Cuando Correa no miente, sólo habla de una cosa

Quizá fue para contrarrestar la idea de que las sabatinas son un torrente de bilis presidencial que los administradores del aparato de propaganda se inventaron un segmento pletórico de optimismo y buen rollito: Ecuador en positivo lleva ya un año en el aire y ocupa los dos minutos previos a la hora y media de insultadera con que el Presidente cierra su kermés todos los sábados, insultadera que incluye la canallada de la semana, la mentira de la semana, la cantinflada de la semana, la caretucada de la semana, la doble moral de la semana y cualquier otra forma de ultraje hebdomadario que a la Secom se le ocurra. Ecuador en positivo es un islote de buenas vibraciones en un mar de mala leche. Está narrado por una locutora al parecer instruida en un curso rápido de atención al cliente donde le hubieran enseñado que el cliente es un descerebrado, y que el efecto optimista del mensaje positivo depende de la capacidad que se tenga para mantener lo más radiante posible la sonrisa pazguata mientras se recita un texto. La locutora no muestra la cara (habla en off) pero podemos imaginar sus dientes. El tono resultante es tan impostado y melifluo que produce arcadas y hasta podría lograr que el oyente extrañara las voces insidiosas y cargadas de desprecio de las cuñas habituales, de no ser porque la insidia y el desprecio no se hacen extrañar nunca en el correísmo: siempre están.

Los periódicos de antaño solían traer una sección que hoy, menos mal, ha desaparecido: la página de la mujer, con recetas de cocina y consejos para el hogar. Semejante percepción de lo que constituían los temas de interés para las mujeres daba por sobreentendido que el resto de secciones (la política, la económica y hasta la información cultural y deportiva) estaban concebidas para hombres. Incrustado en media sabatina, el segmento de dos minutos titulado Ecuador en positivo produce un efecto similar: pone en evidencia que las restantes dos horas con 58 minutos de programa recogen la visión de un Ecuador en negativo. ¿Por qué habría de ser así, cuando buena parte de ese tiempo lo emplea el Presidente para informar sobre los avances de su gobierno, las obras entregadas, los progresos alcanzados, los planes para mejorar la vida de los ecuatorianos? Por una razón sencilla: la sabatina en realidad no trata de esas cosas. Aunque el Presidente hable de todo ello, los avances, las obras, los progresos y los planes no son sino temas subrogantes del verdadero y central asunto que reclama su atención, ocupa sus mayores empeños retóricos y constituye, para usar la jerga tecnocrática al uso, el auténtico eje transversal de la sabatina, a saber: la maldad de los enemigos.

Así ocurrió este sábado como cualquier otro. Así ocurre en cada entrevista, en cada discurso, en cada intervención del Presidente. Correa está lleno de buenas noticias pero en lugar de relajarse y disfrutarlas con nosotros no para de hacerse mala sangre y declarar la guerra. La nueva carretera entre La Troncal y Puerto Inca, por ejemplo, es una obra necesaria para una zona de gran producción agrícola en el sur del país que permite recorrer en 20 minutos un tramo entre la sierra y la costa que antes tomaba una hora. Pero no hay tiempo para festejarlo porque, cuando el Presidente habla de ella, eso que para todo el mundo es una carretera y gracias, para él es “una respuesta a tanta infamia, difamación, mediocridad, mala fe”, una respuesta a “la maldad y la ignorancia” de quienes “ya no tienen ni vergüenza”, esa “gente ciega del alma” que “conoce más Miami que su propia patria”, esos que “nunca han venido a Naranjal, a Puerto Inca, a la Troncal”, que no conocen ni siquiera “la triste historia de represión del ingenio Aztra, o tal vez lo saben y se callan por vergüenza, porque fueron partícipes de esa masacre hace unas décadas”, los “politiqueros de siempre”, la “oposición mediocre”, “cierta prensa, máquina de destrucción de la verdad”, los “vanidosos”, los “ambiciosos”, “los demagogos, los irresponsables, los caretucos, los que les importa un bledo la miseria y juegan con ella tan sólo para sacar réditos políticos”. Porque “no permitiremos que nos vuelvan al pasado”, un pasado de “ignominia”, de “insultos” al que nos quieren conducir estos miserables. Así discurrió el Presidente durante 56 minutos en la inauguración de esta carretera, que debió ser una fiesta, y así volvió a expresarse en la sabatina cuando le tocó tratar el tema.

