Educación: romper su extrema rigidez

Las primeras señales no han sido buenas. Indican que el nuevo gobierno no tiene mucha idea de qué hacer con la educación.

Esto surge del debate en torno a los llamados liceos gratuitos de gestión privada. Cuando la directora general de Secundaria, Celsa Puente, declaró que su existencia “le preocupaban un poco”, dio a entender que ante un fenómeno de tanto impacto, no tiene respuestas. No asume lo que significan esas experiencias, no imagina alternativas que desde el Estado puedan complementarlas (que es lo que habría que hacer). En consecuencia, ante la carencia de respuestas propias, esa experiencia que está ofreciendo una solución viable se transforma en un problema para ella.

La semana pasada, “Brecha” daba cuenta de las experiencias en marcha o en proyecto. Por un lado, en la zona de la cuenca del Casavalle, están el liceo Jubilar, creado en 2002 (de orientación católica bajo supervisión del arzobispado de Montevideo) y el liceo Impulso de 2013, que no es religioso. El ya existente centro educativo Los Pinos, también en Casavalle y promovido por el Opus Dei, está pensando en abrir un liceo de tipo tecnológico en el futuro cercano. La tarea educativa que ya desempeña, si bien no es la de un liceo o una escuela, tiene notorio impacto en la zona. También católico es el liceo Providencia. A eso habría que sumar la reciente instalación en Paysandú de un liceo de similares características (el Papa Francisco) y está en discusión la creación de un liceo llevado adelante por el sindicato de la industria de la bebida para los hijos de su sector, que combine el programa de Secundaria con la enseñanza de oficios. Todos ellos son liceos de ciclo básico, de horario extendido, con actividades extracurriculares y sus alumnos suelen tomar más de una comida allí.

Se les objeta su capacidad limitada y que por lo tanto el ingreso sea restringido. Eso es lo que “preocupa” a Puente. Ante el éxito de estos liceos, los resultados de la enseñanza oficial (que no tiene ingreso restringido) son lastimosos y ello sería a causa de que unos seleccionan y otros no.

Por año entran entre 60 y 100 estudiantes a cada uno de estos liceos y su número total ronda los 300 alumnos. Es verdad que tanto el Jubilar como el Impulso tienen cupos y criterios para el ingreso. Ello ocurre porque sus recursos son limitados. Dependen de donaciones que dan empresas, empresarios y gente que desea aportar. Eso les da un acotado presupuesto para mantener su local y contratar con un núcleo de docentes y personal capacitado que permita un funcionamiento eficiente. No da para un proyecto de gran escala. Tampoco uno así funcionaría bien.

Como explica Pablo da Silveira en su columna de “El País”, esas restricciones no tienen que ver ni con los niveles de ingreso ni con el lugar donde viven; todos son del mismo barrio y están en la misma precaria situación económica. Sí piden una cierta escolaridad, pero ella es mínima. El Jubilar requiere que no hayan repetido más de un año en Primaria y el Impulso que no hayan repetido más de dos años. Dado que la repetición en Primaria es relativamente baja, son contados los casos que quedan afuera por esta causa.

También piden un compromiso a la familia, que al solicitar el ingreso de sus hijos al liceo, acepta sus condiciones de exigencia. Aun con estas limitantes, el número de inscriptos es demasiado alto y la decisión final sale de un sorteo, no de la escolaridad.

Por eso el más reciente Impulso se fundó en el mismo barrio que el Jubilar. No fue a competir, fue a disminuir una demanda insatisfecha. Los que quedaban afuera del Jubilar, vivían el hecho con frustración. Ahora al menos hay una alternativa que absorbe parte de esa demanda.

Para funcionar a pleno, estos liceos han comprometido a mucha gente dispuesta a donar su dinero. Esto significa que el interés en promover políticas sociales eficientes no es monopolio de quienes se dicen de izquierda. Esta es gente con proyectos y prioridades propias, más allá de lo que el gobierno y el Estado digan. Y tienen derecho a tenerlos.

A eso se suma la diversidad de propuestas. Las hay religiosas o laicas y hasta una sindical. La citada nota de “Brecha” da cuenta de la respuesta del dirigente de la bebida, Richard Read, a las críticas que le hizo la central sindical. No niega que deba haber una educación pública de calidad, pero se pregunta qué hacer “mientras tanto”. Si los gobiernos frenteamplistas aún no mejoraron la educación, no por eso hay que sacrificar a la generación actual. Para ellas propone este liceo. Su argumento, para usar una expresión popular, es “de cajón”, de puro sentido común.

Los mencionados liceos están teniendo un impacto removedor en sus barrios. Un número importante de chicos se forman con otro rigor, con más exigencia y con un contacto realista con el mundo. Se les dan herramientas para salir de su situación marginal. ¿Quién no quiere eso? ¿Qué sentido tiene oponerse a propuestas que, en su limitada capacidad, dan resultado? Y además generan un efecto de positivo contagio en el entorno.

El problema es que Secundaria no tiene sus propias propuestas. No sabe qué hacer ante esta nueva realidad. Quizás el problema esté en su extrema rigidez estructural. Para romper esta barrera de desigualdad social, tiene que plantear proyectos diferentes a los demás liceos del país. Dar oportunidades especiales y distintas para genuinamente incluir a los excluidos.

Para ello, quizás la idea sea que en lugar de tener un único gran liceo en la zona, el esfuerzo se reparta entre dos o tres, que si bien en la suma integran a todos, permite que el esfuerzo de enseñar sea más acotado, dirigido y casi personalizado. Para ello habría que armar buenos y duraderos equipos de profesores, encabezados por directores carismáticos y con sentido de misión, elegidos con criterio inteligente, para que sean los más adecuados y capacitados para esa específica tarea. A esos directores y profesores, además, rodearlos de profesionales con jornada completa, expertos en el manejo de adolescentes. Es decir, hacer lo mismo que hacen estas instituciones privadas.

Obliga a salir del molde. A romper un trillo que se volvió inoperante. Exige distribuir el presupuesto de otro modo para fortalecer esos liceos. Implica convencer. Da trabajo, sí, mucho trabajo. Pero es imprescindible hacerlo.

Si Celsa Puente y toda Secundaria se aboca a ello, si se deja de preocupar por lo que hacen los otros e impulsa con energía y creatividad nuevos proyectos, si se libera de los formatos asfixiantes e intoxicados y lanza estas ideas, si deja de lado las interminables discusiones teóricas, tendrá sin duda un enorme éxito.

Quedará comprobado entonces, que los liceos gratuitos, tanto públicos como privados, se compensarán unos a otros y juntos harán una tarea transformadora de gran repercusión.

Por Tomás Linn

AÑO 2015 Nº 1808 – MONTEVIDEO,19 AL 25 DE MARZO, SEMANARIO BÚSQUEDA.

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