Coaliciones en una democracia sin partidos

Las coaliciones políticas argentinas se caracterizan por su fugacidad. Desde los comicios nacionales de 2003, la composición de las alianzas cambia ante cada elección. No sucede igual en otros países de la región. La Concertación chilena y el Frente Amplio uruguayo evidencian la posibilidad de armar alianzas que además de ser capaces de gobernar gocen de estabilidad. La primera, aun habiendo sido derrotada luego de un largo período al frente del ejecutivo, consigue mantener unidos en el llano a sus partidos integrantes, volviendo a ganar la presidencia en el turno siguiente.

La veloz caducidad de las coaliciones, en nuestro caso encuentra su explicación en el declive de las identidades partidarias y de su contra cara, la sobre-valoración de los candidatos. Con la llegada de la democracia electoral en 1916, la representación política se organizó en torno a movimientos y a líderes. A este dato se sumó la prolongada fragmentación de las organizaciones políticas. Sucesivos desprendimientos llevaron a una creciente y variada oferta electoral no por ello más potente y eficaz para ganar voluntades. Si al regresar la democracia la UCR y el PJ concentran 92% de los votos, esta preeminencia bipartidista pierde fuerza siendo reemplazada, en 1999, por un sistema bipolar. El estallido de 2001 da lugar a una nueva fragmentación que aún perdura pese al tiempo transcurrido. La actual ausencia de correlación entre las coaliciones nacionales y provinciales, donde partidos aliados en el orden federal compiten sin tregua a nivel provincial, constituye una prueba de la fragilidad de las fuerzas opositoras.

La debilidad de estructuras políticas, que significa la ausencia de reglas estables capaces de ordenar los conflictos, ha conducido a la emergencia de un tipo de liderazgo cuya voluntad no encuentra límites en contrato alguno. Al carecer de fronteras ideológicas o partidarias, los líderes nacionales, provinciales y locales construyen un proyecto de poder alrededor de su persona. La popularidad resulta más relevante que las propuestas. A su vez, un buen candidato lo es más por su alta intención de voto que por su visión sobre cómo resolver los problemas. Entonces las fuerzas políticas tanto las que por sí solas tienen la oportunidad de acceder a la presidencia como las que carecen de ella, proponen coaliciones en torno a candidatos seductores para los votantes y en consecuencia capaces de garantizar resultados electorales exitosos. Queda claro que no son los programas el sustrato que convoca a los partidos a armar coaliciones. Una descarnada conveniencia electoral guía la decisión de unirse o de promover un candidato.

Sin embargo importantes diferencias se expresan en las lógicas del oficialismo y de las oposiciones. Mientras el primero se constituye en función de la voluntad presidencial, dándole a su estrategia unicidad en todo el país, no sucede lo mismo en las distintas variantes de la oposición. Aquí los intereses de sus dirigentes provinciales prevalecen sobre la voluntad de los partidos nacionales. En Santa Fe, para preservar la coalición gobernante, el oficialismo carece de postulante presidencial. En Jujuy, el principal candidato opositor a la gobernación lleva tres aspirantes a presidente, Macri, Masa y Stolbizer. Algo similar sucede en Tucumán y en Formosa. En cambio, el oficialismo nacional por decisión de la presidenta rechaza la eventual candidatura de Das Neves en Chubut, dejando como único representante del sector al actual gobernador. Es decir, el espacio oficialista se ordena desde la voluntad presidencial, mientras las oposiciones despliegan diferentes estrategias en función de los intereses de los dirigentes provinciales. En suma, mientras un criterio nacional guía al oficialismo, diversos criterios provinciales prevalecen en las oposiciones.

De ahí que en las elecciones del domingo triunfan Alberto Weretilineck en Río Negro y provisionalmente Miguel Lifschitz en Santa Fe, ambos aspirantes de los oficialismos locales y al frente de coaliciones sin correlato en el orden nacional. Aun perteneciendo a fuerzas políticas distintas, su punto en común se encuentra en la provincialización de sus campañas. En los dos casos, aunque perdedor, el oficialismo nacional alcanzó 30% de votos. La cifra parece constituir el piso electoral del Frente para la Victoria.

Irrelevancia de las identidades, desdibujamiento de las propuestas políticas, preeminencia de los candidatos, alianzas cruzadas y verticalismo oficialista constituyen el marco en el que se habrá de desarrollar el proceso electoral que culmina con la elección presidencial de octubre.

María Matilde Ollier, Socia CPA

Clarín, 17/06/2015

Dejar un comentario