Carta abierta a Javier Ponce: ¿Vencedores y sin valores?

Estimado Javier,

Otra carta, tras aquella que algún día circuló y nunca contestaste. No importa. Son ejercicios que se antojan vacuos. Se antojan solamente. Como la poesía que quizá sigas escribiendo en esos gélidos escritorios de ministro. ¿Quién sabe? Eres poeta y quizá protejas, en silencio, alguna fibra de sensibilidad en un gobierno sin espacio para las almas indulgentes. Ahora son ganadores. Y son más. Muchísimos más.

¿Cómo te sientes, Javier, en esa hermandad de rambos, tú que has escarbado, con avidez y finura, en el mundo de los vencidos? ¿Recuerdas que escribiste, hace 17 años, “Resígnate a perder”, una novela de marginados? ¿Recuerdas que has deambulado alrededor del olvido al cual está condenada toda obra humana? Pessoa, el gran poeta portugués, también lo hizo. Unas líneas esenciales de “Tabacaria” para recordarlo:

(…)

Él morirá y yo moriré.

Él dejará el letrero, yo dejaré versos.

Un día morirá el letrero también, y mis versos también.

Después morirá la calle donde estuvo el letrero,

y la lengua en que fueron escritos los versos.

(…)

El olvido que pulveriza la prosopopeya, la majestad del poder, esa obsesión enfermiza por perennizarse en él…

Ustedes son más. Y en el Gobierno no han cesado de celebrar los triunfos contra los perdedores. Los cuentan de uno en uno. Los saborean. Los restriegan. Los usan para despreciar, para degradar, para arrinconar cada vez más a los vencidos. El último en esa línea es el triunfo contra Crudo Ecuador. Gran triunfo. Con ramo de flores y una carta que una persona sensible a las palabras, como tú, ha debido aquilatar. ¿Oyes también tú el eco que quedó retumbando a lo lejos? A ver si siguen siendo tan jocosos…

Imagino mal a un pesimista como tú festejando esos triunfos miserables. Sabes cómo se juegan estos partidos con canchas inclinadas y cortes desalmadas y bufas. Además, solo un poeta como tú conoce que únicamente en los asilos –como escribe Fernando Pessoa– “hay tantos locos poseídos por tantas certezas”.

Te imagino mal entre esos funcionarios que están fabricando el mito de los vencedores. Que lo proclaman. Que lo publicitan con el aparato mefistofeliano de propaganda. Que lo promocionan con empresas de sondeos bien pagadas. Te imagino mal en la piel de un vencedor. Tú que has leído a Onetti, Eça de Queiroz, Baudelaire, Genet…

¿Qué efecto te causa ver a todo un Estado trabajando mayestáticamente para anclar una verdad tan indigente? Ustedes son los ganadores: ganan en las urnas con jueces que aprenden democracia en Cuba. Ganan en las cortes. Ganan en la Asamblea. Ganan contra los medios. Ganan contra los forjadores de memes. Ganan contra los indígenas. Ganan contra los Yasunidos. Ganan contra los que quieren consulta. Ganan contra la memoria y la lucha del general Gabela. Ganan contra el coronel Carrión. Ganan contra los trabajadores. Ganan contra los defensores de Íntag. Ganan contra Kléver Jiménez y Villavicencio. Ganan contra los estudiantes. Ganan contra las universidades. Ganan contra los chivos expiatorios del 30-S. Ganan contra aquellos que quieren ganarles. Ganan y ganan. Y son más. Muchííísimos más.

Te escribo porque quizá un poeta, solo un poeta que ha leído a Verlaine, a Vallejo, a Borges, a Mutis (y su Maqroll)…, puede cotejar el sentido de triunfo y de derrota que está en juego. ¿Vencer, Javier, con esos métodos, para esos fines? ¿Vencer denigrando, aplastando, amenazando, encarcelando? ¿Y hacerlo hasta cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Sin oír, sin dialogar?

Te escribo porque en el correísmo quizá tú seas de los pocos que saben que la historia dejó de ser el monopolio de los vencedores. Soljenitsin, Shálamov, Irina Golovkina… entre decenas de disidentes, enseñaron que los vencidos de Lenin y Stalin son los grandes vencedores de la democracia y los derechos humanos. Mandela perdió ganando. O al revés: los defensores del apartheid terminaron condenados por la conciencia universal. Ghandi, Luther King, Malcom X… han probado cuán falaz puede ser el discurso de los vencedores. De aquellos que son más, muchísimos más…

Poeta eres: ¿puedes aceptar entonces que para las almas sensibles o para los verdaderos demócratas, el reto de la política pública no se juega en el volumen de las barras sino en la consistencia de los principios? Por ahí se camina en el terreno de un intelectual y político que seguramente has leído: Václav Havel. Él planteó a sus conciudadanos checos el reto de no hacer parte de la farsa del poder comunista. No ser instrumento de ese sistema. Evitar la crisis moral que implica vivir desdoblado afirmando, como hacía ese poder, unos principios que en la realidad pisoteaba.

Havel desafió a los checos a vivir según el sentido común y la verdad que, en términos morales, implica coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Leopoldo López, desde las cárceles de Maduro, acaba de completar el reto: tener una sociedad donde los derechos sean para todas las personas. No solo para aquellos que están o aplauden al poder.

Como tú debes saber, Havel quiso poner a la persona en el centro de la acción política. La persona y sus valores espirituales. La persona y los derechos humanos. Él propuso que la sociedad controlara al poder y no al revés. Propuso que la política se hiciera desde los valores; no desde las consignas. Que la política sirviera para reconquistar el verdadero sentido de la vida, como una moral que –llevada a la práctica– implica la preocupación real y pública por los otros. Incluso por los contrincantes.

Así propuso Havel enfrentar al poder comunista checo que, como sabes, quería regentar hasta los pensamientos más íntimos de los ciudadanos. La vida, la dignidad, la verdad contra la farsa del aparato gobernante.

El poder hablaba de revolución comunista. Los ciudadanos de revolución existencial. El poder pensaba en obediencia. Los ciudadanos en autonomía de ese poder. El poder buscaba la dimisión de los ciudadanos. Éstos la ruptura con esa alienación que, gracias a la propaganda, confundía farsa con realidad.

Tú eres poeta. Y solo un poeta puede cargar de contenido cada palabra. Por eso te escribo. Porque no se entiende que, pisoteando valores, ustedes se declaren vencedores. ¿Te das cuenta que están haciendo lo que en el pasado cuestionaron a gobiernos de muy mala reputación? ¿El problema de la democracia, Javier, está en el volumen de las barras o en el respeto a los valores? ¿Puedes decir que sigues haciendo parte de la banda de manos limpias, mentes lúcidas y corazones ardientes?

Permíteme terminar como empecé: bajo el título “Resígnate a perder” tú anotaste una frase de esa gran conciencia que fue Jean Genet: “He vivido con el miedo de la metamorfosis”.

¿Aún te persigue ese miedo, Javier, o ya eres un metamorfoseado?

Con la amistad de siempre y la dignidad que Maqroll solo atribuye a los vencidos.

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, febrero 21, 2015.

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