El arte de gobernar

En la democracia el oficio del gobernante exige defender posiciones que, aunque sean lejanas a sus convicciones, son importantes para mantener el respaldo de la coalición política que lo soporta en el poder. El gobernante está obligado a tener contenta a su coalición porque sin ella no hay mayorías posibles en los cuerpos de decisión del Estado. Por eso su destreza se mide por la capacidad de sacar los puntos claves de su agenda de Gobierno sin tener que, para poder mantener el respaldo de su coalición, realizar concesiones que desdibujen dicha agenda.

El presidente Santos tiene una agenda centrada en dos temas gruesos. Quiere ser, por un lado, el presidente que pase a la historia por haber logrado la paz, que no es realmente la paz, sino haber firmado un acuerdo con las Farc. Por el otro lado, quiere también pasar a la historia por haber impulsado una serie de reformas modernizadoras que corrijan muchas situaciones de atraso que aún persisten en el país, desde las carreteras hasta la concentración de la tierra.

Para sacar adelante su agenda Santos se ha basado en una coalición formada por varios partidos políticos, la unidad nacional, que no ponen muchas trabas ideológicas. Trabajan bajo la lógica de “lo que quiera el señor presidente” siempre y cuando les gire las enormes cantidades de mermelada que requieren para operar su máquina política. Eso es relativamente fácil si se cuenta con los recursos para tener contenta a una mayoría suficiente.

Más difícil es conciliar posiciones que no pasan por la mermelada. Es allí donde Santos ha mostrado unas falencias de antología. Por su indelicadeza para tratar unos temas que, aunque no son de su interés, son cruciales para acumular capital político, ha puesto en riesgo su agenda de paz y de modernización. Dos casos lo retratan.

El primero. Públicamente Santos ha mencionado la necesidad de incluir a todas las fuerzas políticas para hacer la paz. Bajo cuerda ha tratado de tender puentes con el uribismo sobre el tema. Sabe que necesita unos puntos mínimos de entendimiento con la principal fuerza opositora para legitimar un eventual acuerdo con las Farc. Si no, la implementación de la paz será un infierno. Pero en medio de los acercamientos comete la torpeza de presionar a su bancada para permitir que Iván Cepeda pueda realizar el debate contra Uribe por paramilitarismo. Lo que hizo con las manos lo dañó con los pies. El uribismo renunció a discutir el tema de la paz. Al día de hoy su posición se ha endurecido.

El segundo. Como parte de su agenda modernizadora Santos quiere ahora sacar una reforma de equilibrio de poderes. El punto clave de la reforma es la eliminación de la reelección, el resto son añadidos. Uno de esos añadidos es un tribunal de aforados que deja totalmente desamparado a un aliado crucial de Santos, el fiscal Montealegre, frente a tantos que quieren tomar revancha de unas decisiones bastante arbitrarias de la Fiscalía. Montealegre no es un aliado cualquiera. Neutralizó al Procurador, le ha dado piso jurídico al proceso con las Farc y le montó la encerrona al ‘hacker’ de Zuluaga para que Santos pudiera ganar la segunda vuelta. Con toda razón el fiscal está resentido con el gobierno, prácticamente lo están empujando hacia la oposición.

Ojalá no suceda como en el primer periodo, en que muchas de las reformas de Santos fueron hundidas por su propia coalición de gobierno.

 
Gustavo Duncan
El País (Cali), Octubre 3 de 2014

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