El fantástico proyecto para el control de inundaciones del río Bulubulu, una maravillosa obra de ingeniería que hacía mucho debió ser construida, no es en realidad un proyecto para el control de inundaciones del río Bulubulu: es una bofetada para “esos pseudodirigentes, esos trogloditas, dinosaurios, los perennizados en sus argollas, no mirando más allá de sus espacios, de sus intereses”, los “ambiciosos de siempre” que “siguen mintiendo”, “gente que sólo sabe lanzar piedras, que sólo llega a su reducido espacio, que no sabe ni contar billetes en algunos casos, ni siquiera lo entiende, ni siquiera sabe por dónde van los tiros, ni siquiera sabe las profundas transformaciones que se están dando en el país porque nunca ha estado en contacto con el país”. Esos son “los irresponsables, los ambiciosos, los que quieren ver si le caen en cargamontón al gobierno para ver si lo desestabilizan”, los que “solamente por odio político niegan lo innegable” (“cuánta irresponsabilidad, cuánta frustración”), los que “tienen recursos ilimitados a nivel financiero y la complicidad impúdica de los medios de comunicación mercantiles”, los “caretucos” que se atreven a preguntar dónde está la plata del petróleo y que mejor deberían conocer su país “para que no queden en ridículo”, en lugar de ir a pasearse por “los malls de Miami”. Los “causantes de la tragedia nacional” (“cuánto descaro”) que hoy están “unidos todos contra la revolución ciudadana. Mejor. A todos juntos los venceremos”. “No pasarán compañeros”. Multiplíquese esto por 24 páginas y se tendrá una idea aproximada de lo que fue el discurso de inauguración de esa obra, resumido el sábado a unos cuantos párrafos de lo mismo.

El nuevo poliducto que permitirá llevar combustible desde la refinería de Esmeraldas hasta el sur del país no es, en realidad, un poliducto que permitirá llevar combustible desde la refinería de Esmeraldas hasta el sur del país, sino un ejemplo palpable de aquello que “no quieren entender los seudoanalistas”, la muestra irrefutable de que querer a la naturaleza no tiene nada que ver con “la charlatanería de los mismos de siempre” ni con los “voluntarismos incompetentes” que “tanto daño nos han hecho”, peor aún con “la ignorancia y la mala fe” de aquellos “otros, que sólo son incompetentes”, ni siquiera voluntaristas, y “hablan de lo que no saben” sin saber que no lo saben.

Así con todo. El Presidente no habla de las ventajas de las cocinas de inducción: habla de la miseria de los caretucos que no son capaces de reconocer esas ventajas. No habla de los logros en el campo educativo: habla de la mediocridad, la ignorancia y la mala fe de los tirapiedras que quieren boicotear esos progresos y llevarnos de vuelta al pasado. No habla de las grandes transformaciones en infraestructura pública: habla del resentimiento de los sufridores que se niegan a aceptarlo. Y si va, por ejemplo, a Urdaneta, provincia de Los Ríos, donde efectivamente estuvo el sábado pasado, o al cantón que fuera, no hablará de las bellezas de esa tierra, de sus desafíos y de sus posibilidades. Preferirá aprovechar la ocasión para asegurar, como aseguró al inicio de su última sabatina, que “Los que sabemos ni conocen Urdaneta, les preguntan dónde está Catarama y dicen en Perú, por eso siempre van a seguir perdiendo elecciones porque no conocen el Ecuador profundo, se quedan con sus argollas en sus clubes exclusivos”.

Así todos los días. Toda actividad pública que el Presidente de la República desarrolla de lunes a viernes viene acompañada de un discurso parecido. Llegado el sábado, va y lo cuenta en esos mismos términos ante las cámaras de televisión. Y manda a poner extractos de los discursos ofrecidos durante la semana –y se queja y patalea cuando no están listos– y vuelve a oírse diciendo una y otra vez lo mismo, acusando, insultando, denigrando, retorciéndose del odio. Debe ser extenuante. Malo para la salud y para el alma (o lo que quede de ella). Y mala para el intelecto esta obsesiva reincidencia en un tema único, el tema del enemigo, que le cierra los ojos a la realidad que lo rodea y alimenta su incapacidad de distinguir los matices del mundo y de la vida. Y malo para quien lo escucha y se lo toma en serio, y se ve por sus palabras arrastrado en una espiral de odio y en un clima de guerra permanente del que le costará salir cuando esto haya terminado. Malo para el país.

Estamos en pie de guerra, eso también es el fascismo: “Aquí nadie se me amilana –arenga el Presidente entre insulto e insulto– nadie retrocede”. Como pedagogía política, como propuesta de vida en sociedad, es lo más destructivo que nos ha pasado como país desde que recuperamos la democracia. A eso llama el Presidente “Cumplir con el sagrado deber de informar a nuestros mandantes con infinito amor”. Menos mal que alguien inventó el segmento Ecuador en positivo. Si no fuera por esos dos minutos de buen rollo, si no fuera por esa voz ñoña y meliflua de azafata de clase ejecutiva, si no fuera eso, sería casi imposible reconocer que nos está informando. Y que nos ama infinitamente.

Roberto Aguilar, Ecuador.

Estado de propaganda, abril 28, 2015

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