestarán a otros. Que los que adhieren por decisión libre a una estructura religiosa se sentirán obligados a respetar sus normas. Pero ellas no valen para los demás.

Alguien puede tener genuinos motivos para sentirse insultado ante la crítica de terceros. En los países libres que respetan la diversidad de pensamiento, eso no se resuelve limitando la libertad (menos aún asesinando periodistas) sino dirimiendo cada caso concreto ante un juez.

No todas las religiones predican la importancia de respetar las diferencias y aceptar la diversidad. Se trata de un concepto liberal que no se lleva bien con aquellas confesiones sujetas a dogmas muy rígidos.

En Francia, como en todo el mundo democrático, rige el Estado de Derecho, una ley que es igual para todos, que acepta la convivencia entre gente diferente, con libertad para que cada una se exprese. Quien se ampara en esa ley acepta sus ventajas y admite que también ampara a los demás. Ampara a una persona de honda fe religiosa como también a un caricaturista irreverente. Les sirve a unos y les sirve a otros. Muchos años de convulsionada historia llevaron a que los católicos aceptaran con tolerancia la molesta y perturbadora (para ellos) opinión de los no creyentes.

El nuevo cardenal, que nació y se crió en un país secular, lo sabe bien. Sabe también que cuando hace públicas sus posiciones, por momentos se encuentra con la cerrada oposición de algunos “laicistas” intransigentes que reclaman que lo que el obispo diga quede encerrado dentro de las cuatro paredes de su templo y no salga de allí. Eso también es una forma de cercenamiento a la libertad de expresión.

El ascenso de Sturla al cargo de cardenal preocupa a dichos “laicistas”. Pero en la medida que haya uruguayos (pocos o muchos, no importa) que se consideren católicos, estos pueden y deben expresarse en la plaza pública. Con su nuevo cargo, Sturla tendrá otro peso y sus puntos de vista importarán. Eso no quiere decir que haya que darle la razón ni dejarse presionar por quien actúa como pastor de la grey católica. Simplemente tiene derecho a decirlo. Y tiene que saber que será rebatido.

Por eso mismo, en los países democráticos, la libertad de expresión y la libertad religiosa se encuadran dentro de un mismo concepto. En ese sentido, las declaraciones del Papa no solo fueron inoportunas e inadecuadas, sino que revelan una forma de ver las cosas que no parece ajustarse a la visión democrática y secular que caracteriza a numerosos países y que forma parte de su cultura.

Es de esperar que el nuevo cardenal, imbuido de una libertaria tradición uruguaya en estos temas, sí lo entienda. Y por eso mismo, es oportuno desearle éxito en sus nuevas responsabilidades.

Por Tomás Linn

AÑO 2015 Nº 1803 – MONTEVIDEO, 12 AL 18 DE FEBRERO DE 2015, SEMANARIO BÚSQUEDA.

 

Dejar un comentario